Recupera tu valentía infantil

Desafía tus límites y sigue tu instinto

¿Por qué nos fiamos de lo conocido y no nos arrojamos a investigar nuevos caminos? ¿Cómo podemos liberarnos de los miedos y atrevernos a enfrentar nuevos retos?

Ramón Soler

que puede pasar

12 de noviembre de 2018, 12:45 | Actualizado a

Cuando, en mi infancia, escuchaba el refrán "Más vale malo conocido que bueno por conocer", no lograba comprender por qué todo el mundo se mostraba de acuerdo y asentía ante la idea de conformarse con lo malo y perderse la oportunidad de descubrir y abrirse a lo nuevo.

Desde la lucidez de mis ocho o nueve años, intentaba explicarle a mis mayores que en vez de quedarse estancados, por mucho que estuviésemos acostumbrados a ello, en lo “malo”, me parecía preferible optar por lo “bueno”.

Recuerdo las sonrisas de condescendencia que recibía cuando les exponía a los adultos de mi alrededor mi punto de vista sobre este tema.

Para ellos, no era más que un niño sin experiencia en la vida hablando de algo de lo que no tenía ni idea. En aquel entonces pensaba (y sigo pensándolo hoy en día) que, tanto el refrán como mis familiares, estaban equivocados.

Los niños son valientes por naturaleza

Ante algunas situaciones nos quedamos paralizados y preferimos evitarlas y no enfrentarnos a ellas. La idea de conformarse con lo conocido y no atreverse a avanzar hacia lo que pueda resultar novedoso ha estado siempre presente en nuestro acervo cultural. Sin embargo, este bloqueo ante lo desconocido no viene inscrito en nuestro código genético.

En realidad, esta inactividad corresponde a un patrón tóxico y limitante que aprendemos en nuestra infancia y que continúa frenándonos en nuestra vida adulta. De hecho, si este fuera un rasgo inherente al ser humano, jamás habríamos bajado de los árboles, nunca hubiésemos dominado el fuego o no estaríamos pensando en colonizar Marte.

Todos los seres humanos nacemos con este espíritu indómito que empujó a nuestros antepasados a forzar sus límites, a atreverse a abandonar la seguridad de las copas de los árboles para avanzar y evolucionar.

Desde que nacemos y dejamos atrás el útero materno, continuamente nos enfrentamos a lo desconocido: del agua al aire, de la protección de los brazos de mamá a caminar por nosotros mismos, de la tranquilidad de la infancia al enorme desafío que supone el paso a la adolescencia.

Criaturas con miedos que no son suyos

La vida no es más que una constante inseguridad en búsqueda de equilibrio. En cualquier momento puede ocurrir un accidente que derrumbe el castillo de naipes de nuestra acomodada vida, por lo que debemos asumir esta inestabilidad para poder crecer.

Sin embargo, no todos los niños tienen en sus primeros años el acompañamiento adecuado que les ayuda a crecer con confianza en ellos mismos y en sus posibilidades. En muchas ocasiones, casi desde el principio de sus vidas, muchas criaturas comienzan a recibir presiones y a desarrollar traumas y miedos que les convierten en personas inseguras, conformistas y temerosas de salirse un milímetro de lo que les resulta familiar.

¿Lamentarás no haberte atrevido a hacer lo que más te apasionaba?

Caer y levantarse

Imaginemos a un bebé que está aprendiendo a andar.

Este bebé, siempre bajo la atenta mirada de sus mayores, se levanta, da unos pequeños e inestables pasos, pierde el equilibrio y cae (ni siquiera se hace daño porque el pañal amortigua el golpe).

Vuelve a ponerse en pie, llega un poco más lejos que la vez anterior y, de nuevo, cae. Cada intento supone un reto, pero también es un aprendizaje. En pocos días, el bebé habrá ganado la confianza suficiente para caminar por todo el salón.

El mero hecho de caminar supone un constante desequilibrio, pero aprendemos que tenemos las herramientas para superar el vértigo, poner otro pie delante y, de esta manera, avanzar.

En la casa contigua, tenemos otro bebé que también comienza a dar sus primeros pasos. A diferencia de su vecino, este bebé siempre tiene cerca a algún familiar temeroso de que se pueda hacer daño, de modo que, cuando se levanta para dar sus primeros pasos, su tía o su abuelo le cogen de la mano y le ayudan a cruzar la distancia entre el sofá y la mesa.

Cada vez que el pequeño se pone en pie, una mano le sujeta y le ayuda, y mientras esto sucede, alguien realiza algún comentario sobre el daño que puede hacerse o lo peligrosa que es la mesa.

Este bebé, privado de un aprendizaje libre y autónomo, tardará más que su vecino en caminar solo.

El miedo a lo desconocido nos frena

Además de aprender a andar, este niño ha asimilado otra enseñanza, una negativa que afectará de por vida a su forma de enfrentarse al mundo: la inhibición.

El miedo a lo nuevo, a lo desconocido, ha aparecido en su vida. Cada vez que quiera iniciar algo que le conmine a salir de lo conocido, dudará de su instinto y se frenará. Ante cualquier nuevo reto, sentirá miedo, angustia y desistirá.

Si hemos crecido sumando experiencias similares a las de este caso, habremos reforzado un patrón de comportamiento que nos ofrece refugio y seguridad, a la vez que nos evita sentir angustia por lo desconocido, pero, al mismo tiempo, para nuestras vidas, supone una trampa que nos mantiene estancados y sin avanzar.

La seguridad es gris

Si no nos arriesgamos, tal vez, podremos tener una vida segura y sin sobresaltos, pero: ¿qué tipo de vida será? ¿Nos arrepentiremos, al final de nuestros días, de no habernos atrevido a hacer aquello que nos apasionaba? Si realmente queremos afrontar nuevos retos, tenemos que vencer a los dos grandes enemigos que nos mantienen estancados: el miedo y el conformismo.

Muchos temores nos impiden avanzar: al cambio, al fracaso, a lo que piensen los demás... La mayoría de las veces, estos miedos no tienen fundamento
real
, pero nos los inculcaron de pequeños y los hemos ido alimentando hasta convertirlos en monstruos que nos retienen.

La buena noticia es que estos asideros emocionales que nos frenan son aprendidos, no son genéticos, ni forman parte de nosotros.

Cuando la vida fluye

Hoy en día, como adultos, podemos trabajar para dejar atrás los miedos del pasado y conectar con nuestra intuición. También podemos recuperar el espíritu indómito de aquel niño que confiaba en sí mismo para dar sus primeros pasos y emplear toda nuestra energía en redescubrir y desarrollar nuestros dones y talentos.

Así, focalizados en nuestra pasión sin frenos que nos anclen, dedicaremos todo el tiempo que sea necesario a nuestros proyectos. Sentiremos fluir nuestro esfuerzo y nuestra energía hacia ese objetivo y, de esta forma, el éxito estará garantizado.

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