Positivos y sanos

Optimismo, la ciencia avala esta medicina invisible

La ciencia está hallando cada vez más evidencias de la relación entre el optimismo y la salud. Una actitud positiva no sólo previene la enfermedad, sino que ayuda a la recuperación y la curación.

Albert Figueras

ciencia optimismo

31 de enero de 2017, 10:36 | Actualizado a

En la isla de Guadalupe se dice que Fè bon san pou ou viv lontan (para vivir mucho tiempo, hay que tener buena sangre) o, lo que es lo mismo, no hay que montar en cólera.

En la vecina Martinica dicen Sa ki an ranmak pa konnet londjè lawout (los que se quedan tumbados en la hamaca, desconocen la longitud del camino); es decir, es necesario implicarse en la vida. Ambos refranes se encuentran en una recopilación de frases populares de las Antillas.

La risa y el optimismo son nuestros aliados

Tanto el lenguaje popular como la intuición apuntan los efectos positivos de reírse, de tomarse la vida con calma o de ser optimista. Pero, ¿podemos demostrar esta creencia popular siguiendo el método científico? La respuesta es un “sí” convencido.

Lejos de la dualidad cartesiana que separaba por completo el cuerpo y la mente, numerosos estudios actuales del ámbito de la cardiología, la oncología o la cirugía incluyen la personalidad de los pacientes como una variable más a la hora de analizar los resultados en el desarrollo de una enfermedad y obtener conclusiones. Y el optimismo es uno de los factores clave en estas investigaciones.

El optimismo suele definirse como la tendencia de una persona a creer que, en la vida, obtendrá más resultados buenos que malos. Si utilizamos la conocida imagen del vaso con agua, el optimista tiene la predisposición a ver el vaso medio lleno. O, si preferimos el símil deportivo, el optimista confía en que acabará dando la vuelta a cualquier marcador inicialmente adverso.

La diferencia entre el optimismo y el pesimismo

Añadiremos todavía un concepto esencial en la definición del optimismo. Los optimistas tienden a esperar lo mejor de cada situación, pero ello no significa que muestren una sonrisa constante, bobalicona, y que estén ciegos ante la dureza de algunas situaciones que viven. Lo que diferencia al optimista del pesimista es la manera como explica esta situación adversa, cómo intenta adaptarse a ella y cómo responde para superarla.

Éste es un rasgo que ha demostrado ser bastante estable a lo largo de la vida. Pero no significa que sea imposible que una persona negativa trate de ver las cosas por el lado positivo; Martin Seligman, pionero de la psicología positiva, se encargó de demostrarlo mediante investigaciones y prácticas recogidas en su libro Aprenda optimismo (Ed. Grijalbo).

Existen diferentes test para medir la disposición al optimismo. No obstante, para que un estudio tenga calidad metodológica, tiene que utilizar test debidamente validados. El más conocido es el Life Orientation Test (LOT), descrito inicialmente por Scheier y Carver en 1985. La versión actualizada en español, de Ferrando, Chico y Tous, consta de diez frases del tipo: “En tiempos difíciles suelo esperar lo mejor”; “Me resulta fácil relajarme”; “Si algo malo me tiene que pasar, estoy seguro de que me pasará”; “Rara vez espero que las cosas salgan a mi manera”; “No me disgusto fácilmente”... Teniendo en cuenta estos parámetros, se han elaborado numerosas investigaciones que demuestran que el optimismo es saludable.

La ciencia que hay detrás del optimismo

Empezaremos por citar, por ejemplo, un estudio reciente publicado por la doctora Susanne Pedersen y sus colaboradores de la Universidad de Tilburg (Holanda) sobre pacientes con problemas coronarios. Algunos de estos pacientes se benefician de una técnica quirúrgica llamada angioplastia, una intervención eficaz y que reduce notablemente el riesgo de presentar recaídas. Sin embargo, los cardiólogos han observado que ciertos enfermos no responden tan bien al tratamiento como otros.

Pedersen y su equipo identificaron a 692 pacientes recién operados y les acompañaron durante un año para comprobar su evolución. Sus conclusiones aportan luz a la cuestión que nos ocupa: los pacientes con tendencia a la angustia (personalidad de tipo D) responden significativamente peor.

Durante la década de 1970 se empezó a hablar de la personalidad de tipo A para describir a individuos altamente competitivos. Pronto se sugirió que estas personas de tipo A tenían mayor riesgo de padecer enfermedades cardíacas, pero no se logró demostrar ya que siempre había un grupo de personas muy competitivas que no presentaban afección cardíaca alguna. Estudios más precisos establecieron la existencia de una personalidad de tipo D (por distressed, angustiado).

Son personas muy competitivas pero que, además, viven de una manera negativa y hostil el estrés crónico e inhiben sus emociones en situaciones sociales. El estudio del equipo de Pedersen permite concluir que las personas que responden al entorno de una manera hostil y negativa evolucionan peor que los demás tras ser sometidas a una intervención de cirugía cardíaca.

