Respeta su desarrollo natural

Fomentar la autonomía desde el amor

Apoyar y respetar a los hijos es fundamental para satisfacer sus necesidades y garantizar un desarrollo autónomo. Debemos estar atentos y comprender su evolución.

Mireia Simón

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10 de julio de 2018, 12:38 | Actualizado a

La familia es el primer grupo de personas con el que estamos en contacto y, durante los primeros años, es esencial para la supervivencia física y emocional. En su seno nacemos y nos desarrollamos, y en ella tenemos las primeras experiencias relacionales y afectivas, que irán configurando la forma de interacción que repetiremos a lo largo de nuestra vida. Además, es un reflejo social y cultural del tiempo que nos ha tocado vivir.

En la familia desarrollamos gran parte de nuestro autoconcepto y autoestima, aprendemos a relacionarnos con el mundo e incorporamos formas de satisfacer nuestras necesidades y de tener en cuenta a los demás. Aprendemos valores, maneras de estar y de hacer y una serie de reglas, costumbres, rituales y patrones de relación que persisten con el paso del tiempo.

La familia es, por todo ello, más que la suma de las personas que la conforman. Es una trama de interrelaciones donde se influyen unos a otros. Como decía el pediatra y psiquiatra Donald W. Winnicott, “cada individuo necesita recorrer un largo camino que va desde estar fusionado con la madre hasta convertirse en una persona distinta, relacionada con la madre, y con la madre y el padre como pareja; a partir de ese momento, el viaje transcurre dentro del territorio que se conoce como la familia”.

Las personas que forman la familia evolucionan juntas y van pasando por momentos vitales en los que van creciendo.

Los dos retos fundamentales del grupo familiar son crear un sentimiento de pertenencia y, al mismo tiempo, facilitar la separación y la construcción de la propia identidad. Se trata de proporcionar raíces y un lugar seguro al que acudir siempre, al mismo tiempo que se facilita la suficiente autonomía para volar y que cada persona construya su propia vida.

Este proceso comienza muy pronto, aunque durante los primeros meses exista esa fusión del bebé con su madre. Como dice la pediatra y psicoanalista Margit Mahler: “el nacimiento biológico del infante humano y el nacimiento psicológico no coinciden en el tiempo [...]. Denominamos al nacimiento psicológico del individuo proceso de separación–individuación”.

El placer de explorar

Es alrededor del primer año del bebé, aunque antes vive la experiencia de sentirse separado y reconoce al otro como un cuerpo diferente, cuando empieza el proceso de individuación primario.

Comienza a ponerse de pie, a andar, y físicamente cambia su posición existencial: puede moverse solo para explorar. Y alrededor de los 18 meses aumenta su necesidad de afirmarse y el deseo de ir consiguiendo su autonomía.

Esa progresión en la autonomía le permite tener acceso al mundo. Se trata de ofrecerle la oportunidad de aprender a valerse por sí mismo, aunque el cuidador permanezca cerca.

Abordar ese momento con respeto significa no intervenir antes de tiempo, dejar que vaya a buscar la pelota que se le ha escapado en vez de dársela.

A veces nos anticipamos, llevados por la impaciencia, la falta de tiempo o porque nuestra mirada está en otro sitio. Por ejemplo, cuando un niño está aprendiendo a vestirse y lo vestimos nosotros para acabar antes. Otras veces, precipitamos la autonomía y forzamos cambios para los que todavía no está maduro, como quitarle el pañal antes de tiempo o pretender que duerma solo y de manera continua durante toda la noche. Estas circunstancias interrumpen la autorregulación natural de su desarrollo y crean tensiones innecesarias.

Acompañamiento positivo

La autonomía saludable es la que se consigue mediante un proceso de individuación con acompañamiento emocional, apoyo y respeto. El reto es apoyar la voluntad del niño con paciencia y presencia.

Otra cuestión importante es saber que dicho proceso de individuación es reactivo: las criaturas lo realizan a través de la negación y la diferencia. Por este motivo, es saludable que los niños y las niñas pongan energía en afirmarse, en elegir sus propias cosas. Con el “no” están construyendo su identidad. Nos están diciendo: “tú eres una persona y yo soy otra”.

Una buena manera de reaccionar ante una negativa es darle opciones entre las que elegir.

Que los niños y las niñas nos lleven la contraria en ciertos momentos evolutivos no es un signo de una relación conflictiva, sino que responde a un proceso interno infantil saludable y necesario. Entenderlo así nos ayudará a no caer en la tentación de pensar que nos quieren fastidiar, que son caprichosos o que nos quieren dominar. Es importante que no entremos en luchas de poder innecesarias y que aprendamos a acompañar estas etapas desde el respeto, la flexibilidad y la firmeza al mismo tiempo.

Una buena manera de reaccionar ante una negativa de un niño o niña a algo que los adultos consideramos que es necesario que haga es darle opciones para que pueda escoger. Por ejemplo, si tiene que vestirse le podemos dar a elegir entre dos opciones de ropa: “¿te pones esta o esta otra?”. De esta manera ni le imponemos nada ni peleamos, sino que le damos un margen para que decida. Así se siente respetado y, además, es una buena forma de ayudarle a aprender a tomar decisiones y responsabilizarse de sus elecciones.

