Abre tu mente

3 miedos frecuentes al viajar (y cómo enfrentarlos)

El viaje nos ofrece la oportunidad de salir de nuestro ámbito cotidiano y adentramos en lo desconocido. Una actitud abierta y confiada nos permitirá sacarle el máximo partido.

Vanessa Gil

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31 de julio de 2018, 11:44 | Actualizado a

Viajar ha pasado de ser un simple medio para trasladarnos de un lugar a otro a convertirse en un fin en sí mismo: una actividad que realizamos por puro placer. Lugares, colores, sabores y sobre todo, experiencias nuevas; viajar es una oportunidad de observar otras maneras de vivir y de conectar con facetas de nosotros mismos que la rutina del día a día no nos deja ver.

Sea cual sea nuestra posición al respecto, lo cierto es que en un momento u otro de nuestra vida a todos nos toca afrontar algún viaje. Y aunque la perspectiva de viajar generalmente suele ilusionarnos y motivarnos, en algunas ocasiones también sentimos miedos, más o menos confesables, antes de iniciar nuestra aventura.

A veces enmascaramos estos miedos y los sustituimos por otros que son socialmente más aceptados, como el temor a viajar en avión o a encontrarnos en un país cuya situación política nos parece amenazante. Sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos, tendremos que reconocer que estos miedos, en realidad, son algo más profundo y arraigado.

En la vida real, cuando caminamos hacia el horizonte, progresivamente vamos viendo más grande aquello que kilómetros atrás nos parecía diminuto. Con los miedos sucede lo contrario: nos sitúan en una especie de miopía espiritual.

La distancia distorsiona nuestros temores y solo en la medida en que nos acercamos y nos permitimos tomar contacto con ellos les damos la dimensión que merecen.

Desconocer la lengua

Uno de los miedos más habituales e intensos es el que nos produce desconocer el idioma. Tememos no saber expresarnos ni entender lo que nos dicen. Nos aterroriza la idea de no encontrar la palabra adecuada para cada situación. Parece que no conocer una lengua nos vuelva mudos, discapacitados.

Sin embargo, debemos recordar que expresarse es mucho más que hablar. De hecho, el investigador de la comunicación Albert Mehrabian afirma que, cuando transmitimos un mensaje, las palabras comunican un 7%; el tono de voz, un 38%; y el cuerpo, el 55% restante. Esto no quiere decir que el lenguaje no verbal sea más importante, sino que todos los detalles que lo integran llegan a emitir mayor cantidad de información que las propias palabras.

Por tanto, no controlar ese 7% no nos impide disfrutar del viaje. Es más, todos podemos participar de la experiencia de comunicamos con alguien cuya lengua desconocemos y, sin embargo, entendernos con relativa facilidad. Y es que todo depende de aquello en lo que enfoquemos nuestra atención: en las cosas que nos unen o en las que nos separan.

Temer el transporte

Otro de los miedos más comunes es el miedo al transporte. No nos referimos, como decíamos antes, a la fobia concreta a volar, por ejemplo, sino a la inseguridad que nos produce la duda sobre si sabremos desenvolvernos en un aeropuerto o en una estación de tren de otro país.

El pánico a quedamos en tierra y no regresar puede ser tan agudo como irracional. Pero es un temor que podemos solventar fácilmente organizándonos con suficiente tiempo y, sobre todo, haciéndonos amigos del factor aventura que todo viaje entraña: esos giros inesperados llenos de incertidumbre, esos cambios de rumbo que escapan a nuestro control y que tantas cosas valiosas pueden aportarnos.

Temor a lo diferente

Pero, sin duda, el miedo más poderoso y menos confesable que podemos experimentar antes de salir de viaje es el temor a lo diferente.

Esta aprensión va más allá de la inquietud que sentimos ante lo desconocido, porque no solo nos induce a estar en guardia frente a la novedad, sino que nos predispone negativamente ante todo lo que no es afín a nuestros hábitos y a nuestra particular manera de ver el mundo.

En el fondo, no es más que una profunda resistencia a cambiar: a abandonar nuestras trincheras, a dejar de ser nosotros, a perdemos ente lo nuevo y no volver a nuestra zona de comodidad y seguridad, a deshacemos de viejos roles y adoptar otros distintos.

Y es que, nos guste o no, los papeles que interpretamos en nuestra vida diaria nos aportan seguridad y sensación de control, mientras que cuando salimos de viaje, al abandonar, de alguna manera, gran parte de lo que somos, podemos llegar a sentimos inseguros, perdidos y desprovistos de poder, como si fuésemos actores a los que, de pronto,les arrebatasen su guión.

Confianza y apertura

Superar los miedos inherentes a cualquier viaje es cuestión de confianza y apertura.

  • Confianza para creer en nuestros propios recursos con la seguridad de que una actitud flexible y tolerante serán las claves para afrontar cualquier imprevisto y tomar contacto con todo tipo de.personas y situaciones sin desestabilizarnos.
  • Y apertura para ser capaces de limpiar nuestra mente de ideas preconcebidas, aunque solo sea durante un tiempo, con el fin de permitir que nuevos valores se asienten en nuestra vida, la enriquezcan y le den un nuevo sentido.

Y es que los prejuicios son un pesado fardo para cargar con ellos en un viaje. Liberarnos de este equipaje inútil nos ayuda a desaprender lo que ya sabemos, una de las formas más poderosas de aprender, pues a veces la única manera de hacer sitio a lo nuevo es desembarazarse de lo viejo.

A través de esta actitud nos abrimos positivamente a las nuevas experiencias que nos esperan. De nada sirve salir de viaje con ojos viejos, y comparar y valorar todo lo nuevo según nuestros esquemas y vivencias anteriores. Porque, en realidad ¿para qué viajamos si no es para ensanchar nuestra visión del mundo y de la vida?

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