Automatismos

¿Te escondes en las mentiras? Deja de engañar(te)

¿Por qué mentimos? Para muchos fue la única forma de satisfacer las necesidades en la infancia. Pero ahora, como adultos, podemos evitar ese mecanismo automático.

Laura Gutman

Porque mentimos carencias infantiles

12 de diciembre de 2018, 15:41 | Actualizado a

Solemos estar de acuerdo en que algunas características o acciones son positivas, como la generosidad, el altruismo, la benevolencia, la humildad o la alegría. Y que otras son negativas, como el desprecio, la humillación, la violencia, el destrato o la mentira. Es interesante el nivel de coincidencia que los individuos tenemos sobre las reglas básicas para la convivencia en cualquier grupo humano.

Sin embargo, aunque consideremos que la violencia, la malevolencia, la manipulación o las mentiras sean indeseables, eso no se traduce en la desaparición de tales realidades. Por lo tanto, me parece prudente intentar comprender el sentido profundo de estas actitudes –que son usuales– en lugar de juzgarlas con liviandad, como consecuencia de los agravios que podemos haber sufrido.

¿Por qué mentimos?

En primer lugar, es probable que durante nuestra infancia, tal vez cargada de represión, malos tratos o castigos, el mejor modo que hemos descubierto para sobreponernos a las injustas condiciones de nuestra vida cotidiana, haya sido el de ocultar a nuestros padres alguna travesura, un deseo, un vínculo de amistad, o simplemente el hecho de procurarnos placer o confort bajo modalidades severamente sancionadas.

¿Por qué las personas mentiríamos, si al fin y al cabo la vida se nos va a complicar más de lo que podremos maniobrar?

Claramente nuestro diseño humano, nuestro ser esencial, nuestro sí mismo, pujaba por aparecer espontáneamente mientras nuestro entorno nos mortificaba con amenazas y maldiciones terroríficas. Francamente, la mejor opción puede haber sido la de disfrazar de algún modo lo que emprendíamos o lo que anhelábamos para que nuestros padres no se percataran.

Adultos como modelo

En algunos otros casos, los niños hemos sido testigos de las mentiras de nuestra madre, cuando peleaba contra papá o cuando se mostraba en el vecindario con modales que luego no correspondían con lo que decía o ejercía en el ambiente íntimo del hogar.

Hemos observado cómo lograba ser querida o admirada en la medida que ocultaba su propia realidad mientras mostraba aquello que la colocaba en el altar de las mujeres deslumbrantes. Sí, podíamos dar fe de las astucias de mamá y de cada una de sus artimañas para ser finalmente aplaudida y elogiada.

Un recurso eficaz para sobrevivir

En cualquier caso, la mentira como mecanismo para salvarnos de castigos, penitencias o venganzas ha sido un recurso eficaz que, a medida que fuimos creciendo, tuvimos que desarrollar. Sobre todo porque aprendimos tempranamente que nuestras necesidades legítimas y nuestros sinceros sentimientos no iban a tener ninguna oportunidad de ser atendidos.

Por lo tanto, supimos que teníamos que procurarnos, por nuestros propios medios, aquello que anhelábamos. Un camino corto y relativamente satisfactorio pueden haber sido los ocultamientos, las tergiversaciones, las mentiras y, sobre todo, una buena dosis de carisma, que también nos hemos visto obligados a desplegar.

Si cuando fuimos niños, las mentiras y los ocultamientos nos sirvieron para obtener aquello que necesitábamos o anhelábamos, confirmando que era imposible conseguirlos a través de pedidos simples a nuestros padres, sencillamente fuimos entrenando esas habilidades hasta convertirnos en expertos manipuladores.

Esas destrezas no eran ni buenas ni malas. Apenas útiles y convenientes para obtener confort y bienestar. Así hemos crecido alcanzando la adolescencia, la juventud y la adultez. Nuestras aptitudes para lograr cierto estado de felicidad se fueron afianzando a medida que nos fuimos convenciendo que no existía ninguna otra manera para vincularnos satisfactoriamente con nuestro prójimo.

