Crecimiento personal

El arte de envejecer

Nuestra sociedad valora en exceso la juventud y, en cambio, rechaza los signos de la edad y del paso del tiempo.

Ignacio Abella

envejecer bien

24 de febrero de 2018, 18:44 | Actualizado a

Aunque nuestro entorno nos diga lo contrario, la madurez puede ser una de las etapas más bellas de la vida, si somos capaces de recoger y saborear, con pasión y optimismo, los muchos valores que atesora.

Vejez, un viejo temor

"Hanrahan, el maestro de escuela de Hege, un muchacho alto, fuerte, pelirrojo, entró en el cobertizo donde estaban sentados varios de los hombres del pueblo en la fiesta de Samhain”.

Así comienza el sublime relato de W. B. Yeats que ahonda en el tema de la muerte y de la vejez a partir de la tradición oral irlandesa y el relato literario. La historia arranca justo en este fatídico día de Samhain, a primeros de noviembre, en el que se abren las puertas del Más Allá y pueden suceder las cosas más extraordinarias.

Esa noche, Hanrahan verá torcerse en un instante su destino y comenzará a recorrer los caminos como un bardo errante que va de aldea en aldea enseñando a los niños y cantando y recitando versos y antiguas baladas en las fiestas a cambio de unas pintas de cerveza o unos cuencos de leche.

Semana tras semana y año tras año, el tiempo va pasando para Hanrahan como para todos nosotros y un día encuentra a Nora, una hermosa jovencita, llorando desconsolada porque su familia quiere casarla con Paddy Doe, el viejo potentado de la comarca. El bardo trata de consolarla y Nora, desesperada, le pide que eche sobre la cabeza de su rijoso pretendiente una maldición que le haga pensar más en el claustro que en casorios.

Hanrahan, indignado, le asegura que compondrá una canción que llenará su alma de vergüenza y melancolía.

Vivir es crecer y cambiar

—¿Cuántos años tiene? – pregunta Hanrahan.

Y la muchacha responde:

—¡Uf! Es tan viejo como tú.

—¡Tan viejo como yo! –repite el bardo como si le hubieran clavado un puñal, porque el viejo Paddy tiene veinte años más que él, porque la chica le gusta y porque toma conciencia de que su pelo se ha vuelto del color de la paja y las jóvenes ya apenas le miran y algunos dolores se ceban en sus huesos y aquella mujer a la que había pedido un trago de leche le dio leche agria.

Todo el peso de los años le hace sentirse de pronto abatido; la rabia y la impotencia lo embargan.

Tomando entonces en su mano una varita de espino compone una maldición dedicada a los ancianos de este mundo, empezando por su propia cabeza por haberse encanecido. E invoca una gran maldición desde las umbrías tierras del Norte sobre todos los viejos del lugar y sobre Paddy Doe.

Bendice al fin las flores de mayo, porque en su sencilla belleza nacen y mueren en pleno esplendor sin haber llegado a marchitarse...

Una amarga semilla

Para diseminar la amarga semilla, Hanrahan hace repetir a sus alumnos los versos de este encantamiento y los envía luego a cantarlos en todas las direcciones. El efecto no se hará esperar. Al día siguiente, sentado plácidamente al sol y rodeado de chiquillos que esperan que la lección dé comienzo, escucha a una turba de abuelos que se acercan como un enjambre enfurecido, blandiendo bastones y cachiporras.

Una vez más, Hanrahan tendrá que volver a errar por los caminos hasta el día de su muerte, y aunque no podemos desvelar lo que aconteció en aquella hora final, tampoco podemos dejar de recomendar este recorrido por la realidad más mágica de Irlanda.

La sabiduría del "bien estar"

Esta historia representa de manera cruda y certera el drama de no aceptar el envejecimiento y hacerse viejo antes de haber madurado. Más temprano que tarde, nos encontramos con la terrible contradicción de poseer una mente sin edad dentro de un cuerpo que nos recuerda que el tiempo no pasa en vano.

Por ello, la mente se rebela en ocasiones y tratamos de rejuvenecer empezando una relación con alguien mucho más joven o nos convertimos en ávidos consumidores de experiencias excitantes que suben por un momento la adrenalina y al siguiente nos dejan más vacíos que al principio.

Seguimos creciendo y desarrollándonos en el plano intelectual y humano, mientras declinan la fuerza y la vitalidad, la memoria, la salud, la sexualidad...

La insatisfacción y la infelicidad van implícitas en estas actitudes que nos paralizan e impiden recorrer el laberinto. La única salida es volver a enrollar el hilo de Ariadna viviendo de manera consecuente con nuestra edad, manteniendo un equilibrio entre lo que podemos y lo que deseamos, entre la pasión y la emoción y la dignidad.

