El derecho es del niño

Mitos y realidades de adoptar en España

Adoptar no es lo mismo que acoger. Esta diferencia explica el desfase entre el número de familias que quieren adoptar y el total de niños adoptados.

María Berrozpe

La realidad de la adopción en España

21 de marzo de 2018, 08:38 | Actualizado a

Mientras en España cerca de 30.000 niños están tutelados por el Estado, más de 33.000 familias han sido declaradas idóneas para adoptar y están deseosas de conseguirlo. Con estos números delante... ¿cómo explicar las dificultades y los años de espera a los que se enfrentan los futuros adoptantes?

Para entenderlo hay que comenzar recordando que la complejidad del proceso persigue esencialmente garantizar la protección del menor.

Lo cierto es que para la gran mayoría esta situación es difícil de entender. En estos días, en los que se habla tanto de la polémica maternidad subrogada, muchos comentaristas se preguntan cómo habiendo tantos niños “abandonados”, los futuros padres no adoptan en lugar de alquilar un útero, reivindicando que se agilicen los trámites y se facilite todo el proceso para que los adultos no se tengan que enfrentar a tantos obstáculos en su camino para ser padres.

Estas palabras, que evidentemente se hacen de buena fe con el fin de denunciar una práctica, la maternidad subrogada, extremadamente cuestionable desde cualquier punto de vista, denotan una profunda ignorancia sobre lo que es realmente la adopción y cuál es su objetivo.

Adoptar no es un derecho; tener una familia, sí

La adopción es un recurso para el niño en situación de desamparo que garantiza el cumplimiento de su derecho a tener una familia.

La adopción no es un recurso para que unos adultos puedan ser padres (al no poder serlo por otros medios). O, al menos, este no es en absoluto su principal objetivo. Y aquí entramos en el delicado tema de cuándo un bebé o niño se considera adoptable.

Según la abogada y mediadora familiar Beatriz Benítez Pérez: “Un menor puede ser declarado adoptable por dos causas: porque su familia de origen renuncia a ejercer la patria potestad y consiente que otra familia se haga cargo de la crianza y el cambio de titularidad de la misma, o porque las entidades públicas de protección de menores consideran que el menor está en desamparo, de forma que inicialmente se suspende la patria potestad y se hace cargo de la tutela de ese menor”.

Y añade: “Si pasado el tiempo se demuestra y confirma que el menor no va a poder volver a su familia de origen, se priva definitivamente a la misma de la titularidad de la patria potestad y se declara al menor adoptable”.

Por lo tanto, no todos los niños tutelados por el Estado son adoptables.

En la gran mayoría de los casos de menores tutelados, lo mejor es no romper definitivamente los lazos con su familia biológica. Incluso en ocasiones la apropiación de la tutela por parte del Estado podría evitarse con un apoyo adecuado a esa familia que temporalmente se encuentre en una situación de riesgo.

Hay que tener en cuenta que lo que debe primar siempre es el bien del menor, por encima de cualquier otra consideración, y la separación de su madre y familia biológica siempre es tremendamente dolorosa para el niño.

Se necesitan más familias de acogida y menos de adopción

Para estos menores no adoptables lo que se necesitan son familias de acogida. Pero mientras que hay un claro exceso de familias dispuestas a adoptar hay una falta tremenda de familias dispuestas a acoger: 18.000 menores están todavía internados en centros esperando a ser acogidos por una familia.

Y es que adopción y acogimiento son muy diferentes. Con la adopción, el niño rompe legalmente con su familia biológica y pasa a formar parte de la familia adoptante a todos los efectos, y esto es exactamente lo que los padres adoptivos prefieren.

Por el contrario, el niño en acogida sigue manteniendo el vínculo con su familia biológica, y en muchos casos queda abierta la posibilidad de un retorno al seno de la misma.

El no ser plenamente, al menos de manera legal, madre o padre de ese niño, además del miedo a tener que enfrentar una separación o lo que pueda suponer el contacto regular con la familia biológica, hace que la gran mayoría de adoptantes no estén preparados para acoger.

Y si bien esto es comprensible, no deja de ser triste. Ser padres de acogida supone dar a un menor tutelado la posibilidad de crecer en un ambiente familiar y amoroso, algo que repercutirá en su vida para siempre.

A diferencia de la adopción, el acogimiento sí requiere una actitud altruista y generosa que afortunadamente muchas familias están dispuestas a ejercer. Pero se necesitan muchas más para que ningún niño tutelado tenga que pasar su infancia en una fría institución.

Objetivo: proteger al menor

El proceso de adopción es largo y engorroso para proteger al menor.

Protegerlo, entre otras cosas, del tráfico de menores y la compraventa de bebés, y evitar que las mujeres pobres se conviertan en una fuente de bebés para adultos ricos. Suena duro, pero esto ha ocurrido en España, y todavía ocurre con total impunidad en algunos países donde la legislación es menos rigurosa.

Todo el engorroso protocolo de exámenes y entrevistas se realiza con el fin de asegurarse de que cada menor recibe la familia más conveniente para él.

El proceso actual de adopción es mejorable, y seguramente agilizarlo y conseguir que los menores estén el mínimo tiempo posible en hogares temporales o centros, o que no tengan que pasar por ellos, sea un hecho que repercuta positivamente en su bienestar.

Cualquier cambio se tiene que hacer con el objetivo de proteger los intereses del menor, no los de los adultos adoptantes, ni siquiera de los padres biológicos.

Aceptar esta realidad no es fácil para los padres adoptivos.

Muchos de ellos, cegados por su deseo de paternidad, no entienden que cuando una madre ama y desea a su hijo, lo mejor que se puede hacer por él es ayudar a su madre a hacerse cargo, y no quitárselo para dárselo a un adulto con un nivel socioeconómico más alto.

La herida primal

Separar a un bebé de su madre tiene profundos efectos para ambos, pero sobre todo para el bebé.

Hoy en día ya nadie cree que el bebé llega a este mundo como una tabula rasa donde podemos empezar a escribir. Esto es especialmente aplicable al bebé adoptado, que carga ya con una pesada mochila en forma de herida primal.

Este término fue introducido en el contexto de la adopción por la psicóloga Nancy Verrier, y se refiere al daño causado en el bebé cuando es separado de su madre. En ocasiones, esta herida se ve agravada por una gestación en la que la madre ha sufrido grandes cantidades de estrés o incluso ha llegado a exponerse a situaciones de riesgo para su bebé (como el consumo de alcohol o drogas, por ejemplo).

Los primeros dos años de vida son fundamentales en su desarrollo.

A partir de la separación de su madre, y a medida que el niño crece sin una figura de apego que lo cuide y ame, la herida primal va haciéndose cada vez más profunda y sus secuelas aumentan. La literatura científica no es demasiado optimista a la hora de describir los efectos del abandono, el maltrato y la institucionalización en los primeros años de vida, considerándolos en ocasiones como efectos permanentes.

A pesar de ello, la experiencia de cientos de familias nos demuestra que no todo está perdido, y que una crianza consciente y amorosa, ejercida por unos padres preparados intelectual y emocionalmente para enfrentar el reto que supone la mochila que carga su nuevo hijo, puede cicatrizar la herida primal más profunda.