En otros casos, les facilitaremos el aprendizaje permitiéndoles experimentar las consecuencias naturales de una acción: por ejemplo, si les dejamos comprobar que en la calle hace frío, será mucho más fácil que se pongan la chaqueta.

Pasar la adolescencia

El segundo proceso de individuación se da en la adolescencia y también aquí es característica la reactividad. Sin embargo, ahora el punto de mira es lo social y el grupo de iguales. Pero aunque la referencia principal haya cambiado, los padres siguen siendo figuras significativas.

Si se respeta su individualidad y la construcción de su propia identidad, es más probable que los adolescentes maduren con un yo estructurado y fuerte, y este paso por la adolescencia será más fácil y enriquecedor para hijos y padres.

El otro reto de la familia es facilitar un sentido de pertenencia que asegure al adolescente su lugar en el grupo familiar y le haga saber que siempre puede volver a él. Ese sentimiento, además de estar construido por todas las cosas que tenemos en común, se consigue cuando la familia satisface las necesidades de apoyo que todos tenemos.

Apoyar es poner atención, interesarse y comunicarse afectivamente con la persona que atraviesa un momento difícil. no es arreglarle o hacerle las cosas, sino acompañarle y solo intervenir cuando realmente no pueda hacerlas sola. Una dificultad empuja al niño o a la niña al aprendizaje, y solo cuando vemos que va a abandonar lo que está haciendo, que baja su energía y la dificultad pasa a ser frustración o angustia, podemos intervenir y apoyarle.

Laura Perls, creadora de la terapia Gestalt junto con Fritz Perls y Paul Goodman, decía que el contacto solo puede ser positivo y creativo cuando se da en el marco de una buena relación de apoyo.

Cada familia lleva a cabo estos dos objetivos principales –respeto y apoyo al niño primero y luego al adolescente– siguiendo una serie de pautas repetitivas que definen tanto la relación entre sus miembros como la que tiene con el exterior. Estas pautas se definen en función de las reglas culturales y las propias reglas familiares.

Son, en palabras de la psicoterapeuta norteamericana Virginia Satir, “fuerzas vitales, dinámicas y muy influyentes en la vida familiar”; acuerdos que permiten o limitan comportamientos y formas de relacionarse, que pueden ser implícitos, explícitos, conscientes o inconscientes.

Actitudes opuestas

  • En las familias cuyos miembros disponen de poco espacio personal, no se permite la diferencia y la individuación resulta difícil. Suelen evitarse los conflictos y se sobrevalúan los acuerdos y las similitudes. En ellas también es frecuente el contagio emocional. Dicha tendencia facilita que haya mucha pertenencia, importante cuando es necesario el apoyo, pero que puede resultar conflictiva en momentos en que es fundamental facilitar la separación, como por ejemplo en la adolescencia.
  • Hay otra tipología de familia cuya tendencia es la contraria: existe distancia entre sus miembros y el hecho de valorar mucho la individuación repercute negativamente en ellos, al verse mermados el sentimiento de pertenencia y la experiencia de apoyo. Son familias cuyos miembros no se acercan el uno al otro ni en el enfado ni en el afecto. Hay una sobrevaloración de la privacidad y suelen mantener sus preocupaciones y problemas para ellos mismos, con dificultad para pedir ayuda.

Solo respetando el proceso de desarrollo de cada persona y dándole el apoyo adecuado que necesita en cada momento podremos conseguir el equilibrio necesario para construir relaciones familiares fértiles y saludables, y permitir así tanto la seguridad que transmiten las raíces como la libertad necesaria para volar.

Cuatro ideas fundamentales

Tanto los niños y niñas como los adolescentes necesitan unos padres atentos a su desarrollo y respetuosos con ellos en todo momento.

1. Estar informado

Tener datos sobre el desarrollo emocional de los hijos es fundamental. Sabiendo qué podemos esperar de ellos podremos actuar desde el respeto. Las criaturas no hacen las cosas por fastidiar; hacen lo que pueden y lo que saben con las capacidades y la maduración que tienen en cada momento.

2. Cuidado con el verbo ser

No es lo mismo decir “eres malo” que decir “lo que acabas de hacer no me gusta”. Los mensajes con el verbo ser van directos a la formación del autoconcepto de los niños. Si son muy frecuentes y negativos, redundan en una imagen propia conflictiva y una autoestima muy baja. En cambio, cuando nos referimos a algo que ha hecho que se puede modificar, le transmitimos que todos nos equivocamos y que los errores se pueden reparar.

3. Dejarles elegir

Reconocerlos como personas diferentes es importante para no interferir en la elección de su propio camino: no podemos depositar en ellos nuestras necesidades, frustraciones, sueños o expectativas.

4. El bienestar común

Es necesario dejar espacio para que coexistan las necesidades de todas las personas del núcleo familiar. Aunque tenemos la responsabilidad de atender las necesidades de los más pequeños, no podemos desatender las nuestras. Así ellos también aprenden a cuidarse.