Vive despacio, vive mejor

6 claves para una vida "slow"

Frente a los ritmos frenéticos hay otra forma más tranquila y plena de vivir: olvida las prisas y la multitarea y únete a la revolución de la lentitud.

Carl Honoré

claves vida slow sin prisas

6 de agosto de 2018, 13:04 | Actualizado a

A mi hijo le gustan los relatos largos leídos despacio. Pero todas las noches procuro echar mano de los cuentos más cortos y se los leo con rapidez. “Vas demasiado rápido”, se queja. En parte me siento atrozmente egoísta cuando acelero el ritual, pero por otra parte no puedo resistirme al impulso de apresurarme para hacer el resto de cosas que figuran en mi agenda: el correo electrónico, leer, revisar facturas, trabajar más, las noticias de la televisión...

Entonces, hacer dos cosas a la vez me parece algo muy inteligente. Como la mayoría de la gente, leo el periódico mientras veo la televisión. Mi vida entera se ha convertido en un ejercicio de apresuramiento, mi objetivo es embutir el mayor número posible de cosas por hora. Y no se trata solo de mí. Todas las personas que me rodean están atrapadas en el mismo vórtice.

¿Cuándo has visto por última vez a alguien que se limitara a mirar por la ventanilla del tren? Todo el mundo está muy ocupado leyendo, absorto en un videojuego, escuchando música con auriculares, trabajando en el ordenador portátil, charlando por el teléfono móvil...

¿Cómo es que vamos todo el día "con el turbo puesto" y apenas tenemos tiempo para nada? El mundo rápido en el que vivimos nos ofrece un billete de ida hacia la extenuación, para el planeta y para quienes lo habitamos.

Pero ¿existe otra manera de vivir, más plenamente? Sí, la hay y te proponemos que te unas a su pequeña gran revolución, silenciosa y sosegada.

¿Dominas el tiempo, o te domina a ti?

¿Y tú? ¿Qué es lo primero que haces al despertarte por la mañana? ¿Descorrer las cortinas para admirar el día? ¿Darte la vuelta para apretarte contra tu pareja? No, lo primero que haces, tanto tú como todo el mundo, es consultar la hora. El reloj nos señala el rumbo, nos dice cómo hemos de reaccionar. Si es temprano, cierro los ojos e intento dormirme; si es tarde, corro.

A partir de ese momento, el reloj manda. Y sigue haciéndolo el resto del día, instándonos desde cualquier lugar a no quedarnos rezagados. En nuestro mundo moderno, al margen de lo rápido que vayamos, el día nunca tiene suficientes horas. El mundo capitalista aceleró la marcha y las horas resultaron insuficientes para la cantidad de cosas que era preciso realizar…

Desde el comienzo, la medida del tiempo resultó ser un arma de doble filo. Por una parte, la programación puede hacer que cualquiera, desde el campesino hasta el ingeniero, sea más eficiente. No obstante, en cuanto empezamos a dividir el tiempo, las tornas se vuelven y el tiempo nos domina. Como dice un proverbio italiano, “El hombre mide el tiempo y este mide al hombre”.

Antes de la llegada del reloj, las personas comían cuando tenían hambre y dormían cuando se amodorraban. Sin embargo, desde el principio, saber la hora fue de la mano con decirle a la gente lo que debía hacer.

El capitalismo industrial se alimenta de la velocidad. Dice Carlo Petrini, uno de los principales defensores de la desaceleración, el italiano fundador de Slow Food (“comida lenta”), el movimiento internacional dedicado a la idea de que es preciso cultivar, cocinar y consumir alimentos de una manera relajada:
“Nuestro siglo, que empezó y se ha desarrollado bajo la insignia de la civilización industrial, primero inventó la máquina y luego la tomó como
modelo de su vida. Estamos esclavizados por la velocidad y todos hemos sucumbido al mismo virus insidioso: vivir rápido, una actitud que trastorna nuestros hábitos, invade la intimidad de nuestros hogares y nos obliga a ingerir la llamada comida rápida”.

Una nueva era

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la humanidad aguardaba con ilusión una nueva era del ocio. Las máquinas prometían liberar a todo el mundo de la monotonía del trabajo. Cierto que de vez en cuando tendríamos que pasarnos por la oficina o por la fábrica, echar un vistazo a las pantallas, accionar mandos, firmar facturas, pero el resto de la jornada lo pasaríamos divirtiéndonos por ahí. Con tanto tiempo libre a nuestra disposición, palabras como prisa acabarían por desaparecer del vocabulario.

Pero ¿podíamos habernos equivocado más en nuestras predicciones? Ahora todos nos quejamos de nuestros horarios frenéticos, pero ¿alguien toma alguna medida para racionalizarlos? La respuesta es afirmativa.

