Cerebro

Palabras que curan: cómo usarlas para cambiar

Una palabra a tiempo puede ser un bálsamo o un nuevo camino por hacer. Las palabras que nos dicen y las que nos decimos cambian nuestras emociones y nuestro cerebro.

Demián Bucay

palabras que curan

23 de abril de 2016, 16:28 | Actualizado a

Las palabras nos influyen en el plano emocional pero también en el físico: Los últimos hallazgos científicos demuestran que el lenguaje es capaz de modificar nuestro cerebro para sanar el pasado y poder afrontar la vida con una actitud nueva y mejor.

El poder de las palabras

Leí hace un tiempo, ya no recuerdo dónde, que en ciertas tribus africanas creen que si el chamán señala a alguien con un hueso humano y pronuncia con voz estridente una oscura palabra, puede provocarle la muerte.

Lo más interesante es que esta especie de sortilegio es selectivo. Cuando quien sufre el ataque del chamán es un miembro de la propia tribu, éste se desvanece en el acto y puede, en efecto, morir. En cambio, si la víctima es alguien extraño a la cultura de la tribu, no sufre daño alguno.

¡Aunque no debe de ser muy agradable que te apunten con un fémur mientras te gritan algo en tono amenazador! En definitiva, el hechizo no tiene efecto si no crees en él. Estos nativos tienen esta creencia porque la han aprendido de otros que lo creían así y, por eso, interpretan la situación a la luz de “lo que saben”.

Cuando ven al chamán apuntarles con el hueso, piensan: “¡Voy a morir!”. Una sola frase desencadena toda una serie de respuestas biológicas que pueden resultar muy perjudiciales. Una prueba más del poder de las palabras sobre el ser humano.

Algo similar, aunque en menor escala, les sucede a quienes sufren ataques de pánico. En general, estos ataques comienzan cuando la persona percibe “algo inusual” en su cuerpo (una palpitación o una leve agitación), y como se encuentra previamente ansiosa o angustiada por otras razones o porque algo en su historia se lo ha enseñado así, interpreta lo percibido como una amenaza y se dice: “Algo anda mal en mí”.

Esta idea aumenta la ansiedad, lo que conduce a más palpitaciones o mayor agitación y así refuerza la primera interpretación: “Sí, algo anda muy mal... voy a tener un infarto... me quedaré sin aire... me volveré loco...”.

Así, el ciclo se retroalimenta hasta que comprueba que la consecuencia temida no se produce y se va calmando gradualmente.

A diferencia de lo que ocurría en el ejemplo de las tribus africanas, en el ataque de pánico es imposible que la ansiedad produzca consecuencias que vayan más allá de las sensaciones en extremo desagradables del momento.

El error de Descartes

En los últimos años, el descubrimiento de muchos otros fenómenos, como el del chamán, ha puesto en cuestión un concepto que el neurólogo portugués Antonio Damasio ha dado en llamar “el error de Descartes”, denominación que se ha difundido mucho, para descrédito del filósofo francés.

El error de Descartes consiste en considerar que la mente y el cuerpo son instancias separadas. Que el mundo de las palabras y de las creencias, y el mundo de los hechos y de la biología son esferas independientes, que no se conectan entre sí. Sabemos hoy que esto es falso:

Todo lo que ocurre en el ámbito psíquico y emocional tiene una manifestación a nivel físico y todo lo que ocurre a nivel físico la tiene en nuestros pensamientos y emociones.

Como expone el neuropsiquiatra y etólogo Boris Cyrulnik, en su libro De cuerpo y alma (Ed. Gedisa), independientemente de que el origen de una vivencia sea material (producida por una sustancia química) o afectivo (una pérdida, un logro), el sufrimiento o el goce se experimentan en el cuerpo del mismo modo.

Esto quizá pueda parecer hoy una obviedad, pero durante mucho tiempo la biología parecía apoyar la idea de Descartes.

Se sabía que el cerebro era el órgano sobre el que se asientan los pensamientos y sensaciones, pero se creía que las neuronas –las células encargadas de transmitir y relacionar la información– no se reproducían: se multiplicaban en la infancia para ir disminuyendo, cada vez más rápidamente, con el paso de los años.

Descubrir la plasticidad cerebral

¿Cómo explicar entonces el aprendizaje, el desarrollo de nuevas habilidades, el dinamismo de nuestra mente? Parecía que volvíamos a la idea de una mente y un cuerpo separados. Sin embargo, se hicieron dos descubrimientos científicos muy importantes.

