Hazte compañía

Cómo disfrutar la soledad

No estamos solos: nos sentimos solos. La diferencia es la intensidad y la satisfacción que recibimos en la relación con los otros.

Vicente Palomera

disfrutar soledad aislamiento

19 de julio de 2018, 12:15 | Actualizado a

La vida humana se organiza y se construye en las relaciones interpersonales. Nuestra conducta está configurada, en gran parte, por la vida con los otros; así como nuestras creencias, nuestras predilecciones, nuestras emociones e incluso la persona que creemos ser. Las relaciones permanentes, la pareja, la relación materno-filial, generan expectativas conocidas, crean lazos y vínculos que consolidan certidumbres y permiten construir un sentimiento de continuidad, de protección y de seguridad.

Ahora bien, de manera cada vez más descarnada se comprueba crecientemente la precariedad de las relaciones sociales, ya sean familiares, de pareja, de trabajo. Esta conciencia de precariedad es uno de los rasgos sobresalientes de nuestra época.

La fragmentación actual de los lazos sociales fomenta un sentimiento de soledad que limita nuestras vidas.

Ya en 1939, George Orwell narró en Subir a por aire la historia de un personaje que asiste al cambio de un mundo –cuando aún no había ninguna idea de cambio de la civilización– y la entrada en otro en el que surgía la conciencia de precariedad. A través del relato de las andanzas del protagonista, Orwell traza una nostálgica visión de las costumbres, desde 1893 hasta 1938, cuando ya se cernía el espectro devastador de la segunda Guerra Mundial.

El reto de construir relaciones en nuestra época

El resultado más patente de la fragmentación del lazo social es el sentimiento de soledad creciente. Se trata de una soledad forzada, ya que el capitalismo actual convierte a cada individuo en el agente y, por tanto, en el responsable directo de sus lazos sociales.

Hoy, oímos decir: “es necesario que construya alguna cosa, una pareja que dure, una familia que no se deshaga, un trabajo duradero”.

En efecto, cada uno debe hacerse cargo del lazo social y ello nos parece algo normal, pero merece la pena recordar que no siempre ha sido así, que ha habido épocas en las que el problema de los individuos era saber cómo escapar a la obligación de los lazos prescritos, estereotipados y del control social que implican.

Nos encontramos, pues, en otro escenario, un escenario donde el problema ya no es cómo salir del lazo social, sino cómo mantenerse en algún tipo de vínculo que pueda durar algún tiempo. Como dijo Stendhal, "Para gozar íntimamente y para amar se necesita soledad, mas para salir airoso se precisa vivir en el mundo."

Historia de la soledad

La soledad, como problema humano, apareció en el siglo XVIII. Surgió como un hallazgo: el hombre podía estar solo consigo mismo. Fue la época de la aparición del personaje de Robinson Crusoe. Los ricos británicos pagaban entonces a gente para vivir sola durante años en sus parques –“soledades” era el nombre de esos lugares– y luego les pedían que relataran su experiencia.

Esta invención fue de la mano de otra invención, la del sujeto moderno, por el filósofo Jean-Jacques Rousseau. Según Rousseau, el hombre nace solitario y solo en un segundo tiempo entra en sociedad, aunque nunca se acostumbra del todo y considera que la sociedad supone una opresión, salvo si se la transforma en un contrato social.

La “soledad” no presenta de modo sistemático una connotación negativa.

El adjetivo “solo”, que deriva del latín solus, hace referencia a quien está sin compañía, separado de los otros, sin vínculos familiares habituales, sin ayuda. Por su parte, el término “soledad” surge en el siglo XIII ligado a la situación de una persona que está sola de manera momentánea o durable y asociado al aislamiento, al estado de abandono y a la separación.

Aprender a estar solos

Alfred de Vigny, poeta romántico, declaró: “solo la soledad es la fuente de las inspiraciones. la soledad es sagrada”. Se ha señalado, asimismo, que nos encontramos en la época del “otro que no existe”, donde los ideales no tienen una función reguladora y la soledad misma se vuelve problemática. El psicoanálisis, por su parte, reconoció tempranamente que la capacidad de estar a solas es el resultado de un proceso complejo.

La soledad es la gran talladora del espíritu (Federico García Lorca).