La adquisición de una satisfacción inmediata –tengamos conciencia de ello o no– se fue convirtiendo en una práctica automática, al punto que dejamos de percibir que en ese funcionamiento hubiera algo malo o demasiado nocivo.

Para que no nos abandonen

Miedo a la soledad

Para que no nos abandonen

Perder la confianza: ¿quién gana con las mentiras?

Ahora bien, cuando estos funcionamientos involuntarios se activan, ¿quiénes se perjudican? Todos. El engranaje automático se desempeña en todas las áreas de la vida: tanto en las relaciones amorosas, como en las relaciones laborales o sociales.

El mayor problema es que una tergiversación leve que acomodamos para que el otro nos perciba valiosos, inteligentes o imprescindibles, va imponiendo una lógica que solo podemos sostener a fuerza de nuevas adecuaciones que se van distanciando de la realidad real. Imperceptiblemente. A medida que la lógica de los hechos nos exige seguir adaptando nuestro discurso para que las primeras falsedades no sean descubiertas, nos vamos hundiendo en una espiral de mentiras de las que luego seremos las principales víctimas.

Por supuesto, quienes hemos sido damnificados –atrapados en cuentos que luego no han sido tales– perderemos para siempre la confianza en aquellos que nos han mentido y no estaremos dispuestos a recomponer la relación bajo ninguna circunstancia. En esos casos todo es pérdida.

Pero en muchas otras ocasiones, quienes hemos sido lastimados no tenemos ninguna conciencia de ello. Al contrario, vivimos en el engaño sometidos a maniobras inteligentes y sutiles, que no nos permiten decidir en libertad, ya que somos utilizados para satisfacer deseos infantiles ajenos.

A veces contamos apenas con una leve sensación de abuso o de haber sido manoseados, pero no podemos confirmar ni explicar esas percepciones, ni siquiera a nosotros mismos. No hay evidencias que corroboren ciertas corazonadas que nos indican que algo no está bien. Y frente a esa falta de pruebas, ingenuamente nos seguimos sometiendo al engaño.

Ni mentirosos ni víctimas de las mentiras llegaremos a buen puerto. Lastimosamente, unos y otros acabaremos rompiendo esos vínculos. Quienes hemos sido burlados no perdonaremos a quienes nos han herido. Pero quienes hemos defraudado la confianza de los demás, usaremos nuevamente el mecanismo automático. Una vez más, inventaremos una realidad paralela mintiéndonos a nosotros mismos, modificando la realidad y contándonos un nuevo cuento con la esperanza de dejar de sufrir.

¿Cómo recuperar la sinceridad?

El secreto para salir de estos artilugios es comprender que se han organizado durante nuestra niñez, constituyendo un sistema de supervivencia emocional. Fue absolutamente necesario cuando fuimos niños, pero ya no son imprescindibles en la actualidad.

¿Qué hacer cuando las mentiras ya han socavado toda presunción de verdad?

Discernir entre las necesidades apremiantes de la infancia y las opciones con las que contamos en la adultez es indispensable. Ya no es esencial ser queridos, ni valorados por los demás. Por el contrario, los adultos contamos con nuevos recursos para desplegar nuestras actividades y para relacionarnos, sin esa imperiosa dependencia emocional que era innegable cuando fuimos niños.

Despojarse de las carencias

Por otra parte, un modo eficaz para escaparse de esos mecanismos automáticos que conllevan la mentira es comprender que ya no importa ser complacidos. Ahora se supone que desarrollaremos nuestra capacidad para dar, ofrecer, entregar, estar disponibles, acompañar, acompasar, comprender y rendirnos a las necesidades de los demás, esta vez, despojados de toda carencia propia.

De hecho, si no pretendemos obtener nada del otro, ¿para qué mentiríamos? Caería en desuso ese sistema obsoleto que ha hecho tanto daño y nos complaceríamos unos y otros tratando de ayudarnos mutuamente en un circuito de solidaridad, camaradería y amor.

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