No es difícil, pero, ¿sabes hacerlo?

Cómo hablar y escuchar a los niños

Hay que hablar con claridad, respeto y buena intención, y dedicar tiempo sin interrumpir o corregir. Con los comentarios adecuados puedes demostrar tu interés.

Carlos González

hablar escuchar niños

25 de septiembre de 2018, 17:44 | Actualizado a

Una de las primeras palabras que aprenden nuestros hijos es“no”. Lo achacamos a su espíritu de oposición, pero, ¿no será porque es una de las palabras que primero les enseñamos? “No toques eso”, “No grites”, “No te muevas tanto”.

Habitualmente son más efectivas las órdenes positivas: “Ven aquí” en lugar de “No subas ahí”. No obstante, siguen siendo órdenes; nos sorprenderíamos al comprobar cuántas de las cosas que decimos a nuestros hijos son, de un modo u otro, órdenes: “Ponte el abrigo”, “Lávate las manos”, “Estate quieto”... Intenta contarlas la próxima vez que vayais juntos al parque.

Todos los seres humanos dan órdenes a otros seres humanos. Y, casi siempre, son obedecidas si se dan adecuadamente. Un camarero dice: “La mesa del fondo”, y banqueros y ministros lo hacen sin rechistar. Si ese mismo camarero dijera: “¡Que te sientes aquí, te digo, y quietecito!” no le obedecería nadie. No cuesta nada usar un poco de diplomacia: “¡Mira esa lagartija!”o “¿Vienes al columpio?” pueden resultar tanto o más útiles –y con mucho menos riesgo de rabieta– que una orden directa para interrumpir una actividad peligrosa.

Pero hay que ir un paso más allá, no hablarles y escucharles solo cuando queremos que hagan o dejen de hacer algo, sino, simplemente, conversar.

Reglas de la conversación con niños

A veces, al interactuar con los niños hacemos una descarada reserva mental: “Qué dibujo más bonito” quiere decir, en realidad, “Qué dibujo más bonito, considerando que está hecho por un niño pequeño sin grandes dotes artísticas”. Pero hay opciones aún mejores.

A veces el “qué bien” y el “qué bonito” se pronuncian sin apenas echar una ojeada a lo que nos quieren enseñar. Son mentiras que no engañan ni a un niño.

En vez de eso, podemos sentarnos y dedicar unos minutos a mirar el dibujo, comentar los trazos reconocibles (“Vaya, si has dibujado también la chimenea... Esto debe de ser el humo, ¿verdad?”) o pedir información sobre los demás (“¿Y esto de aquí qué es? ¡Ah, claro, los árboles! Son muy originales, árboles azules, como si estuvieran muy lejos, ya”), y sobre todo dejar tiempo para sus respuestas y explicaciones. Los niños quedan mucho más contentos que con un simple “muy bonito”, y ni siquiera hemos tenido que decir mentiras.

¿Hay que ser siempre sincero con los niños?

Se ha recomendado a veces decir siempre la verdad a los hijos. Pero, puesto que no decimos la verdad –toda la verdad y nada más que la verdad– a casi nadie, ¿por qué hacer precisamente con nuestros hijos una excepción?

Muchas veces nos limitamos a contar un resumen, una aproximación o una versión adaptada y edulcorada de la verdad. ¿Cómo explicar a un niño de cinco años complejas y desagradables rencillas familiares? Basta con un sencillo: “Tío Eduardo no puede venir con tus primos estas Navidades”.

A cierta edad, una pequeña mentira puede resultar mucho más aceptable que la verdad desnuda: “Se han acabado los caramelos” o “No me quedan monedas” (ante el caballito eléctrico). También en el trato con los adultos usamos escapatorias similares. Sería casi sádico insistir en la escueta verdad: “No, no quiero darte caramelos”, “No, no te dejo montar en el caballito”.

Pero también es posible ir un paso más allá y encontrar una evasiva adecuada: “Ojalá los caramelos no fueran malos para los dientes, ¡así podríamos comer todos los días!”. El arte de la respuesta evasiva requiere gran agilidad mental y años de práctica; no es de extrañar que los niños no lo dominen y que se vean reducidos, con más frecuencia que los adultos, a la simple mentira.