“Estar solo” es algo que se aprende. Como saben los educadores, uno aprende a estar solo, a soportar el sentimiento de soledad y también a aprovecharlo de buena manera. Fueron los psicoanalistas anglosajones quienes estudiaron con mayor interés los diferentes rostros del aislamiento y de la soledad, destacando que lo que nos permite estar a solas es la capacidad que disponemos de separarnos de aquello que nos solicita.

Por ejemplo, en 1957, Donald Winnicott escribe : “la capacidad de estar verdaderamente solo constituye un síntoma de madurez de por sí, esta capacidad tiene por fundamento las experiencias infantiles de estar a solas en presencia de alguien”. Su idea es que la soledad es algo que se construye: poder estar solo con alguien supone haber conseguido cierta paz con las pulsiones sexuales y destructivas y alcanzar esa parte de la vida pulsional que no es ni excitación ni estimulación.

En suma, adquirir la soledad implica haber salido de los requerimientos del mundo de las fantasías inconscientes.

En 1963, la psicoanalista Melanie Klein escribe On solitude (El sentimiento de soledad y otros ensayos), un texto en el que habla de una soledad que no significa estar privado de compañía.

También hace una interesante observación clínica al referirse a la fantasía universal de tener un hermano gemelo, sobre la que el psicoanalista Wilfred Bion ya había llamado la atención en El mellizo imaginario. Klein arroja una nueva luz sobre la soledad infantil: no es tanto la falta de amigos lo que está en juego, sino el hecho de que una parte de sí mismo no está disponible para el niño; esa “indisponibilidad” haría que algunos niños fuesen más susceptibles a la dependencia del otro.

Blaise Pascal había señalado que “todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”. En otras palabras, lo que permite estar solo es la capacidad de separarnos de lo que hace gozar o de lo que excita: ya sean las actividades, los padres para los niños, los semejantes para los mayores, pero también las fantasías y todas las fuentes de estimulación, incluso tóxicas.

¿Puede ser bueno sentirse solo?

Es importante no confundir la soledad con el aislamiento. De hecho, aislarse es un modo de evitar la soledad. La soledad no excluye necesariamente al otro, como ocurre cuando uno se aísla de los demás. Podemos aislarnos de muchas maneras, sin que haya la mínima realización de la soledad.

La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente (Carmen Martín Gaite).

El aislamiento es un muro que, paradójicamente, va extendiéndose en nuestro mundo cada vez más global, un mundo en el que ya no se sabe dónde comienzan y terminan las fronteras y en el que cada individuo se ve a sí mismo como un islote en un archipiélago de soledades. Por lo tanto, no es lo mismo “estar solo” que “sentirse solo”, como tampoco tener muchos amigos significa no estar solo. Lo que cuenta en todo esto es la intensidad y satisfacción en la relación con los demás.

La dificultad para estar solo, tanto como las dificultades para relacionarse con otras personas, forma parte de los aspectos centrales de la soledad. Esto responde a diferencias individuales relacionadas con las experiencias de apego durante la infancia. Las personas difieren en el grado en que disfrutan o padecen de soledad por aislamiento. Algunas maximizan su tiempo en soledad, lo disfrutan, declinando expectativas en la relación con otros.

La soledad se sufre cuando se te impone, pero si la buscas por ti mismo es un regocijo (Michel Foucault).

La falta de capacidad para estar solo puede ir desde la evitación de la soledad hasta el refugio en la soledad. Las personas aisladas suelen tener escasa capacidad para estar solas, de hecho, temen estar solas. La situación displacentera creada les lleva a buscar contactos sociales para romper el aislamiento. Pero la desesperación les empuja a implicarse en relaciones inapropiadas que, cuando fracasan, acentúan el sentimiento de soledad. Sumidas en esa dinámica, generan relaciones de dependencia patológica, como en el caso de la búsqueda desenfrenada de una pareja.

¿Por qué, en general, se rehúye la soledad? Porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos (Carlo Dorsi).

Por otra parte, hay personas que tienen muchas relaciones sociales, que frecuentan a sus semejantes, pero que, sin embargo, se sienten terriblemente solas, lo que produce ese tipo de aislamiento consistente en estar en compañía de uno mismo, algo que el poeta francés Paul Valéry comentó con humor diciendo que “un hombre solo está siempre en mala compañía”.

La resolución favorable sería que estas personas mejoraran su habilidad para estar solas, pudiendo disfrutar más de las actividades en soledad. Los haría menos dependientes de otros y, por lo tanto, menos vulnerables a compromisos arriesgados y menos lábiles en las relaciones interpersonales.