Ayudar bien

No, la intención no es lo que cuenta

¿La intención es lo que cuenta? A veces no. Queremos ayudar a quien tiene problemas pero no sabemos hacerlo. Entonces el resultado es justo el contrario

Sergio Huguet

ayudar bien

26 de abril de 2017, 17:31 | Actualizado a

Todos hemos querido ayudar a una persona cercana que lo está pasando mal o tiene dificultades. Y muchos hemos sentido una importante sensación de impotencia al ver que lo que empezaba como una buena intención -servir de apoyo a una persona que lo necesita- acababa convirtiéndose en una experiencia frustrante para ambas partes.

Cómo ayudar "bien" a otra persona

En muchas ocasiones, las buenas intenciones, por sí mismas, no son suficientes. Dar apoyo es todo un arte, ya que “ofrecer” ayuda a una persona no significa necesariamente “ser” de ayuda a esa persona.

Necesitamos tener un nivel óptimo de autoconocimiento y ser conscientes de que ciertas reglas transforman nuestra intención de ayudar, de dar apoyo, en una acción verdaderamente útil. ¿Por qué es tan importante conocernos?

Nuestro deseo de ayudar puede estar fuertemente condicionado por sentimientos personales. Aunque no nos demos cuenta, los activamos inconscientemente ante el sufrimiento. Y estos sentimientos nos impiden lograr nuestro objetivo de ser una ayuda eficaz.

Partimos de la falsa hipótesis que nosotros estamos bien y él mal cuando ofrecemos nuestra ayuda a alguien.

Lo cierto es que sufrimos los dos. Él por su problema y nosotros por verlo sufrir.

Entonces, las soluciones que ofrecemos pueden ir más encaminadas a que nuestro amigo nos ayude a nosotros que a serle verdaderamente útil.

Lo que estamos haciendo es tratar de evitar nuestro sufrimiento, sin darnos cuenta, gracias a verlo mejor a él.

Aconsejar no es ayudar, acompañar sí

Esta situación se ve claramente reflejada en las palabras que solemos dirigir a la persona que está depresiva. Más que acompañarlo en su dolor, algo nada fácil, aconsejamos.

Con nuestros consejos queremos que se anime momentáneamente para ayudarnos a sobrellevar, por ejemplo, la impotencia que sentimos al verle sufrir.

A veces apoyamos a los demás para sentirnos importantes, útiles y poderosos.

También es fundamental saber que, a veces, negamos o no sabemos reconocer en nosotros determinados sentimientos de inferioridad.

Y al convertirnos en personas que ayudan a los demás, sentimos que los transformamos en lo contrario, es decir, en sentimientos de superioridad y poder.

Entonces empieza una especie de juego en el que necesitamos que nos necesiten. Y como la ayuda no ha estado motivada por el interés genuino de servir de apoyo, acabamos quejándonos de la cruz que llevamos y lo injusto que es tener que estar siempre disponibles para los demás cuando nadie lo está para nosotros.

Otras veces, la ayuda que ofrecemos actúa bajo el influjo inconsciente del sentimiento de culpa

Lo que conseguimos haciéndonos cargo de los problemas de los demás es evitar el punzante aguijón de la voz de nuestra conciencia acusándonos de pasividad ante el sufrimiento ajeno.

Por ejemplo, muchos adultos fueron niños a los que se educó para ser el sostén de sus hogares. Como son personas que hacen por los demás más de lo que les corresponde, acaban siendo tremendamente exigentes con los otros cuando prestan su ayuda.

Preguntar también es ayudar

Aunque es importante que nos conozcamos para ser de ayuda a los demás, aunque con las buenas intenciones no sea suficiente, es aconsejable conocer las reglas básicas que favorecerán que nuestro apoyo sea útil de verdad.

Mejor olvidarnos de dar consejos y soluciones sin más. Es mucho más efectivo hacer las preguntas idóneas para que la persona a la que pretendemos ayudar pueda orientar su mente hacia la pregunta para responderla. Así puede llegar a encontrar una solución que no había pensado.

Es la persona implicada quien debe hacer el verdadero trabajo dirigido hacia el cambio. Nuestra labor consiste, “simplemente”, en ofrecer un apoyo exterior que le facilite el proceso.

En este sentido, llevar a las personas a depender de sí mismas y de sus recursos para afrontar sus problemas es la mejor ayuda que podemos ofrecerles.

Es un atentado contra su creatividad y contra su necesidad de superación personal, privar a una persona de la posibilidad de resolver por sí misma un problema.

Como decía la educadora, psiquiatra y filósofa italiana Maria Montessori: “Cualquier ayuda innecesaria que damos a una persona es un obstáculo y un impedimento para su desarrollo”.