Mientras el resto del mundo sigue rugiendo, una amplia y creciente minoría está inclinándose por no vivir con el motor acelerado al máximo. En cada actividad humana imaginable, desde el sexo, el trabajo y el ejercicio hasta la alimentación, la medicina y el diseño urbano, esos rebeldes hacen lo impensable: crear espacio para la lentitud. Y una buena noticia es que la desaceleración surte efecto.

Resulta que hacer las cosas más despacio suele significar hacerlas mejor: salud, trabajo, familia, cocina, sexo... Todo mejora cuando se prescinde del apresuramiento. Pero el movimiento Slow no se propone hacer las cosas a paso de tortuga.

La filosofía de la lentitud podría resumirse en una sola palabra: equilibrio. Actuar con rapidez cuando tiene sentido hacerlo, y ser lento cuando la lentitud es lo más conveniente. Ser Slow significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto; reivindicando el derecho a establecer nuestros propios tempos. Afirman que podemos vivir mejor si consumimos, fabricamos y trabajamos a un ritmo más razonable.

Slow life: Vive plenamente

Es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial. Cuando nos apresuramos, rozamos la superficie y no logramos establecer verdadero contacto con el mundo, con nosotros mismos o con las demás personas... ¿Cómo adoptar una vida más tranquila?

1. El ocio

Sin darnos cuenta, consumimos ocio rápido, compulsivamente. Boredom, la palabra inglesa que designa el aburrimiento, no existía hace ciento cincuenta años, y es que el hastío es una invención moderna. Si eliminamos todos los estímulos, nos ponemos nerviosos, nos entra el pánico y buscamos algo, lo que sea, para llenar el tiempo. En esta era atiborrada de medios de comunicación, rica en datos, hemos perdido el arte de no hacer nada, de cerrar las puertas al ruido de fondo y las distracciones, de aflojar el paso y permanecer a solas con nuestros pensamientos.

2. El trabajo

Millones de personas van a trabajar incluso cuando están demasiado cansadas o enfermas para ser eficaces. Y son también millones las que no toman todas las vacaciones a las que tienen derecho. Esa manera de actuar es una locura. Trabajar tan duro es malo tanto para nosotros como para la economía.

El exceso de trabajo deja menos tiempo y energía para el ejercicio y nos hace más proclives a tomar alimentos de una manera cómoda pero inadecuada. Las empresas también pagan un alto precio, es de sentido común: somos menos productivos cuando estamos cansados, estresados, nos sentimos desdichados o enfermos. A menudo, trabajar menos significa trabajar mejor.

3. La familia

Las últimas generaciones de mujeres se han criado en un ambiente que les ha hecho creer que poseerlo todo es un derecho y un deber. Pero “poseerlo todo” ha resultado ser un cáliz envenenado. Están hartas de ser “supermujeres”.

Janice Turner, articulista del Guardian, observó que seguir la senda de la lentitud podría ser agridulce para la mujer moderna: “Es muy cruel para una generación de mujeres cuya educación les lleva al éxito y a tener una actividad incansable durante todo el día descubrir que, al fin y al cabo, la felicidad no consiste en ser la más rápida y la más atareada. Es una tremenda ironía que la satisfacción suela estribar en ir más despacio: encontrarle placer al cuento a la hora de dormir, en vez de saltarse páginas para hacer una llamada por teléfono”.

4. El sexo (lento)

Sin duda, la mayoría de nosotros podría dedicar más tiempo a hacer el amor. Nos parece que nuestro mundo está saturado de sexo en los medios de comunicación, pero la verdad es que dedicamos muy poco tiempo a practicarlo. Trabajar menos horas es una manera de liberar energía y tiempo para dedicarlos al sexo (como cuando estamos de vacaciones). El sexo lento, despertando poco a poco los sentidos, los corazones, la mirada profunda del uno en el otro, nos ofrece el regalo de sentirnos completos, en paz, unidos profundamente...

5. La mente

Para que el movimiento Slow arraigue en nuestras vidas, necesitamos cambiar nuestra manera de pensar, necesitamos aprender a aquietar nuestra mente, a liberarla en algún momento de los continuos estímulos que la empujan frenéticamente hacia delante. Para ello, nada mejor que la meditación. Incluso sobre las mentes más rápidas, confusas y estresadas, vierte calma y tranquilidad.

6. El cuerpo

El yoga trabaja sobre nuestro sistema nervioso y sobre nuestra energía, ayudándonos a desarrollar un estado de ánimo lento. Nos revitaliza cuando hemos estado perdiendo nuestra salud o nuestra plenitud por estrés, ansiedad, enfermedad y exceso de trabajo. El yoga nos hace más sanos y lentos. Pero también lo logramos con otras prácticas, como el Chi Kung.

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