El déficit de naturaleza

Ecopsicología, sanarnos con el mundo

Muchas de las dolencias que sufrimos se deben a nuestro distanciamiento de la naturaleza. La ecopsicología nos marca el camino para reconectarnos.

Jordi Pigem

ecopsicologia

15 de noviembre de 2017, 19:23 | Actualizado a

Cada vez somos más las personas que pensamos que sería fantástico volver a conectar con los ciclos naturales, integrar el mundo interior y el mundo exterior para sentirnos personas completas en un planeta saludable.

En su obra Last Child of the Woods (El último niño de los bosques), el norteamericano Richard Louv diagnostica que padecemos, sobre todo la generación más joven, un "síndrome de déficit de naturaleza".

Después de miles de generaciones en que los niños crecían al aire libre -jugando o ayudando en las labores a sus padres–, desde hace pocas décadas pasan las mayor parte del día entre las paredes de la escuela o del hogar.

La incidencia creciente, en la infancia y la adolescencia, del síndrome de déficit de atención e hiperactividad y de depresión, ansiedad y obesidad, ¿podría estar relacionada con nuestro “déficit de naturaleza”? Richard Louv cree que sí. Y, como remedio, aconseja a los padres que hagan todo lo posible para que sus hijos pasen más tiempo al aire libre.

Todo lo que aporta el contacto con la naturaleza

En los niños que tienen una mayor oportunidad de interactuar con la naturaleza, el síndrome de déficit de atención e hiperactividad se reduce en un 30%. Este mayor contacto también contribuye a aliviar la depresión y estimula la intuición, la imaginación y la creatividad.

Para los niños, la naturaleza es mucho mejor maestra que una pantalla de televisión o de ordenador.

Las formas, los colores y los sonidos de la naturaleza ayudan a desarrollar una atención relajada y atenta a la vez. Escuchar el sonido del viento entre las hojas, observar los pequeños remolinos que crea un torrente, seguir el curso de las nubes o, simplemente, explorar qué hay en un pedazo de tierra, pueden ser experiencias terapéuticas e instructivas.

El sentido de asombro ante el mundo, es esencial para una vida plena. Esta capacidad de asombro ante el mundo está en la raíz de todo filosofar, como ya señalaron Platón y Aristóteles, y en el núcleo de toda espiritualidad genuina.

El contacto con la naturaleza también puede despertar la experiencia que el filósofo y premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer llamó “reverencia por la vida”. Según Schweitzer, lo que más necesita el mundo moderno es afirmar la vida como el principio más importante.

También se ha desarrollado en los últimos años una teoría de la recuperación de la atención, según la cual nos concentramos mejor tras haber estado en la naturaleza o incluso con solo gozar de la reproducción de un paisaje.

El eminente biólogo Edward O. Wilson habla de nuestra biofilia innata –todos tenemos una necesidad instintiva de conectar con la naturaleza– y sugiere que, en un ambiente puramente artificial, la capacidad mental y la salud psicológica tienden a atrofiarse.

La crisis ecológica y nuestras crisis personales, son señales de alarma para cambiar nuestra relación con la naturaleza y con nosotros mismos.

Qué es la ecopsicología

Para remediar este divorcio entre nuestro mundo interior y nuestro mundo exterior nació a finales del siglo XX la ecopsicología, el punto de encuentro entre psicólogos y ecologistas conscientes de que la salud de nuestra mente y la salud del planeta son dos caras de una misma moneda.

La ecopsicología no es psicología ambiental, una disciplina más convencional que estudia el efecto de diversos factores ambientales sobre el bienestar individual. El historiador Theodore Roszak, quien acuñó el término “ecopsicología” en su libro The Voice of the Earth (La voz de la Tierra), dice que es “una psicología como si el mundo entero importase”.

El ecologista australiano John Seed describe la ecopsicología como “una psicología al servicio de la Tierra”.

Se trata de una disciplina todavía sin un cuerpo establecido de reglas prácticas.

Carece de una definición clara, más allá de la intuición de que la salud personal y la salud planetaria son indisociables.

Según Theodore Roszak: “Las necesidades del planeta son las necesidades de la persona; los derechos de la persona son los derechos del planeta”.

