Aprender a arriesgar

¿Te atreves a vivir de verdad?

Ni atrapados en la rutina de nuestra seguridad ni adictos a la adrenalina. Tener una vida plena, que valga la pena, conlleva aprender a correr riesgos.

Jorge Bucay

atreverse vivir

28 de octubre de 2017, 19:13 | Actualizado a

Hace unos años, moría en Buenos Aires una mujer, hija de inmigrantes españoles, que se transformó para legos y conocedores en el emblema de la poética tanguera de las últimas generaciones.

Se llamaba Eladia Blázquez y sus canciones obligaron a muchos de nosotros a pensar las cosas desde un nuevo lugar.

Yo la conocí a través de un tema especialmente significativo, que acompañó alguno de nuestros talleres terapéuticos hace años. Es posiblemente su obra más conocida y se llama Honrar la vida. Entre muchas cosas bellas y profundas, que vale la pena escuchar en su propia voz, dice allí Eladia Blázquez:

Hay tantas maneras de no ser,
tanta conciencia sin saber, adormecida...
Merecer la vida no es callar y consentir,
tantas injusticias repetidas... [...]
Merecer la vida es erguirse vertical,
más allá del mal, de las caídas...
Es igual que darle a la verdad,
y a nuestra propia libertad la bienvenida...
Eso de durar y transcurrir
no nos da derecho a presumir.
Porque no es lo mismo que vivir...
¡Honrar la vida!

Aprender a asumir los riesgos

Vivir, así con mayúsculas, y no solo “pasar por la vida” es, sobre todo, animarse a interactuar con el afuera, comprometida, intensa y permanentemente. Esto puede o no ser fácil, pero implica siempre correr algunos riesgos.

Hay quienes, por temor a las consecuencias o para esquivar los costos, deciden no correrlos; viven (o sobreviven) encerrados en sus estructuras seguras, que muchas veces son las que los demás les asignaron como lugar apropiado para ellos.

También hay, en el polo opuesto, algunos que creen que su vida se significa en la cantidad de adrenalina que pueden sentir corriendo por sus venas, por lo que, entonces, caminan a cada instante por el filo de una navaja, jugándose la vida (y, en ocasiones, no solo la propia) en cada esquina.

Entre estos dos extremos, estamos los que, a pesar de sabernos vulnerables, conocemos nuestras posibilidades y aprendemos a confiar en nuestros recursos.

Somos los que un día, a pesar del sol abrasador y el riesgo de quemar nuestra piel, no queremos perdernos el placer de una caminata y salimos de casa llevando puesta nuestra gorra con visera, untados con protector solar.

Somos los que, en los días de lluvia, nos gusta caminar entre los charcos de nuestra ciudad, a pesar del riesgo de contraer un resfriado, y, equipados con paraguas y botas, salimos a la calle.

Está claro, para los que trabajamos asistencialmente en el campo de la psicología –psicoterapeutas, psicólogos y consejeros–, que cualquier cambio de rumbo, cualquier decisión, o cualquier acción concreta implica siempre algún riesgo (aunque solo sea el del rechazo de alguien o de algunos que no estén de acuerdo con nuestra manera de actuar).

Pero, como siempre advertimos a quienes nos consultan, si bien es cierto que correr un riesgo significa que se puede perder algo o mucho, que se puede salir herido y que se puede terminar dañando a otros, no es menos cierto que también correr un riesgo implica que se puede ganar lo que uno nunca hubiera logrado sin correr ese riesgo o descubrir nuevas maneras de resolver viejos problemas.

En lo cotidiano, la mayoría de los riesgos que corremos están relacionados con los vínculos con los demás. Y aunque esas “ampollas” y “mojaduras” sean las que más duelen o más daño hacen, nos seguimos arriesgando.

