Vive como sientes

Ética erótica: cómo reconciliar deber y deseo

Necesitamos una manera rebelde de sentir que concilie deberes, consejos, deseos y sensibilidad, y nos excite a vivir según un pensamiento en armonía.

Javier Sádaba

etica erotica

27 de julio de 2018, 13:46 | Actualizado a

La ética o moral se mueve por caminos que, en ocasiones, más parecen laberintos. En lo que Kant llamaba academia se analizan las concepciones morales y, salvo excepciones, de una manera pacata y repetitiva. En la vida cotidiana salta de puchero a puchero como el Dios de Teresa de Jesús.

Todo el mundo habla de ella y en pocos lugares se la encuentra. Y cuando se la encuentra se muestra estirada, rígida, ajena a los problemas de todos los días. Esta situación han tratado de remediarla los muchos manuales de autoayuda que han proliferado como setas en los últimos años. Pero la ética nos importa y cualquier intento por no desfigurarla ha de ser bienvenido.

Frente a los deberes, opciones

La ética, condicionada genéticamente, cuestionada neuralmente y desarrollada en el campo de la cultura, nos es decisiva. Porque no somos robinsones. Estamos llamados a cooperar con los demás, a gozar con los otros, a superar las dificultades codo a codo.

Lo que sucede es que la enseñanza de la moral, en casa, en la calle o en los libros, se ha concentrado en los deberes, en las obligaciones. Ha sido ese el núcleo duro sobre el que ha girado el decir y el hacer moral. Nada que objetar a que se hable de deberes. Y a que se apliquen. Pero sería de una parcialidad lamentable quedarse ahí. Porque los deberes niegan, son la cara negativa de la moral, nos indican lo que no hay que hacer. Por ejemplo, y es una obviedad, no hay que matar o torturar.

Existe también otra cara de la moral que es más difícil de cualificar y de cuantificar. Se trata de la cara positiva. Esta nos indica lo que deberíamos hacer, lo que convendría hacer y que no es sino reconocer una igualdad real entre los humanos, intentando que a todos les sea posible satisfacer sus necesidades básicas.

La cara positiva de la moral se resume en ser justos en el sentido más pleno.

Pero no todos están de acuerdo en que la ética se desdoble, y se quedan en lo puramente negativo. Esta actitud se traduce en un ultraliberalismo político y en convertir la moral en una teoría de juegos en la que cada uno es considerado un objeto y no un sujeto con el que se dé una auténtica reciprocidad.

No es fácil argumentar contra esta postura que merece el nombre de egoísta. Argumentos los hay, pero, al final, se trata de una opción, de un modo de vida que algunos creemos que es la marca de una humanidad emancipada y que contiene, en sí misma, una promesa de buen vivir universal.

Consejos mejor que mandatos

En un escalón inferior, pero en modo alguno irrelevante, se sitúan los consejos. La moral también aconseja. A nadie se le impone que deje de beber en exceso o que no dilapide su talento. Se le puede mostrar, sin embargo, que otra manera de vivir no solo es posible sino más grata y de acuerdo con nuestras capacidades.

El consejo, que no el entrometerse en la vida de los demás, es de suma importancia. Un manual de consejos lo encontramos desparramado en refranes, aforismos o frases que, como un reguero, se leen o escuchan en la actualidad. Incluso en los llamados conseja, cuentos o fábulas que esconden una moraleja para salvar los obstáculos con los que topamos constantemente.

La ética, sin abdicar de su rigor, tendría que extenderse desde los deberes positivos y negativos hasta los consejos, semimandatos que buscan hacer la vida más llevadera.

¿Qué busca la ética?

Todo lo anterior equivale a introducirnos en una existencia que evite males y procure bondades. Porque el objetivo fundamental de la moral lo constituye la vida buena. Una vida buena que se realiza en la cotidianidad y no en algún aislado acto heroico. Es ahí en donde resplandecería la felicidad, una felicidad limitada que es la que corresponde a un ser limitado. Y una felicidad potenciada por nuestro cerebro y ratificada por investigaciones en las que los individuos nos instruyen sobre su estado de ánimo.

Añadamos que la felicidad siempre se esconde, hay algo de inefable en ella. Podremos acercarnos o colocar como uno de sus supuestos a la salud. Pero nada más. Solo está en nuestro poder aproximarnos a lo que todos, ya lo enseñó Aristóteles, aspiramos por encima de cualquier cosa.

Conciencia satisfecha

Si nos metemos en las entrañas de una ética felicitaria, habría que distinguir dos niveles que no solo no se oponen, sino que podrían combinarse. Uno envuelve los antes citados deberes, que si no son cojos, dan por resultado una conciencia satisfecha. La satisfacción proviene de que se hace lo que se cree que se debe hacer.