Por un lado, explora nuestra separación del mundo natural y, por otro, intenta reconectarnos con la naturaleza, rescatarnos del exilio en nuestras pequeñas mentes y devolvernos a nuestro verdadero hogar: el mundo.

En su vertiente más práctica, intenta sacar a la psicoterapia de su enclaustramiento entre paredes urbanas e insuflar aire fresco en los rincones estancados de nuestra psique.

La herramienta más típica de la ecopsicología son los viajes de inmersión en la naturaleza, pero, de hecho, toda actividad que nos ayude a reconectar con nuestro cuerpo y con la naturaleza contribuye, de un modo u otro, a nuestra salud ecopsicológica.

Cómo reconectar con la naturaleza

Pasar más tiempo en en la naturaleza es el primer paso, pero no el único:

  • También podemos hacernos más conscientes de los ciclos naturales, como los ciclos de la Luna y de las estaciones, que sintonizan con nuestros propios ritmos y ciclos vitales.
  • Podemos trabajar nuestra energía interior con técnicas inspiradas en la naturaleza, como el taichí y el chi kung taoístas.
  • Podemos caminar descalzos sobre la hierba o la arena, reclinarnos sobre el tronco de un árbol o refinar y expandir nuestros sentidos –procurando, por ejemplo, que nuestro campo de visión sea amplio como el de un búho y profundo como el de un lince–.
  • O podemos intentar sentir cómo el bosque, el llano, el mar o la montaña sienten nuestra presencia.

Así nos afecta

Plotino, el gran filósofo del final de la Antigüedad clásica, afirmaba que “la psique se convierte en aquello que contempla”. Nuestra mente se expande cuando contempla el horizonte desde lo alto de una montaña o desde la costa. En cambio, tiende a contraerse, o tal vez a concentrarse, cuando se halla en un espacio cerrado.

Diversas investigaciones realizadas en hospitales muestran que las habitaciones con buena vista aceleran la recuperación del paciente. Tal vez, diría Plotino, porque el alma se ensancha y ayuda así a sanar el cuerpo.

Ya en el siglo v a. C., Hipócrates, el padre de la medicina, era muy consciente de lo que hoy podríamos llamar la dimensión ecológica de la salud. En su obra Aires, aguas y lugares explica que, a fin de entender las aflicciones de una persona, hay que estudiar el entorno en el que vive: el clima, la humedad y los vientos predominantes; el tipo de agua; los ritmos del día y de las estaciones; la vegetación y el paisaje.

Para la mayoría de las culturas premodernas, el hecho de que seamos parte de nuestro entorno era tan claro como el agua que bebían. Pero, con el transcurso de los siglos, hemos ido forjando nuestra identidad a costa de separarnos de la naturaleza y desarraigarnos del cosmos.

Vivimos separando lo interior y lo exterior

Crecimos a costa de exiliarnos del mundo y, para adaptarnos a ese exilio, inventamos la psicología. Hoy la psicología atiende a nuestros problemas interiores, mientras otros especialistas atienden a los problemas ambientales y sociales. El caso es que tanto nuestra salud interior como exterior dejan mucho que desear.

El psicólogo y analista junguiano James Hillman señala en su obra: Llevamos cien años de psicoterapia y el mundo está cada vez peor, que parte de nuestros males al excesivo mirarse el ombligo que la psicología ha impulsado. La cuestión clave de toda psicología es ¿Dónde está el yo? ¿Dónde empieza? ¿Dónde acaba?, y responde: “Los niveles más profundos de la psique se funden con el cuerpo biológico (Freud) y con la corporeidad del mundo (Jung)”.

La mente se manifiesta en un continuo diálogo con los demás y con el mundo, como un fulgor de una red de relaciones que abarca toda nuestra experiencia.

La mente es un microcosmos del mundo; el mundo, un macrocosmos de cada una de nuestras mentes.

Como señaló el físico Erwin Schrödinger, la vida de cada uno de nosotros “no es meramente una porción de la existencia total sino que, en cierto sentido, es el todo”.

Por ello, nuestras experiencias no son solo las de un pequeño ser aislado entre miles de millones de hombres y mujeres; son también las experiencias de un microcosmos en resonancia con el conjunto de lo que existe.

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