Día Internacional de la Niña

Sin clichés de género: 11 claves para educar en igualdad

Nuestros cerebros son iguales, todas las diferencias y desigualdades son aprendidas. La educación en la igualdad debe empezar desde el primer día. Después es tarde.

Irene Perulero

educación igualitaria

11 de octubre de 2017, 16:26 | Actualizado a

Las niñas luchan, se ensucian y lideran equipos. Los niños miman a sus amigos, lloran y saben escuchar. No es el mundo al revés, es igualdad y libertad para ser. ¿Cómo escapar de los clichés que nos impone la sociedad?

Los datos son alarmantes. Según las encuestas, el 80% de nuestros adolescentes ha sufrido o ha sido testigo de algún caso de violencia de género en su entorno. Controlar el whats-app, restringir las amistades, imponer normas sobre el vestuario o incluso pegar a la pareja son comportamientos no ajenos en nuestra juventud, algunos de ellos incluso frecuentes.

La violencia de género es una lacra que deja como punta del iceberg más de 50 muertas anuales en nuestro país y los adolescentes no están libres de ella, las estadísticas cantan. Y cantan fatal. Las campañas de prevención no acaban con el problema y los jóvenes inician relaciones más que tóxicas, violentas, constantemente. ¿Por qué?

Los cerebros son iguales, las diferencias se aprenden

El ser humano es un animal social con una enorme capacidad de aprender. Socialización y aprendizaje van parejos y los niños aprenden a comportarse en sociedad repitiendo comportamientos que copian de su entorno.

Así, en un entorno que premia la resolución de conflictos por medio de la violencia, los niños aprenderán a ser violentos, mientras que aprenderán a comunicarse de forma asertiva si en su entorno los conflictos se resuelven de forma pacífica. Pero aún hay más.

Además de ser primates sociales, los seres humanos somos la especie con mayor conciencia de individualidad que existe. A pesar de que nuestros primos, bonobos, chimpancés o gorilas y otros grandes mamíferos tienen cierta autoconsciencia, el Homo Sapiens es la especie con más capacidad de mirarse al ombligo.

Distinguirse de los demás, “este soy yo y estos son los otros” es la forma habitual en que la humanidad construye su identidad, no solo individual, sino también de grupo.

Somos en función de lo que nuestros padres nos dijeron que éramos.

Padres, maestros, hermanos, amigos, compañeros y todo lo que nos rodeaba. Todos nuestros comportamientos son aprendidos.

Es un hecho también que el género, la forma en que nos comportamos o la forma en que la sociedad espera que nos comportemos según nuestro sexo de nacimiento es una construcción cultural.

Los niños no lloran y las niñas se ponen muy feas cuando se enfadan. Los niños son más brutos, pero más nobles. Las niñas son más obedientes y dóciles. Ellas, rosa; ellos, azul.

La biología y la neurociencia nos dicen que, maternidades aparte, nuestros cerebros son iguales, no existe ninguna diferencia estructural entre el neocórtex de un hombre y el de una mujer, las mujeres también pueden ser buenas en matemáticas y los hombres pueden ser muy empáticos.

Ellas pueden inventar, ellos también pueden cuidar.

Las diferencias no son innatas (o estas son mínimas) y no vienen determinadas por nuestros cromosomas sino que se aprenden, a lo largo de toda nuestra vida, pero empiezan a aprenderse desde el mismo momento en que conocemos el sexo del bebé.

No los tratamos igual

Algunos experimentos demuestran que no tratamos igual a los niños que a las niñas desde que son muy pequeños. El más típico es el de vestir a un bebé de cualquiera de los dos sexos de azul o de rosa y dejar que desconocidos interactúen con él o ella infiriendo su sexo sólo por el color de la ropa.

Hablamos a las niñas con más ternura, cogemos a los niños en posiciones más verticales, los niños reciben menos palabras y las niñas menos movimiento.

La observación de la vida cotidiana nos viene a confirmar lo que se puede probar en un laboratorio, la diferencia de trato se establece en la primera infancia y se continúa prolongando durante toda nuestra vida.

Se premia a las mujeres por su aspecto físico y a los hombres por su actitud.

Las niñas son mandonas, los niños son líderes.

Las mujeres que no se maquillan son descuidadas, los hombres que se preocupan por su aspecto físico, afeminados.

A ellas las protegemos. A ellos los animamos.

La realidad en la que vivimos exige que mujeres y hombres nos comportemos de determinada forma según nuestro sexo.

Cómo construimos parejas

Las diferencias en la construcción de la identidad sexual son evidentes y conducen en muchas ocasiones al establecimiento posterior de relaciones de pareja basadas en dinámicas de poder en las que el hombre ha de comportarse de forma dominante, mientras que la mujer ha de ser sumisa.

El sistema transmite unos valores sobre y hacia la mujer que dificultan la construcción de una identidad femenina empoderada, asertiva, independiente y libre.