El objetivo fundamental de la moral es la vida buena. Una vida buena que se realiza en la cotidianidad y no en un acto heroico.

Hay coherencia entre lo que se piensa y las acciones que fluyen de una persona que actúa con libertad. Se es, por tanto, autónomo pero abierto al resto de las autonomías que componen el conjunto de mujeres y hombres. Y es que el altruismo posibilita crecer en humanidad. Este juego de autonomía y apertura exige habilidad y aprendizaje. Pero es un billete esencial para pasar la aduana que conduce hacia la felicidad.

Tejidos de deseos

El otro nivel, y que ha de completarse con el anterior, se centra en los placeres. Tendríamos que recuperar a Epicuro y a Marcuse. Ambos nos recordaron que la negación de los placeres es la fuente de la infelicidad. Intelectuales o sensibles, instantáneos o prolongados, nos constituyen, porque estamos estructurados de tal forma que deseamos anular el dolor o sufrimiento y obtener los goces a nuestro alcance, que pueden ser muy variados, desde un buen vaso de vino hasta una melodía musical, pasando por todo lo que la naturaleza o la sociedad nos ofrece.

Lo que venimos diciendo supone haber puesto el pie en una ética erótica. No se trata, o no se trata solo, de una ética sobre la sexualidad o el amor. Es cierto que la tradición que hemos recibido de Grecia distingue lo erótico de la amistad, o filia, y nada digamos del agape, o amor cristiano. Lo erótico, sin embargo, adquiere su significado más profundo cuando se le relaciona con el deseo. Y el deseo es unitivo, busca dar satisfacción a una tendencia que se encuentra arraigada en nosotros. Y estamos tejidos de deseos.

Como nos recordaron Epicuro y Marcuse, a quienes habría que recuperar, la negación de los placeres es la fuente de la infelicidad.

Un filósofo clásico escribía que el deseo constituye la esencia del ser humano. Y filósofos o no filósofos de nuestros días nos han obsequiado con las más variopintas doctrinas acerca de lo que sería el desear y cómo se agazapa en lo más propio de nuestra naturaleza. Y buena parte de la neurociencia de hoy nos recuerda que neurotransmisores bien conocidos, la dopamina o la serotonina, por ejemplo, son los que posibilitan que nosotros demos forma, ya en el reino de la libertad, a los deseos en cuestión.

Que los deseos son variados y pueden extraviarnos es algo conocido y experimentado en la carne de cada individuo. Incluso deseamos lo imposible. Para más de uno es lo que sucede al desear la inmortalidad. Otros pensamos que no es fácil saber qué es lo que se quiere decir con deseos de inmortalidad.

Una ética erótica, en cualquier caso, se toma en serio la realidad del deseo. Y tratará de mostrar que una de nuestras tareas consiste en satisfacer lo que a nadie daña y nos otorga felicidad. De la misma manera que apelará a la voluntad para doblegar aquellos deseos que nos sobrepasan, afectan negativamente a otros o nos hacen perder el tiempo.

Una humanidad reconciliada es uno de los deseos que potenciará al máximo la ética o moral que está en nuestras manos poner en marcha.

Los deseos que hemos de cuidar implican un primer y último escalón, que es la sensibilidad, el mundo de los sentidos. Un mundo complejo puesto que somos un organismo en el que intervienen todas las piezas. Y las piezas de lo inteligible y lo sensible han de encajar. De ahí que la expresión “inteligencia sensible” sea tan trivial como cierta, aunque no hay que confundir una persona sensible con una sensiblería barata, puro sentimentalismo o una patológica hipersensibilidad. La sensibilidad que nos interesa es la que se enlaza con los deseos, no es ahogada en pseudosublimaciones o se reduce a un vacío hedonismo.

Sensibilidad es saber ver, oír y, de manera muy especial, oler. Curiosamente el olfato lo hemos ido perdiendo en nuestra bipedestación. Todo un síntoma de que no hemos sabido conservar en nuestra humanización aspectos que, atándonos a la tierra, afinan, sin embargo, nuestra capacidad de sentir. Y todo un síntoma que ha de poner en pie una ética erótica.

Un sentir rebelde

Necesitamos, en suma, sentir de una manera diferente a lo que se nos ha acostumbrado. Necesitamos una manera rebelde de sentir. Tal sentir tendría que llevarnos, de la mano de la ética, a una corporalidad sin restricciones absurdas, a una pasión por lo inédito y lo alternativo que ensanche la vida.

La ética erótica se revuelve contra una política que roba nuestros cuerpos. Es exigente y pide que se amplíen las formas de vida.

Deberes positivos, negativos, consejos, deseos y sensibilidad van juntos. Ser morales, así, nos excita a vivir y no solo a pensar. A vivir según un pensamiento en armonía. Esa tendría que ser la ética que se enseñe, que se aprenda y que se aplique.

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