Salud, estilo de vida y optimismo

Pero éste no es el único estudio que establece una relación entre la personalidad y el aparato circulatorio. En el año 1960 se inició el seguimiento de una serie de personas nacidas en Holanda entre los años 1900 y 1920, a las que se conoce como “cohorte de Zutphen”. Desde entonces, se ha contactado con los supervivientes en distintos momentos con la finalidad de obtener datos sobre su estado de salud, su estilo de vida y algunos rasgos psicológicos. Entre otros, se medía la disposición al optimismo, definida en términos de apego a la vida y expectativas sobre el propio futuro generalmente positivas.

El investigador Erik J. Giltay, del Institute of Mental Health de la ciudad holandesa de Delft, y varios colaboradores de distintas universidades holandesas son los autores de uno de los múltiples análisis de esta cohorte. Concretamente, seleccionaron a 545 hombres de entre 64 y 84 años que, en 1985, no tenían ninguna enfermedad cardiovascular y estudiaron qué les había sucedido entre 1985 y 2000. En estos quince años, murió casi el 70% de los pacientes, la mitad de ellos por causas cardiovasculares.

Al analizar estadísticamente todos los datos disponibles, llegaron a dos conclusiones relevantes. Por un lado, las personas que muestran una disposición optimista reducen a la mitad el riesgo de morir por causa cardiovascular respecto a las personas pesimistas. Por otro lado, al comparar los datos de 1985 con los del año 2000, observaron que, si bien las puntuaciones en la escala de optimismo se habían reducido a lo largo de los quince años, el optimismo se puede considerar un rasgo de la personalidad relativamente estable en el tiempo.

Otras enfermedades que se previenen con la positividad

Pero las evidencias científicas sobre los beneficios del optimismo van más allá de las afecciones cardiovasculares. Hay numerosos estudios que analizan los efectos del optimismo sobre la evolución de algunas enfermedades graves. Un equipo del hospital universitario de Ullevaal (Noruega) estudió la calidad de vida de 161 mujeres con un diagnóstico reciente de cáncer de mama. Aparte de factores importantes como la posibilidad de conservar la mama, los investigadores hallaron que el hecho de ser optimista no sólo predecía una mejor respuesta emocional y social un año después del diagnóstico y tratamiento del cáncer, sino también una mejor calidad de vida y menor sintomatología tras el diagnóstico.

La lista de situaciones investigadas es larga. Para no extendernos, sólo citaremos un estudio realizado por la Universidad de Miami (EE. UU.) en 177 personas infectadas con el virus VIH durante dos años. Los optimistas, aparte de mostrar menos depresión, tenían una conducta más proactiva y la evolución de la enfermedad era más lenta.

Un dato curioso es que estos efectos beneficiosos de la predisposición a ver la vida de una manera positiva no se limitan a la persona que manifiesta este rasgo. Una reciente investigación realizada por un equipo de la Universidad de Pittsburg (EE. UU.) siguió a 111 pacientes sometidos a un bypass por problemas coronarios durante 18 meses; además –y ahí está lo novedoso–, también estudiaron a sus parejas. Entre sus conclusiones, los autores sugieren que el grado de depresión y angustia previos a la intervención del cuidador se transmite al paciente y, a la inversa, la depresión del paciente contribuye a incrementar el peso psicológico que arrastra el cuidador.

Prevención de adicciones

¿Qué secreto esconde el optimismo? ¿Por qué ser optimista tiene efectos beneficiosos sobre la salud? Aunque persiste la incertidumbre, se han apuntado varias explicaciones. Por ejemplo, que el optimismo se relaciona con una mayor actividad física, una menor tendencia a fumar y, entre las mujeres, un menor consumo de alcohol.

Además, en caso de padecer una enfermedad, la persona optimista probablemente mantendrá unos hábitos que contribuirán al proceso de recuperación, como cumplir mejor el tratamiento prescrito y atender a recomendaciones dietéticas, al contrario de lo que sucede con las personas pesimistas.

Naturalmente, el optimismo por sí solo ni cura ni aumenta la longevidad; sin embargo, todo hace pensar que es un factor que ayuda muy positivamente a la salud. Ver la vida en positivo, además de permitir aprovechar más y mejor nuestra existencia, contribuye al bienestar de quienes nos rodean y a generar un buen clima que resulta contagioso y revitalizante.

Emprender el camino del optimismo es más sencillo de lo que pueda parecer. Por ejemplo, empecemos por cantar. Un estudio realizado por educadores y psicólogos de la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Frankfurt sugiere que cantar en una coral incrementa el humor positivo y la inmunidad de las personas. Y si no nos atrevemos a tanto, bastará con escuchar este tipo de música; se reducen las concentraciones de cortisol, lo que favorece cierta desactivación psicológica, la relajación y la reducción del estrés.

Todo gran viaje empieza con un pequeño paso. La meta puede ser como la descrita por Paul Auster en su novela Brooklyn Follies: “Yo me siento increíblemente feliz sólo por el hecho de estar donde estoy, en mi propio cuerpo, mirando las cosas de la mesa, inspirando y espirando el aire de mis pulmones y saboreando el simple hecho de estar vivo”.

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