El orden social, a través de factores como la hipersexualización de las mujeres, el canon de belleza femenino o la invisibilización de las actividades realizadas por mujeres contribuyen a la frustración, a una autoestima pobre y a la sumisión.

Por el contrario, los estereotipos de género exigidos a los hombres impiden la expresión de emociones como la tristeza o el miedo y la construcción de identidades empáticas y no competitivas, generando a su vez frustración, agresividad y estrés.

Algunos de estos estereotipos son la creencia de que el deseo sexual de los hombres es mayor, que la capacidad de cuidar a otros es exclusiva de las mujeres o que las mujeres son más emocionales y los hombres más racionales.

Todo esto aderezado con los mitos del amor romántico, la normalización o idealización de la violencia, la mala educación sexual y el bombardeo de medios de comunicación, películas, revistas, literatura, música, pornografía, etc. provocan que nuestros adolescentes lleguen a la etapa en que la construcción de vínculos adquiere carácter marcadamente sexual con una carga de valores y clichés tan interiorizados y sentidos como propios que las campañas de prevención chocan contra la pared de la propia identidad.

¿Cómo voy a ser una mujer maltratada porque mi novio me controle si los celos son una muestra de amor? ¿Cómo voy a ser un maltratador por no dejar que hable con chicos si ellos solo piensan en una cosa?

Cómo construir una sociedad igualitaria

La realidad es que la educación en igualdad empieza desde el primer día. Después es tarde.

1. Ponte las gafas violetas

Crecer libre de estereotipos es difícil, pero es mucho más difícil desprenderse de ellos cuando ya forman parte de tu identidad. Prueba a no perpetuar roles y conductas dirigidas y permíteles expresarse libremente.

2. Observa tu entorno

Comprender el mundo en el que vivimos y las herramientas que la cultura utiliza para afianzar la desigualdad de género es imprescindible para criar a nuestros hijos, si no libres de estereotipos, al menos conscientes de cómo funciona la realidad. Solo así les podremos ofrecer las herramientas para que puedan enfrentarse a ella.

3. Muéstrales cómo te relacionas

Expresar nuestras preferencias, frustraciones, enfados, miedos, deseos y, sobre todo, expresar nuestras necesidades y aprender a pedir cosas, aunque entren en conflicto con las necesidades de los demás, es esencial para ser libre y vivir feliz.

Somos interdependientes: la independencia depende en gran medida de nuestra habilidad para solicitar ayuda cuando la necesitamos y no estar esperando a que nos la presten.

No saber pedir ayuda te convierte en dependiente de la voluntad de otro. Permitir que nuestras hijas expresen sus necesidades les ayuda a convertirse en mujeres asertivas y autónomas, aunque a veces no podamos complacerlas.

4. Fomenta en ambos la toma de decisiones

La capacidad de tomar decisiones conscientes es lo que diferencia a los seres humanos del resto de seres vivos que pueblan el planeta. Pero esta capacidad no es innata, sino que se aprende, principalmente durante la infancia.

Permitir que nuestros hijos se escuchen a sí mismos y sobreponernos a nuestro afán de protegerlos y decidir por ellos no es fácil. Para que se conviertan en adultos asertivos y conectados con sus propias necesidades hay que confiar.

Permite a las niñas decidir sobre su propio cuerpo, cómo se visten o si quieren expresar afecto o no hacerlo.

5. Déjalos elegir

¿Quieren tus hijos apuntarse a ballet? ¿Quieren tus hijas aprender kárate? Anima a tus hijas a experimentar y moverse. Déjalas trepar. Elogia su valentía y su inteligencia.

6. Fomenta el pensamiento crítico

Comenta con ellos qué les parece que en las películas casi no haya personajes femeninos protagonistas o que el patio del colegio esté ocupado en su mayor parte por niños jugando con un balón mientras las niñas charlan u observan.

7. Los comportamientos empáticos

Premia la cooperación por encima de la competitividad y ayudarás a tus hijos a desarrollar su empatía y no su individualismo.

8. Evita criticar tu cuerpo

Y tampoco critique el de otras mujeres. Enseñémosles que las personas valen por cómo se comportan, no por cómo se visten, por su aspecto o por lo que tienen.

9. Comunicación y más comunicación

Conecta con quienes son hablando con ellos. Observa el mundo con ellos y comentad juntos vuestros puntos de vista. Hablad mucho. La base de toda prevención es la comunicación.

10. Ponle nombre a todas las cosas

Educa a tus hijos varones para que comprendan que tener la regla es el funcionamiento normal de un cuerpo sano. No invisibilices procesos femeninos como la menstruación.

11. Responsabilidad sexual compartida

No atribuyas la sensatez en la anticoncepción a las niñas. Educa a ambos en la responsabilidad en cuanto al sexo. El sexo es placer, aunque haya que ir con cuidado y no hay que confundirlo con el amor, no son lo mismo y a veces no vienen juntos.