Cuando nos dicen que ya se han lavado las manos y no lo han hecho, ¿vamos a estallar de indignación moral, hablando de “mentiras” y “engaños”, o podemos aceptar que ellos también intentan no herir nuestros sentimientos?

Hay otras mentiras que debemos evitar por todos los medios: las que no se dicen para respetar sus sentimientos sino precisamente para herirlos (“Estás muy feo cuando lloras”, “Si te portas mal, mamá no te va a querer”) y las que constituyen una traición a su confianza (“No, el doctor no te va a pinchar”, cuando sabemos que hoy toca vacuna).

Pero quizá la mentira más absurda de todas es la que nos deja en mal lugar a nosotros. ¿Mentir para esconder nuestras virtudes y parecer interesados y mezquinos? Cuando decimos “Si recoges la habitación, el sábado iremos al parque”, ¿no es cierto que iremos al parque de todos modos porque nos gusta disfrutar de un fin de semana, porque la queremos y queremos verla reír?

Pues si llevas a tu hija al parque por amor puro y desinteresado, permite que ella lo sepa, no le hagas creer que se trata de un plan de incentivos. Y permite que ella sepa que ha recogido su habitación de forma desinteresada, porque nos quiere y quiere que estemos contentos, y no para obtener un premio a cambio.

Deja de juzgar

Es importante no confundir los actos con el “carácter moral” de una persona. Por ejemplo, cuando un niño no recoge los juguetes, es muy distinto decirle “No has recogido los juguetes” que “Eres un desordenado”.

  • Lo primero es una constatación objetiva. Podemos añadir un comentario sobre cómo nos hace sentir ese hecho (“Estoy enfadado porque no has recogido los juguetes”), aunque suele bastar el tono de voz o el gesto para que se note que no nos ha gustado que no haya recogido.
  • En cambio, la segunda frase es un juicio moral. Estamos atacándole directamente como persona. Algunos niños reaccionarán con lógico enfado, otros acabarán aceptando la etiqueta, pero todos se sentirán heridos.

Piénsalo en tu caso: No es lo mismo que tu jefe te diga “Este informe necesita algunos cambios” que “Es usted un incompetente”. Hagamos un esfuerzo por evitar las etiquetas, tanto cuando hablamos con el niño como cuando hablamos de él. No “es un llorón” sino que “a veces llora”. En vez de “No seas abusón”, pruebe con “No debes empujar a tu primito, que es pequeño”. En lugar de un “Mira que eres vago”, ¿qué cuesta un sencillo “Venga, acaba los deberes, que tenemos que cenar”?

11 maneras de evitar que rompa un jarrón: ¿con cuál te quedas?

  1. La prohibición: “No toques eso”.
  2. La prohibición barroca: “¿Pero cuántas veces te tengo que decir que no toques eso?”.
  3. La prohibición insultante: “¿Pero estás sorda o qué? ¡Estate quieta, que me tienes harto!”.
  4. La amenaza: “Como lo toques, te vas a enterar”.
  5. La pregunta retórica: “¿Te parece bonito tocar el jarrón?”.
  6. La violencia desatada: Un bofetón, para que aprenda a no tocar jarrones. (Y, para que aprenda a no pegar, ¿qué haremos?).
  7. La profecía: “Lo vas a romper...”.
  8. La información: “El jarrón no es para jugar, se puede romper”.
  9. La distracción: “¡Pero mira qué coche más chulo, brrr, brrr...!”.
  10. La prevención: Jugar o hacer algo antes de que se aburra y se ponga a tocar jarrones.
  11. La protección: Guardarlo donde no lo pueda tocar.

¿Te parece que todas estas estrategias tendrían el mismo éxito, tanto para proteger el jarrón como para mantener el buen ambiente en la casa? ¿Hay alguna que quieras evitar? Pues, con un poco de esfuerzo, lo conseguirás.

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