Ventajas de la indecisión

¿Fluir o razonar? Cómo tomar las mejores decisiones

En una disyuntiva interior o para responder a circunstancias externas, para optar por la mejor solución es crucial ser coherente con uno mismo y fluir con la situación.

Jesús Aguado

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16 de noviembre de 2018, 18:10 | Actualizado a

Los árboles no deciden extender sus ramas al sol y beberse la lluvia que empapa sus raíces, sino que lo hacen de manera natural; ni las abejas deciden fabricar esa máquina perfecta que es un panal porque para ello les basta con cumplir sus instintos milenarios. Los árboles y las abejas se dejan llevar sin hacer preguntas, porque sí, ajustándose a un plan universal del que no son conscientes y que no están preparados para cuestionar.

Las personas, por el contrario, tenemos que decidir cada paso que damos: nuestro destino y el de quienes nos rodean depende de las decisiones que tomemos, es decir, de que esas decisiones sean correctas o equivocadas y se tomen o no en el momento oportuno.

Nuestras decisiones modelan el curso de nuestra vida e influyen en las de los demás.

La vida es algo enrevesado, un laberinto de emociones, sensaciones e ideales en el que cuesta mucho orientarse. Un apasionante reto no exento de complicaciones y, sobre todo, una responsabilidad para afrontar la cual podemos apoyarnos en la civilización (la filosofía, la ciencia, el arte) y también en las lecciones silenciosas de los árboles y las abejas, de la luna y las águilas, de los vientos y las mareas.

La vida, además, no es algo hecho o predeterminado de antemano, sino un dibujo por dibujar, un camino por caminar, un sueño por soñar: el laberinto, que no existe antes de adentrarse en él porque se va trazando a medida que buscamos su salida, es trabajo nuestro, fruto de nuestra capacidad para tomar decisiones.

¿Cuál será mi rumbo?

Por eso, para no perdernos más de lo que ya lo estamos y para llevar a buen puerto nuestro proyecto existencial, es tan importante usar la facultad de decidir de manera inteligente.

Decidir debería ser un verbo al que nunca debería olvidársele llevar una brújula en la mano.

Un navegante estudia los vientos y las corrientes antes de decidir su rumbo. También consulta la brújula y los otros instrumentos que la técnica pone a su disposición. En la vida cotidiana todos hacemos eso mismo cada instante: tomar decisiones que, si son sensatas y se apoyan en datos ciertos, facilitarán nuestra singladura por los océanos de la existencia o que, si son alocadas y se basan en datos falsos, podrán hacernos naufragar.

Presta atención para tomar mejores decisiones

Decidir debería ser también un verbo poroso, abierto a influencias (los consejos de los demás, el ejemplo de la historia y de la naturaleza), deseoso de cómplices: un verbo inclusivo y sensible a lo diverso, autocrítico y antidogmático, receptivo y capaz de reírse de sí mismo, tranquilo y paciente. Para decidir no hace falta tanto ser resolutivo y firme como juicioso y atento.

El verbo decidir adquiere todo su sentido íntimo y social cuando se coge de la mano de verbos como colaborar, comprehender, escuchar, rectificar, compartir, contemplar o amar.

Porque el que toma una decisión, cualquier decisión, no debería hacerlo para imponérsela a los implicados sino para proponerla, ponerla a la vista, sacarla a la luz, darle la oportunidad de ver qué tal le sientan el aire y los colores de la realidad.

¿Sabías que también tomamos decisiones sin querer?

Decidir es un acto de voluntad... que en ocasiones exige de nosotros altas dosis de involuntariedad. En ambos casos son decisiones, nos obligan a decidir, porque solicitan de nosotros que hagamos esto o lo otro, que nos pronunciemos sobre un asunto determinado, pero de formas muy distintas.

  • Las decisiones racionales (voluntarias) son útiles para todo aquello que rige la razón, desde montar el motor de un coche hasta cuadrar las cuentas de una empresa.
  • Las decisiones involuntarias, por su parte, son indispensables para aquello que se expresa de forma mayoritaria de espaldas a la razón o desde algunos de sus márgenes, ya sean las relaciones sentimentales o la escritura de un poema.

Para las decisiones voluntarias suele bastar con tener cualificación técnica o conocimientos específicos sobre algo. Para las decisiones involuntarias hacen faltan virtudes diferentes: intuición, armonía interior, empatía, etc.

Ventajas de ser indeciso... en su justa medida

El problema es que a la vida, que no es sencilla, le gusta ponernos en situaciones en las que estamos obligados a ser racionalmente irracionales o irracionalmente racionales, esto es, a decidir según parámetros borrosos para cumplir objetivos que tampoco están claros del todo.

Es entonces cuando al verbo decidir le da por esconderse, como una presa en su madriguera para despistar a los predadores que la persiguen, dentro del verbo (pido perdón por el neologismo) in-decidir; y es entonces, en consecuencia, cuando tocaría hacer un elogio de la indecisión, que no es una falla de la voluntad (o que solo lo es cuando deriva hacia la abulia) sino una manera de no colaborar con las muchas tiranías que usurpan nuestro derecho a decidir en libertad: el indeciso es, en estos casos, un rebelde, un emboscado, un crítico, un filósofo a la sombra.

Mientras uno se decidía a trasladar estas reflexiones al papel y algunos, quizás, a leerlas hasta llegar a esta línea, los árboles y las abejas del primer párrafo seguían creciendo y revoloteando (no en el papel, claro, sino en el afuera, a campo abierto) obedeciendo sus impulsos naturales y siguiendo el dictado de su infalible brújula milenaria para ser lo que son sin laberintos mentales.

Visto desde ellos el verbo decidir se asemeja a una gota de agua, al polen de una flor, a la brisa, al rocío, a los rayos de sol, a la miel, a las hojas. A su lado, nuestro verbo decidir qué gris parece, qué pequeño, qué triste, qué vacío de contenido, que inesencial y qué torpe.

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