Amor incondicional

7 consejos para asegurar la felicidad de tus hijos

Para crecer felices y sentirse seguros, los bebés necesitan percibir nuestra presencia. El amor sin condiciones es el mayor legado que podemos ofrecerles.

Ramón Soler

Como hacer que tus hijos crezcan felices

19 de marzo de 2018, 15:16 | Actualizado a

El tipo de cuidados que les proporcionemos a nuestros hijos en sus primeros meses y años de vida –incluido el periodo del embarazo– determinará la calidad de su salud emocional a lo largo, no solo de su niñez, sino también de su edad adulta.

7 consejos para que tus hijos crezcan felices

Todos los padres amamos a nuestros hijos y deseamos lo mejor para ellos, no solo en su infancia, sino también en su adultez.

Sin embargo, como compruebo día a día en mi consulta, la realidad dista mucho de este legítimo deseo y muchas son las personas que, debido a un acompañamiento deficiente en los primeros años de su vida, llegan a adultos cargados de graves carencias emocionales que les causan una perpetua sensación de infelicidad.

Por eso propongo siete claves para facilitar que tus hijos se sientan felices y seguros.

1. Amor sin condiciones

Es el pilar fundamental de la felicidad adulta. Si los niños se sienten amados por sus padres de forma incondicional, crecerán sintiéndose seguros de sí mismos y su vida emocional será mucho más equilibrada.

2. Seguridad y protección

Durante los 9 meses de embarazo, los bebés se sienten totalmente protegidos en su vida uterina. Al nacer, como mamíferos que son, necesitan sentir esa misma sensación de protección gracias al calor corporal, al contacto piel con piel, al colecho, percibiendo olores familiares y sintiendo los cuidados.

3. Respeto y comprensión

Para crecer sanos y felices los bebés necesitan sentirse respetados: empatía, comprensión, palabras libres de juicios, de etiquetas y jamás hacer uso con ellos de manipulaciones, chantajes, violencia o sistemas coercitivos de premios y castigos.

4. Atención plena

Tú eres su mejor motivación.

No necesitan ni juguetes sustitutos, ni todos esos programas de estimulación temprana. El contacto, jugar, cosquillas, masajes, palabras amorosas, canciones y cuentos suponen una fuente de salud para nuestros bebés.

5. Confianza en ellos

Si confiamos en ellos y en su criterio cuando son pequeños, no minaremos su autoestima y confiarán en sí mismos cuando sean mayores. Pero si les ninguneamos y no tenemos en cuenta sus emociones, serán adultos incapaces de valorarse.

6. Seguir sus ritmos

Nacer cuando ha llegado su momento, comer cuando tiene hambre, ser atendido cuando lo pida, tomar la cantidad de alimento que quiera, dejar los pañales cuando esté preparado, etc. Todas estas son pequeñas decisiones que el bebé va tomando de manera natural. No debe de ser forzado a desviarse de esa programación biológica.

7. No ser comparados

No hay dos niños iguales. Cada uno tiene su propio ritmo. Las comparaciones siempre son perjudiciales. Recuerda que tu hijo es único y maravilloso.

Arturo y Andrés: dos casos de crecimiento infeliz

Un chico, Arturo, que vino a consulta hace unos años, me resumió su situación con esta elocuente y lúcida frase:

“¿Cómo voy a tener confianza en mí mismo, si nunca nadie ha confiado en mí?”.

También recuerdo el caso de Andrés, un hombre bastante mayor que, descartada una causa física, vino a verme porque hacía años que le acompañaba una perenne sensación de frío que incluso en verano le obligaba a dormir con más de siete mantas para poder “sentir calor”.

Ambos fueron criados por padres dictatoriales, convencidos de la eficacia de castigos, gritos y golpes para educar a los hijos.

Ambos sufrieron los rigores de la distancia emocional, de la indiferencia, del desconsuelo, de la sensación de abandono fruto del “necesita llorar para desarrollar los pulmones”, “no lo cojas en brazos que se va a acostumbrar” o del famoso “no le hagas caso, te está retando”.

En su edad adulta, ambos coincidían en que ninguno de ellos se sentía con derecho a ser amado.

También coincidían en describir sus vidas como profundamente infelices. Ni Andrés, ni Arturo se sintieron en su infancia amados o dignos de ser amados. El autoritarismo y el desapego emocional les causó un gran daño y tuvieron que realizar mucho trabajo terapéutico para poder superarlo.

Los bebés no piden mucho para ser felices

Los bebés precisan una presencia física y emocional, de forma constante, cariñosa, protectora y empática.

Si un bebé llora, no pide tanto, solo el consuelo que proporciona el calor de unos brazos amados, mimos, ternura, compañía, seguridad.

Si tiene sueño o hambre, no precisa tablas o normas, simplemente, necesita comer y dormir sintiéndose protegido, notando que crece y se desarrolla en un entorno amoroso.

Si siente angustia, sensación de peligro o una alegría infinita, para acompañar la intensidad de sus emociones bastará nuestra mirada tranquilizadora, nuestras palabras cariñosas, nuestra presencia...

Si desea lanzarse a explorar el mundo, dejémonos de reproches, órdenes, comparaciones, miedos o críticas y juguemos con ellos, démosles nuestras manos, nuestras palabras libres de juicio, nuestro amor y nuestra plena confianza.

También se sentirán seguros, a medida que vayan creciendo, si no les forzamos a realizar hitos para los que no están preparados como por ejemplo dejar el pañal, comenzar a andar antes de tiempo, irse a dormir solos a un cuarto propio o lanzarse por un tobogán a pesar de sentir temor.

Cuando un niño crece notando la confianza de sus padres, se siente seguro de sí mismo y desarrolla de por vida una alta autoestima.

En realidad, los bebés no piden mucho para ser felices: sentirse acompañados, amados, respetados, cuidados, que les hagan caso, les atiendan... Y que les miren, les escuchen, les mimen y jueguen con ellos.

Pero para muchas personas supone una gran carga ofrecerles a sus hijos su amor libre de condiciones y condicionamientos, debido, no solo al lastre de sus propias infancias, sino también a un sistema productivo capitalista que nos marca la obligación de alejarnos de nuestros bebés, desde sus primeras semanas de vida, para poder subsistir económicamente.

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