Gestión emocional

No controlo mis impulsos. ¿Qué puedo hacer?

Actuamos irreflexivamente, en busca de una satisfacción momentánea y, a largo plazo, acabamos por arrepentirnos. ¿Por qué, entonces, nos dejamos llevar?

Demián Bucay

gestionar impulsos

27 de enero de 2017, 12:46 | Actualizado a

¿Podemos controlar los impulsos y los actos irreflexivos? Ciertas técnicas de relajación pueden ayudarnos a refrenar nuestro comportamiento impulsivo, pero es esencial investigar su origen para poder entendernos mejor y, en consecuencia, tomar las riendas de nuestras decisiones.

Aprender a controlar los impulsos

Una mujer pasa por delante del escaparate de una zapatería, y unas maravillosas botas de piel llaman su atención. Sabe que son demasiado caras para la economía familiar, pero no puede contenerse. Entra en la tienda, saca su tarjeta de crédito y, sin pensarlo dos veces, compra las botas.

De regreso a casa, le invade la angustia porque no sabe cómo explicará a su marido que se ha gastado los ahorros de todo el mes.

En una fiesta, alguien ve a su novia conversando con otro hombre. De inmediato, siente un calor irrefrenable. Se acerca a su novia, la coge del brazo y la conduce a un lado de la pista.

Ella trata de tranquilizarlo, pero él no la escucha y acaba diciéndole que quiere terminar la relación en ese mismo momento. Cuando ella se ha ido, él se da cuenta de que ha cometido una estupidez y de que puede haber perdido a su pareja.

Una joven tiene un esperado y postergado encuentro con su hermana. Unas horas antes de la cita, recibe la llamada telefónica de una amiga que le dice que necesita verla porque ha tenido un percance, y le pregunta si puede ir hasta su casa.

La joven se da cuenta de que no tendrá tiempo para hacer las dos cosas. Se pone nerviosa, no sabe qué decir y, de pronto, se escucha a sí misma aceptando la petición de su amiga.

Nada más terminar la comunicación, se reprocha haber dicho que sí, pues una vez más dejará de hacer lo que realmente desea­ba.

Impulsos: la fuerza que nos empuja

Estas tres situaciones son muy distintas, pero si preguntásemos a cada uno de sus protagonistas por qué acabaron comportándose de un modo que, a fin de cuentas, iba en contra de sus propios intereses, es probable que todos contestasen lo mismo: “No lo sé, fue un impulso”.

La palabra impulso proviene de la física. En ese campo se usa para designar una fuerza que produce un movimiento. Pero, a diferencia de otros términos –como presión o empuje–, describe una situación en la que, una vez retirada la fuerza, el movimiento continúa durante algún tiempo más.

En términos cotidianos, podríamos decir que “con el empujón basta…”. Frente a determinadas situaciones, las personas también sentimos el impulso de hacer algo determinado. Es decir, sentimos una fuerza que nos empuja a actuar de un modo particular. Y esto es algo que nos ocurre a todos con relativa frecuencia y en múltiples situaciones.

Pero también es bastante habitual que este impulso vaya seguido de otro momento, que llamamos de elaboración, en el que evaluamos la conducta en cuestión y decidimos si llevarla a cabo o no. Casi nunca nos damos cuenta de este proceso, porque sucede rapidísimamente; pero está allí.

El momento de elaboración

El problema aparece cuando, bien porque la intensidad del impulso es muy grande o bien porque los mecanismos de freno están debilitados, el impulso sobrepasa ese momento de elaboración.

Actuamos entonces sin haber evaluado las consecuencias que nuestra conducta puede tener, ya sea para los demás o para nosotros mismos.

Tenemos la sensación de que hacemos las cosas sin pensar. Y lo más perjudicial de este comportamiento es que hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos

Puede llevarnos a hacer gastos excesivos, a discutir con agresividad, a aceptar proposiciones que preferiríamos rechazar, a decir cosas que convendría callar, a embarcarnos en proyectos sin medir los riesgos…

El impulso nos lleva, en definitiva, a actuar de un modo que va en contra de nuestros intereses a largo plazo.

Me gustaría hacer hincapié en este “a largo plazo”, porque, si bien las conductas impulsivas acaban siendo perjudiciales, en el instante en que las llevamos a cabo nos aportan un beneficio determinado: nos alivian de la tensión que estábamos sintiendo unos segundos antes.

Detectar la tensión psíquica

Fácilmente podemos comprobar cómo estas acciones vienen precedidas de una tensión psíquica que sentimos en nuestro cuerpo en forma de calor, inquietud o rigidez, como si algo estuviera a punto de explotar.

Se trata de la “fuerza” de la que hablábamos antes, que nos empuja en cierta dirección y que, en ocasiones, es tan poderosa que da la impresión de ser incontrolable.

Si pensamos ahora en las ocasiones en que hemos actuado impulsivamente, seguramente nos daremos cuenta de cómo, justo antes, sentíamos un gran malestar –angustia, ansiedad, impotencia...– que quedó aliviado, al menos en parte, con nuestra actuación.

Las conductas impulsivas son una especie de “descarga” que alivian una tensión o malestar.

Cuando nos dejamos llevar por una intuición, también estamos actuando “sin pensar”, dado que llegamos a una conclusión a través de un modo de razonamiento que no es el habitual.

Nos basamos en percepciones que la mayoría de las veces no podemos identificar y tomamos decisiones con bastante rapidez. Pero, a diferencia de lo que sucede en las acciones impulsivas, en la intuición no hay un malestar previo.

