Sin máscaras

Sé auténtico y llegarás más lejos

Tememos la mirada de los demás. Nos escondemos tras una máscara por miedo al rechazo. Pero solo mostrando nuestro yo real, imperfecto y único, creamos relaciones de verdad y transformadoras

Sergio Sinay

sin máscaras

25 de julio de 2017, 12:35 | Actualizado a

Somos criaturas maravillosamente ricas y complejas y lo mejor que podría ocurrirnos en el transcurso de nuestra vida es poder presentarnos y actuar de ese modo en el mundo. Pero esto requiere una inmersión en nuestro universo interior, que abandonemos el cajón en el que nos resguardamos y nos descubramos en todas nuestras facetas.

Mostrarnos libres, sin límites

Aceptarnos iracundos cuando toca, generosos cuando ese aspecto está activado, temerosos en ciertas ocasiones, valientes en otras, que nos descubramos tontuelos en algunas oportunidades y lúcidos en muchas otras, desprendidos o conservadores según las ocasiones, las personas y los hechos.

Todos imaginamos qué libres nos sentiríamos si actuáramos así y, sin embargo, nosotros mismos nos limitamos, limitando también, nuestra relación con los demás.

Una parte por el todo

“Yo soy así”. Con esta afirmación, Jaime da por terminada su discusión con Ana, su novia, que equivale a un “tómame o déjame”. María responde con la misma frase a su amiga Diana, cuando esta le dice “Tu regalo es maravilloso, no tenías que haberte molestado”. Y Eva, ante sus amigas, que alaban los sacrificios que ella hace como madre, responde: “Yo soy así”.

Algunos nos presentamos como generosos, otros como tímidos, crédulos, desconfiados, apasionados, sentimentales, racionales, asustadizos... Con seguridad, esa característica que mostramos como credencial es real, pero no reflejan fielmente lo que somos.

En general, tendemos a confundir un aspecto de nuestra personalidad con la totalidad de nuestra identidad

Cuantas más facetas de nosotros conozcamos, con más plasticidad nos mostraremos a los demás. Podremos mostrar nuestras zonas grises y nuestras debilidades con la certeza de que también aparecerán zonas luminosas y fortalezas.

A casi todos nos ha ocurrido sentir impotencia, enfado o desaliento cuando se nos etiqueta. Sobre todo, cuando se nos adjudica un rótulo incómodo: “Eres inflexible, testarudo, egoísta, avaro”, o cosas por el estilo. Seguramente es injusto. Quien nos lo dice está convirtiendo, una vez más, una parte en el todo.

El miedo al rechazo

Sin embargo, si nos duele cuando otra persona reduce nuestra identidad a un simple aspecto, ¿por qué nos lo hacemos a nosotros mismos? A menudo, se debe a una cierta inseguridad, al temor de ser juzgados o rechazados, a la búsqueda de un modo disfuncional de afirmación.

Recortarnos hasta presentarnos desde un solo matiz puede darnos cierta seguridad, pero solo será transitoria y, en todo caso, nos estará privando de un maravilloso placer, el de desplegar toda nuestra riqueza ante nuestros semejantes.

Caen las máscaras

Otras veces suele ocurrir que nos convertimos en nuestros jueces más severos, hacemos evaluaciones negativas de ciertos aspectos de nuestra personalidad. O que confundimos uno solo de esos aspectos con nuestra identidad completa. Entonces, trataremos de ocultarlo, de disimularlo o procuraremos crearnos, como quien viste un traje hecho a la medida de lo que quisiéramos que los otros pensaran de nosotros.

Estas actitudes son muy desgastantes y consumen enormes cantidades de energía emocional y nos llevan a construir vínculos –tanto familiares como sociales, profesionales o de pareja– que se asientan sobre bases falsas. Tarde o temprano, los hechos demostrarán que aquella máscara no era más que eso. Como en el clásico relato, alguien se encargará de anunciar que el rey está desnudo.

Reales e imperfectos

Los vínculos humanos más sólidos, los que echan raíces más profundas, los que más trascienden son aquellos en los cuales las personas se van conociendo unas a otras en todas sus manifestaciones y se van aceptando, eligiendo y reeligiendo incompletas como son e imperfectas como existen. Reales, humanas. Esto genera confianza.

Si me muestro como soy ante quien se muestra como es, y nos reconocemos así, se dan las condiciones para transformarnos y afirmarnos

Los vínculos entre personas que se permiten desplegar la verdad de su ser les posibilitan no solo establecer relaciones sólidas, sino también alcanzar grandes logros, ya que crean campos de colaboración, de solidaridad y de amor en acción. Así nacen los motores que debemos encender en nuestra vida.

Quien oculta aspectos de sí para no ser rechazado o para ser aceptado se convierte en un comprador de afecto. Y como el cariño no se vende, también es imposible comprarlo, aunque uno se haga esa ilusión.

Un viaje interior: únicos y reales

El psicoterapeuta humanista Abraham Maslow sostenía que en cada persona hay una naturaleza única e inimitable que tiene elementos propios y otros que son compartidos con la especie. Cuando esa naturaleza se desarrolla de un modo dinámico y creativo, según el autor de El hombre autorrealizado, la persona alcanza su plenitud.

Otro psicoterapeuta, el jungiano James Hillman, afirma que “en la semilla está el árbol”, es decir, que cada uno de nosotros viene al mundo con un completo potencial de crecimiento y de realización que necesita de las condiciones para desarrollarse, florecer y dar sus frutos, que serán siempre únicos. Pero para ello hay que reconocerse, dejar las máscaras a un lado.

Cuantos más aspectos de nosotros mismos estemos dispuestos a explorar y a reconocer, contaremos con mejores herramientas y mayor información para atender aquellas características que nos incomodan y para transformar las que nos impiden crecer.

De modo que encontrar, aceptar y potenciar aquello que nos hace únicos, aunque sean peculiaridades de nosotros mismos que no nos atraen mucho, nos llevará a la felicidad.

Mostrarnos como somos no es, por cierto, un acto de magia ni un dictado de la voluntad. Se trata de la consecuencia de un viaje interior, aquel en el cual nos proponemos navegar en el universo de nuestro ser, abiertos a lo que encontremos en él, deseosos de conocerlo y recibirlo con aceptación.

Solo de este modo se abre ante ellos con toda su verdad.

Quien se conoce no se teme y quien no se teme tampoco teme a la mirada de los demás

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