La vejez, en vez de servir de excusa, puede hacernos más conscientes y tolerantes. Perdemos una parte de nuestra inocencia y vitalidad, pero a cambio desarrollamos la sabiduría del “bien estar” y atesoramos una experiencia que se acrecienta año tras año.

Caminando por el pueblo he escuchado una conversación que refleja el sino de nuestro tiempo. Una abuela hablaba con un joven vecino:

—Hay que preguntar cuándo se planta –decía.

—Eso se mira en Internet –ha respondido el muchacho, ignorando que en cada región, en cada aldea, incluso en cada parcela, las fechas de plantación se adecúan a microclimas y condiciones específicas que son parte de la sabiduría tradicional que se transmite de boca en boca.

Ese hilo de conocimiento tiene siglos de longitud y abarca, además, la forma de vivir y educar en relación con la sociedad y el paisaje que vivimos.

El prestigio de la edad

Los ancianos son más necesarios que nunca para una sociedad que padece Alzheimer y vive una realidad cada vez más virtual. Sus funciones siguen siendo trascendentales también en la defensa del patrimonio, de las conquistas sociales, de la estética y de la vida, del árbol de la esquina y del paisaje que nos rodea, de la democracia real y la participación...

Es preciso recobrar el prestigio de la ancianidad y la tradición que nos permiten distinguir lo útil y lo esencial de lo superfluo como parte de un aprendizaje por el que nos realizamos como seres humanos, encontrando el sentido propio e intransferible de nuestra vida.

Los ancianos son trascendentales en la defensa del patrimonio, de las conquistas sociales, del árbol y el paisaje que nos rodea.

Empezábamos advirtiendo sobre los riesgos de tratar de rejuvenecer de manera inconsciente e infantil, y ahora es preciso desvelar el secreto de la eterna juventud. Podemos llamarlo pasión u optimismo y es al mismo tiempo una actitud vital y una herramienta.

Como dice el pacifista Satish Kumar, el pesimismo nos hace darnos por vencidos antes de tiempo, pero el optimismo nos convierte en activistas y, por lo tanto, en seres activos y útiles.Recuerdo una escena que contemplé hace años: un anciano iba con su bicicleta y una mujer comentó con admiración:

—Tiene ochenta y nueve años y sin embargo acaba de plantar una pomarada.

—¡Qué optimismo! –dijo otra. Pero quienes observábamos entendimos que en el mismo gesto estaban las esperanzas de futuro para este abuelo, que vivirá mientras tenga un proyecto por el que vivir, una pomarada que plantar.

Ya lo dice el refrán: “Cuando se termina la casa, llega la muerte”. Nuestro espíritu se alimenta de la belleza, de la pasión, del conocimiento; y cuando la emoción se extingue, el fin nos alcanza.

Descubrir un nuevo mundo

La vejez no tiene edad. A los nueve como a los noventa y nueve es posible vivir con intensidad, pintar un cuadro, abrir un libro nuevo o crear un huerto. Al tiempo que maduramos, somos testigos de cómo la vida se va poniendo más interesante, interpretamos mejor la realidad, comprendemos que el mundo no gira a nuestro alrededor y empezamos a descubrirlo.

Es el momento de emprender el recorrido que nos acerca a los demás y nos conduce, paso a paso, de regreso a la Vieja Madre Tierra, lo cual constituye un fin en sí mismo para quienes nos sentimos cada día un poco más terrestres y humanos a través del estudio y la vivencia, del caminar, componer o cultivar.

Consciencia y belleza

El arte supremo de envejecer es, en cierto modo, el arte de rejuvenecer lo que está a nuestro alrededor y a nosotros mismos, de recobrar espacios para el juego de la vida y sentirnos cada día más vivos, más arraigados. Incluso si a veces nos sentimos invisibles, impotentes o solos, podemos conectar de nuevo con el “paisaje” natural o humano en el que nos encontramos sin movernos.

Como decía Eduardo Galeano, la mente no necesita billete para viajar a través de las alas de la poesía, la belleza o la vida que respiramos a cada instante. Como el planeta, las personas crecemos con el tiempo en consciencia y belleza.

Cada gesto y cada suceso quedan registrados en las arrugas de nuestra piel como una escritura indeleble que nos recuerda que la vida es como una taza de té; hay que apurarla aunque el último trago sea el más amargo.

Es preciso acordarse de vivir. Y nuestro espíritu, más insolente que nunca, nos susurra: “El misterio está en la espesura, pero si quieres conservar todas tus plumas, no atravieses el bosque”.