Autogestión de la salud

Crianza natural: confiando en nuestro instinto

Otorgarnos el poder de decidir sobre nuestra salud empieza por cuidar momentos tan importantes como el nacimiento y los primeros años de nuestros hijos.

Jesús García Blanca

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3 de julio de 2018, 13:10 | Actualizado a

Andrea tiene un bebé de dos años llamada Mara. Hoy está en la sala de espera de la consulta de su pediatra; se trata de un lugar familiar para ambas puesto que en estos 24 meses lo han visitado un buen puñado de veces.

Para empezar, Andrea acudió a las revisiones que le indicaron tras el parto y, posteriormente, a las de su hija a los dos, cuatro, seis, nueve, doce, quince y dieciocho meses.

  • En la primera, comenzaron a administrarle a Mara vitamina D; en la segunda, una nueva dosis de la vacuna de la Hepatitis B tras el pinchazo inicial al nacer; en la tercera, vacunas contra Difteria-Tétanos-Tosferina, Polio, Meningoco C, Neumococo, Haemophilus Influenza tipo B y Hepatitis B. Mara tuvo una pequeña subida de temperatura como reacción, que fue inmediatamente tratada con un antipirético.
  • En la siguiente visita, con cuatro meses, Andrea le comentó al pediatra que su hija parecía no quedarse harta con el pecho y este le sugirió que complementara con leche adaptada.
  • En la del sexto, le recomendó que Mara ya durmiera en su propia habitación; aunque la pequeña lloraba cada vez que la dejaban sola, acabó por resignarse. También les indicó que no debían hablarle ni cantarle si se despertaba para que comprendiera que la noche es para dormir y, por supuesto, nada de cogerla en brazos.
  • En visitas sucesivas, Andrea recibió recomendaciones para la alimentación de su bebé: introducir cereales, verdura, fruta y carne en el sexto mes o yogur de leche de vaca, pescado blanco, pan y galletas a los nueve meses...
  • Desde los seis meses, utiliza ibuprofeno para calmar la fiebre de Mara y, en las ocasiones en que su hija se ha resfriado o tenido diarreas con fiebre, le han recetado antibióticos que casi siempre han terminado provocándole nuevas diarreas o náuseas.

La medicalización del proceso perinatal

Los comienzos son importantes; si queremos favorecer la autorregulación y la autogestión de la salud, debemos comenzar cuidando los momentos clave del principio de la vida.

Pero en la sociedad moderna, dominada por la idea abrumadora del progreso material, el animal humano ha olvidado sus instintos y ha construido una cultura que nos aleja de la naturaleza sustituyendo la sabiduría ancestral por conocimientos científicos condicionados por una de las industrias más poderosas del mundo.

De este modo, se ha medicalizado todo el arco vital del ser humano, especialmente las etapas iniciales de la gestación y la crianza.

En esencia, medicalizar consiste en someter procesos vitales al estamento médico y sus reglas, protocolos, instrucciones e incluso órdenes que, como en el caso de Andrea, se acatan sin rechistar.

El embarazo se trata como una enfermedad; el parto, como una intervención quirúrgica; y la crianza, como un complejo proceso controlado por especialistas. ¿Cuántas madres actúan como Andrea creyendo que eso es lo mejor para su hijo aunque algo muy adentro les esté gritando que quizá no es así?

El triunfo del miedo sobre el instinto

La famosa ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero la naturaleza funciona exactamente al revés: si algo puede salir bien, saldrá bien.

A medida que nos liberemos de los condicionamientos de nuestra propia crianza y educación, de esas frustraciones que nos acorazaron, del miedo, de la incapacidad para actuar, para pulsar, para respirar, podremos liberarnos también de los mecanismos creados por la sociedad para controlar y someter a las criaturas, potenciando así la capacidad de las próximas generaciones para confiar en sus emociones.

Cuanto más dominados estamos, menos contacto tenemos con nosotros y con la vida, y menos confianza en los instintos y en los procesos biológicos naturales.