  • En primer lugar, se comprobó que, en ciertas áreas del cerebro, sí se generan nuevas neuronas. Y no es casual que esas áreas sean las que procesan las emociones y la memoria, y aquéllas más relacionadas con el manejo de nuestra conducta en relación con el ambiente y con nuestros semejantes.
  • En segundo lugar, se descubrió que las conexiones entre las neuronas cambian constantemente en todo nuestro cerebro, se crean nuevas, se “podan” las que no se utilizan, se fortalecen unas y se debilitan otras... En todo nuestro cerebro las conexiones entre las neuronas cambian constantemente y se crean de nuevas.

Esto es lo que convierte el cerebro en un órgano plástico que puede moldearse, adaptarse, cambiar, aunque también ser susceptible a un mal uso.

Y es por eso, precisamente, por lo que estos descubrimientos resultan tan importantes, porque nos conducen a comprender que nuestro cerebro se modifica de acuerdo a cómo lo usamos.

Volviendo al ejemplo del principio, cada vez que escucho la historia de cómo el chamán puede matarme, fortalezco la conexión entre esa imagen y un peligro de muerte, hasta el punto de que si lo tuviera frente a mí, reaccionaría como si estuviese ante la amenaza “real”. De hecho, en ese momento, para mí lo será.

Construir otra realidad es posible

Las experiencias que atravesamos, los estímulos que recibimos, las historias que nos contamos o que nos cuentan, van modelando los circuitos que nos hacen percibir, pensar y sentir de una determinada manera.

En ocasiones, la realidad que nos construimos se convierte en un callejón sin salida. Nos sentimos estancados, actuando siempre del mismo modo, repitiendo una y otra vez un intento de solución que hemos probado incontables veces sin éxito.

Podríamos pensar que hemos quedado atrapados dentro de un mismo circuito: vemos las cosas de un mismo modo, sentimos lo mismo, llegamos a las mismas conclusiones y por eso actuamos de un modo estereotipado.

La situación no es desesperada, pues si bien es cierto que el circuito ha sido reforzado por lo que nos sucedió y por las decisiones que tomamos hasta ese momento, no estamos condenados: el cerebro no queda forjado como el acero.

Cómo establecer nuevas conexiones

El cerebro tiene una plasticidad que nos permite modelarlo para abrir nuevos caminos de pensamiento, nuevas formas de entender nuestros problemas, nuevos sentimientos frente a un mismo hecho.

Y entonces, ¿cómo se puede modelar un cerebro? Existen varias vías y cada una de ellas conlleva un enfoque terapéutico distinto, más adecuado que otro dependiendo de la situación.

  • Es posible fortalecer las conexiones neuronales mediante fármacos cuando las conexiones están muy deterioradas, como en el caso de la depresión.
  • Es posible también modificar circuitos por medio de la repetición de ciertas conductas y la evitación de otras, lo que da sustento a las terapias conductuales.
  • Es posible modelar el cerebro mediante la palabra. Todo cuanto nos sucede y cuanto hacemos va construyendo nuestra realidad.

Conversaciones que nos curan

Se ha demostrado que el solo hecho de recontar un evento traumático puede activar algunos circuitos alternativos que permitirían destrabar la situación.

El efecto de verbalizar experiencias, poner palabras a los acontecimientos, es especialmente eficaz cuando hay alguien que dialoga con nosotros. ¿Por qué?

Si hablamos con alguien, ese alguien puede devolvernos otra mirada, ayudarnos a que nos apartemos de los caminos habituales de nuestro pensamiento.

Creo que desde varias líneas terapéuticas muy distintas puede coincidirse en lo siguiente:

Una terapia exitosa es aquella que puede proponer una lectura alternativa de los hechos que explica el paciente, una lectura diferente de la lectura fosilizada actual.

Sólo a partir de ese momento, pueden comenzar a encontrarse salidas que permanecían ocultas previamente para la persona que sufre.

No obstante, para encontrar esta nueva mirada sobre la realidad no siempre es necesaria la intervención de un terapeuta.

En ocasiones, una charla con un buen amigo o la lectura de un relato o de una novela con la que nos sentimos identificados pueden surtir un efecto similar.

Las palabras –las propias y las de los demás– son un modo privilegiado que tenemos para construir nuestra propia manera de entender el mundo que nos rodea y encontrar formas mejores y más saludables de estar en él.

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