Tener en cuenta esta tensión psíquica previa es fundamental para diferenciar la impulsividad de la intuición.

¿Cómo gestionar la disociación?

Ahora bien, ¿cómo podemos controlar los impulsos cuando parecen ser algo que está más allá de nuestra voluntad, que es más fuerte que nosotros, que se apodera de nuestro cuerpo y nos maneja como si fuésemos marionetas?

He conocido a algunas personas que, al relatar estas conductas, dicen sentir que es “otro” el que actúa, mientras que ellas observan la situación desde un lugar lejano. Es lo que se conoce como disociación.

Es verdad que nuestras acciones impulsivas se vuelven “extrañas” a nosotros mismos, pero antes ha existido siempre un instante en que sí participamos activamente de esas conductas.

Creo que esta es precisamente la clave para gestionar mejor estas acciones: el momento en el que decidimos ceder ante el impulso.

Una vez le hemos dado rienda suelta, estamos ya en un terreno muy resbaladizo, pero, antes de eso, hay un tiempo en el que todavía podemos actuar para no ceder ante el impulso y no terminar acarrean­do unas consecuencias no deseadas.

A mi entender, hay dos modos para intentar controlar nuestros impulsos:

1. Mejorar los mecanismos de freno.

Este método se aplica en el momento mismo en que aparece el impulso, y consiste en refrenarlo buscando otra manera de descargar la tensión. En realidad, no es más que un paliativo, pues no resuelve el problema de base, pero resulta de ayuda cuando nos encontramos ya inmersos en el conflicto.

Se trata de utilizar nuestro cuerpo. Nuestra angustia se traduce en una tensión física que se manifiesta en los músculos, la respiración y el ritmo cardiaco. Pero cuando logramos relajar la tensión física, se alivia también el malestar psicológico.

Para ello, es indispensable alejarse un poco de la escena que nos produce la tensión y poner en práctica alguna de las muchas técnicas existentes a fin de conseguir una relajación que nos permita retomar y resolver el conflicto de una manera más apropiada.

No se trata de alejarse y de dejar la cuestión inconclusa sino de poder decidir el mejor curso de la acción.

Por ejemplo, llevar la atención a nuestra respiración y ventilar de forma pausada y profunda, con una pausa de unos cuatro segundos entre espiración e inspiración, es una técnica bastante efectiva para conseguir una relajación adecuada y eficaz.

Una vez hayamos conseguido disminuir la tensión que sentía­mos, podremos entrar de nuevo en contacto con la situación conflictiva para resolverla de otro modo, al margen de los impulsos.

Retomando la conversación telefónica entre las dos amigas, cuando la joven comienza a sentir la tensión de “no saber qué contestar” a su interlocutora, en lugar de dejarse llevar por el impulso de aceptar la petición y disminur así su malestar, podría haberle dicho que necesitaba colgar y que, en unos minutos, la volvería a llamar. 

Si entonces hubiese dedicado unos momentos a respirar profundamente y a pensar en qué quería hacer de veras, seguramente se hubiese tranquilizado y podría haber llamado a su amiga y explicarle la situación.

2. Encontrar y disminuir el malestar previo.

Quizá deberíamos preguntarnos también por qué a esta joven le produce tanta inquietud decir que no. Se trata de una cuestión importante, pues las causas pueden ser muy variadas.

La impulsividad se caracteriza por ser un modo rápido de deshacernos del malestar que nos produce una determinada situación.

Además, preguntarnos acerca de las causas de la tensión nos lleva a la segunda manera que tenemos para no dejarnos llevar por los impulsos: trabajar sobre la situación que nos produce el malestar.

Y es que si rememoramos un poco las ocasiones de nuestra vida en las que hemos actuado impulsivamente, seguramente nos daremos cuenta de que muchas de ellas son similares.

Y es probable que, en todas, encontremos algún elemento que percibimos como amenazante: eso es lo que produce la tensión.

Nuestra tarea consiste en investigar cuál es la amenaza para, luego, diseñar otra manera de lidiar con ella.

Así, para la joven que accede impulsivamente a la petición de su amiga, la amenaza era seguramente la posibilidad de que su amiga reaccionase mal. Para el hombre que ve a su novia hablando con otro en la fiesta, es posible que, por estar inseguro de sí mismo, sintiese como una amenaza cualquier acercamiento de ella hacia otro hombre. Si, en lugar de dejarse llevar por su impulso, se tomase el trabajo de hablar con su novia de ello, seguramente ella podría tranquilizarlo al respecto y él dejaría de sentir tanto malestar ante situaciones de este tipo.

Cuando nos dejamos llevar por los impulsos, la mayoría de las veces nos estamos enfrentando “a lo bestia” con cuestiones que, por una razón u otra, nos resultan difíciles de abordar; se trata de una “huida hacia adelante” con aquello que nos hace sentir vulnerables.

Es probable que la mujer que siente unas ansias “irrefrenables” de comprar las botas no comparta con su marido sus deseos de verse bien, de ser mirada, de sentirse atractiva... Y seguramente tampoco le resulte fácil reconocer su necesidad de “tener” para “ser”.

Le es más fácil dejarse llevar por el impulso que vérselas con estos temas un tanto incómodos.

Sin embargo, los caminos fáciles y directos no son siempre los mejores.

Tengamos el valor de mostrar aquellos aspectos de nosotros mismos en los que nos sentimos más frágiles; seguramente así viviremos menos amenazados y, en consecuencia, seremos menos proclives de caer presa de nuestros propios impulsos.