La memoria de los bebés

¿Cuál es tu primer recuerdo?

La "amnesia infantil" define la aparente falta de recuerdos desde el nacimiento a los tres años. Pero los bebés sí tienen recuerdos: sus emociones quedan grabadas en la memoria corporal.

Ibone Olza

memoria bebes

28 de agosto de 2018, 09:00 | Actualizado a

El recuerdo más lejano de tu vida tal vez sea apenas un flash, una imagen o una breve escena. Puede ser que te recuerdes a ti mismo entrando en casa de tus abuelos con apenas dos años, pedaleando en un triciclo o yendo de la mano de tu madre a algún sitio que no sabes bien cuál era, o igual fue el día que nació tu hermano pequeño. O, tal vez, estar en el patio del colegio jugando a la rayuela con otras niñas…

El caso es que la respuesta a esta pregunta casi siempre nos retrotrae a algún momento entre los tres y cinco años de vida en alguna breve escena sin un significado especial pero que, por alguna razón que desconocemos, es la primera memoria consciente que logramos rescatar. No solemos recordar nada anterior.

El estudio de la memoria infantil

La memoria de los bebés sigue intrigando a psicólogos y científicos.

  • Por un lado, hay quien piensa que es un problema de almacenamiento de los recuerdos. Haciendo un símil informático, sería como si los bebés no tuvieran suficiente memoria en el disco duro. Desde esta perspectiva afirman que el cerebro del bebé no está lo suficientemente maduro para guardar todos esos recuerdos, así que se pierden sin remedio hasta que se llega a una edad en la que el cerebro ya ha madurado lo suficiente para guardarlos.
  • Por otro lado, hay quien piensa que los recuerdos sí que están almacenados en la memoria, pero el problema es de acceso: perdemos la capacidad de rescatarlos conforme crecemos. Vendría a ser como tener un viejo almacén de datos ahí guardado que ya no podemos leer con los ordenadores actuales.
  • Algunos añaden que conservamos recuerdos del nacimiento o incluso de la vida prenatal. El problema es demostrar si esos recuerdos son reales o son solo imaginaciones.

A finales de los años 60, la profesora Carolyn Rovee-Collier diseñó un estudio para comprobar si los bebés recordaban a corto plazo.

Escogió a bebés de entre ocho y doce semanas de vida y, para el experimento, los acostó en una cuna en su casa. Enfrente tenían un móvil de cuna colgando con figuritas de madera de colores brillantes. Con un cordel ató el móvil a la pierna de los bebés, así que, si el bebé daba patadas al aire, el móvil de cuna giraba y producía sonidos. Encontró que los bebés rápidamente aprendían que, si movían la pierna, el móvil giraba.

En uno de aquellos experimentos, los bebés de solo ocho semanas de vida se entrenaron con el móvil durante un periodo de tres días durante nueve minutos cada día. 24 horas después, los bebés solo pateaban cuando el mismo móvil del día anterior estaba sobre sus cabezas, pero no si era un móvil de cuna nuevo. Esto demostró que recordaban el móvil en particular con el que habían sido entrenados. Fue un hallazgo especialmente emocionante porque previamente se había pensado que la memoria a largo plazo no existía a esa edad (24 horas se considera largo plazo en los bebés).

Dos sistemas de memoria

Gracias a este y otros experimentos similares, sabemos ahora que nuestros sistemas de memoria en realidad funcionan bastante bien desde edades muy tempranas. Dentro del sistema límbico del cerebro se encuentran la amígdala y el hipocampo.

  • La amígdala en concreto registra y procesa los recuerdos emocionales.
  • El hipocampo, por su parte, procesa y almacena la memoria narrativa y cronológica, los recuerdos que podemos narrar cuando somos adultos.

La memoria implícita: cuerpo y emociones

La amígdala está prácticamente madura al nacer, es decir, los bebés vienen listos para percibir emociones en los demás y en sí mismos. Pueden sentir un rango de emociones intensas, a pesar de que no pueden entender el contenido de la emoción y su relación con lo que está sucediendo a su alrededor. Al no tener desarrollada la capacidad intelectual, el recién nacido siente la emoción con todo su cuerpo.

Por eso necesita tantísimo a la madre, para que le ayude a regular sus emociones. No puede procesar la propia emoción si no es a través del contacto corporal estrecho con ella. Además, el recién nacido, o el bebé de corta edad, puede percibir magistralmente las emociones de las personas que le rodean, incluso si estas intentan ocultarlas. Esa es una de las razones por las que es tan importante hablar a los bebés y explicarles las cosas: incluso si no entienden el contenido de las palabras, perciben la emoción de quien les habla y esto les puede tranquilizar enormemente.