Aunque siga existiendo confusión al respecto, estudios científicos han demostrado que el parto en casa planificado es más seguro que el hospitalario (si se trata de un parto de bajo riesgo), porque la mujer dilata mejor y se realizan menos prácticas innecesarias. En Holanda, donde más de un 60% de mujeres pare en su hogar, no existen diferencias de tasas de mortalidad o ingresos de bebés con respecto al parto hospitalario. El abuso de intervenciones médicas, un concepto equivocado de la seguridad y los intereses económicos hacen que el parto hospitalario no esté exento de riesgos.

En 1985, un documento de recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud decía que las intervenciones médicas están justificadas como máximo en un 10% de los partos. Treinta años después, únicamente 16 de los más de ochocientos hospitales españoles tienen acreditación de la Iniciativa para la Humanización de la Asistencia al Nacimiento y la lactancia que supone la incorporación de esas recomendaciones.

Así, en España, la media de cesáreas es de un 28% en los hospitales públicos y de un 54% en los centros privados; las episiotomías se practican en un 42% de los partos normales no inducidos; se abusa de las ecografías, que según algunas investigaciones podrían acarrear daños neurológicos al bebé (la OMS y la Estrategia Nacional de salud sexual y reproductiva recomiendan hacer entre dos y tres si el embarazo es normal); la monitorización y la administración de oxitocina sintética para adelantar el parto son una rutina...

Frente a este modelo, el parto ecológico supone el respeto por el fluir de la vida, por los ritmos de la mujer y la importancia del contacto piel con piel del bebé: aunque haya comenzado a respirar en el exterior, en esencia continúa necesitando el cuerpo de la madre, su alimento, su calor, la pertenencia íntima a su ecosistema primero.

La autogestión de la crianza

Durante la crianza, es importante hacernos conscientes de esa infinidad de pequeñas imposiciones y prohibiciones que pesan a diario sobre los niños, y que los adultos mantenemos, casi inconscientemente, como prolongación de nuestras propias frustraciones y represiones: las constantes regañinas cuando se tiran al suelo, manchan la ropa, gritan, corren donde no deben, molestan o creemos que molestan a otros adultos; los gritos, las amenazas o incluso la violencia física que se ejerce por su bien, para que aprendan, para que se acostumbren; el empeño en decirles cómo deben hablar, cómo deben comer, cómo deben jugar...

El apego, al contrario de lo que muchos creen, fomenta la independencia y un desarrollo sano y feliz.

La clave es gestionar la salud y la crianza de nuestros hijos nosotros mismos y, al mismo tiempo, transmitirles las herramientas para que ellos autogestionen la suya. No transmitir teorías, sino predicar con el ejemplo. Si lo conseguimos, no serán precisas grandes cantidades de documentación, sino la confianza en el instinto de protección y el autocuidado.

Dirige tu nueva vida

Deja salir a la mujer salvaje que hay en ti, la que te conecta con la naturaleza y protege la vida. A partir de aquí todo fluirá con armonía.

Tu parto es tuyo

Informa a quienes vayan a asistirte de lo que quieres y lo que no quieres. Vive el momento y, durante el parto, que sea tu pareja quien se asegure de que todo transcurre como deseas.

Manteneros cerca

Tu criatura depende de ti para vivir y desarrollarse saludablemente. La lactancia es mucho más que alimento: es la prolongación de un mundo de calidez, seguridad y energía vital.

Confía en tu hijo

Cree en sus capacidades. Cada niño es único, y su desarrollo no puede someterse a un patrón establecido. No le impidas explorar, equivocarse,
caerse y volverse a levantar. Escúchalo, respeta y aprecia lo que es y lo que dice.

Disfruta cada minuto

Juega, comparte momentos, aprovecha ese privilegio que dura un soplo. Aprende a descubrir lo que está detrás de sus palabras cuando te pide que te vayas, pero en realidad quiere que estés a su lado, y cuando te dice que puedes quedarte, pero en realidad preferiría estar solo.

Abraza sin pedir nada

Es la mejor forma de transmitir calor, contacto, amor y protección. No le transmitas tus temores: permítele que encuentre sus límites.

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