El ejemplo de Ulises

Uno de los personajes míticos que más me ha impactado desde que era un adolescente es el de Ulises. De todas sus peripecias narradas en la Ilíada y la Odisea, prefiero siempre el momento en que su nave se acerca a la isla donde monstruos devoradores de hombres capturan a los marineros para comérselos.

La forma en que los monstruos conseguían su alimento era tan astuta como malévola. Adoptando el aspecto de hermosas sirenas, cantaban sobre las rocas una melodía tan bella y atrapante que los que la escuchaban no podían resistir la tentación de acercarse aunque supieran que era peligroso.

Resistir el canto de las sirenas

De regreso a casa, cuenta Homero, Ulises debe pasar por la isla si quiere llegar a tiempo para salvar Ítaca de sus enemigos. Rodear el paso significará perderlo todo, incluso su reino.

Él es un héroe, en el sentido mitológico; es decir, es capaz de desafiar su destino, pero no es tonto y conoce sus limitaciones.

Con la proa en su objetivo, se encamina directo al angosto estrecho entre Escila y Caribdis. Sin embargo, al aproximarse, su espíritu aventurero le impone un desafío adicional: Ulises no quiere renunciar a escuchar, aunque sea solamente una vez, el famoso canto de las sirenas. El héroe pergeña un osado plan.

Por un lado, ordena a sus marineros que lo aten con sogas al palo mayor de la nave. Les señala que, pase lo que pase, no importa lo que ellos vean ni lo que él haga, no lo suelten hasta no estar en mar abierto. Y les obliga a que se tapen con cera sus oídos y a que no se la quiten hasta después de haberlo liberado.

La nave cruza el estrecho. A bordo, una tripulación completamente sorda ve, a lo lejos, a las hermosas sirenas que los llaman y ve también a Ulises retorciéndose entre las sogas que lo sujetan, vociferando insultos que nadie escucha y dando órdenes que nadie acata. Una vez que se han alejado de las sirenas, los marinos desatan a su capitán y este les quita la cera de los oídos.

Ulises ha corrido otra vez un riesgo, en esta ocasión para escuchar el canto, que adivinaba bellísimo y fascinante; ha sufrido y disfrutado de la aventura y, sobre todo, conseguirá llegar a tiempo para reunirse con su amada Penélope y salvar su reino.

Me emociona la pasión impuesta en la decisión de Ulises.

Apostarlo todo a la vanidad y a la tentación de escuchar el canto de las sirenas es algo que no hará. Hacer oídos sordos a su destino y a su responsabilidad, tampoco. Pero, definitivamente, no huirá de la posibilidad que le propone la vida de transitar espacios que nadie ha recorrido antes. Espacios tan fascinantes como dolorosos, aunque todos ellos conlleven un riesgo.

Luchar por una vida plena

Yo nunca he sido un héroe ni querría serlo, pero creo encontrar en este planteamiento mitológico un reflejo de la historia de muchos. Soy, posiblemente como tú, de los que no quieren conformarse con mirar la vida por televisión ni quieren abandonar a los demás a su suerte, sabiendo que quizá pueden hacer algo para ayudar, aunque sea un poco.

Si, después del camino recorrido lleno de satisfacciones y sinsabores, uno sabe que ha podido escuchar el hermoso canto de una vida plena, si ha intentado y conseguido –con las propias limitaciones– “honrar la vida”, como lo propone Eladia Blázquez, si puede declarar con honestidad que muchos le han servido y que ha servido a algunos, deberá concluir que correr el riesgo de ser agraviado y haber pasado por la posibilidad o por el hecho de salir herido de alguna batalla ha valido la pena.

La misma Eladia parece resumirnos el aprendizaje desde su genialidad y claridad con la síntesis de estos versos...

A pesar de todo, me trae cada día
la loca esperanza, la absurda alegría. [...]
A pesar de todo, la vida que es dura,
también es milagro, también aventura.
A pesar de todo... dejándola abierta,
verás que se cuela el sol por tu puerta. [...]

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