Cada vez que una madre responde de forma sensible al llanto o petición de su bebé, calmándole y consolándole, le ayuda a regular la emoción.

La memoria que va guardando el bebé es, sobre todo, corporal. Recuerda las emociones que se producen en su cuerpo y la respuesta que recibe por parte de su madre, padre u otras personas muy cercanas y queridas. Así, se memoriza el recuerdo del consuelo, de la caricia, del abrazo, etc. Así, a base de repetir esta respuesta, se va construyendo la llamada “base segura”, que viene a ser la expectativa y confianza que tiene el bebé de que su madre siempre estará ahí para cuidarle y quererle.

Todo ese recuerdo, y muy especialmente esas emociones, quedan grabadas como memoria en la amígdala. A su vez, va condicionando cómo el bebé responde, sonríe, mira o expresa. Esto es lo que se llama memoria “implícita”: la que es inconsciente y está codificada como memoria emocional y corporal. La memoria implícita se "almacena" en el cuerpo. En otras palabras, lo que no recordamos con nuestra mente, lo recordamos con nuestro cuerpo, con la piel, y hasta con la respiración.

La memoria explícita: consciencia y narrativa

La memoria “explícita” alcanza la madurez completa alrededor de los tres años. Este es el tipo de memoria consciente que nos permite contar una
historia o recuerdo de manera que tenga sentido, y que se almacena en el hipocampo, que no madura hasta esa edad. Antes, los más pequeños son relativamente incapaces de organizar la memoria en términos de secuencias de eventos.

Cómo dejar buenos recuerdos en tu bebé

Recordamos las emociones y sensaciones corporales desde nuestros primeros días, e incluso si no tenemos claridad sobre los eventos que las rodearon, estos recuerdos influyen en la forma en que nos relacionamos entre nosotros como adultos. Pero la capacidad consciente de rescatar los recuerdos y narrarlos de forma coherente y secuencial no suele darse hasta los tres años, coincidiendo con el desarrollo del lenguaje verbal.

Responde a sus emociones y anticípate

Es clave responder de forma sensible cada vez que los bebés se comuniquen llorando, balbuceando o sonriendo. Consolar la emoción negativa con la palabra, la caricia o el abrazo, y potenciar la positiva amplificándola en espejo: hablando, riendo, interactuando con el bebé cuando manifiesta estar deseándolo.

Es especialmente importante que los profesionales de la salud, como pediatras o enfermeras, se dirijan al bebé y le hablen explicándole cualquier cosa que le vayan a hacer. Así se previene que el recuerdo de esa atención, inyección o intervención, se convierta en una memoria corporal traumática. Ante una extracción de sangre, el bebé no puede entender el significado de “te vamos a sacar sangre para hacerte unos análisis”, pero sí puede percibir que el profesional se lo dice con cariño y cuidado, lo que favorecerá que viva la intervención de manera tranquila y confiada.

Conecta con tu memoria corporal

Los adultos llevamos esta memoria corporal del bebé con nosotros. Es decir, nuestro cuerpo recuerda al bebé que fuimos, y a veces esto se manifiesta en nuestros gestos o en nuestra mirada. A veces, una emoción fuerte o dolorosa, como una situación de miedo o indefensión, puede reactivar esos recuerdos.

El trauma de estas experiencias corporales tempranas parece ser la base de algunos trastornos psicosomáticos: El cuerpo “habla” de sus primeras memorias traumáticas. Esto se manifiesta claramente en los trastornos conversivos, casi siempre producidos en respuesta a abusos o malos tratos en la primera infancia.

Sana tus propias emociones

Las psicoterapias corporales, como la bioenergética, la hipnosis regresiva, la biodecodificación y otras técnicas inciden directamente en estas memorias
corporales mediante la respiración y algunos ejercicios físicos que permiten acceder al recuerdo de aquellas sensaciones para sanarlas.

No repitas tus traumas infantiles

Para prevenir los traumas, las psicoterapias madre-bebé o padre-bebé también inciden en este aspecto de la memoria corporal, intentando facilitar que madres y padres que tuvieron infancias traumáticas puedan relacionarse con sus bebés de una forma saludable y prevenir la repetición del trauma.

Ayuda a regular sus emociones

Los recién nacidos y los bebés son muy hábiles para percibir las emociones. Como no tienen suficientemente desarrolladas algunas áreas de la corteza cerebral, no pueden procesarlas mentalmente, así que las emociones les afectan enormemente.

Las “sienten” con todo su cuerpo, por eso necesitan a los padres para regularlas. Ese recuerdo de la emoción queda grabado en la memoria corporal de por vida y condiciona los llamados “patrones de respuesta corporal”. Es decir, buena parte de nuestra manera de movernos o reaccionar a la emoción procede del bebé que fuimos.

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