Recupera tu capacidad de amar

Ecología natal: ¿sabes querer sinceramente a los demás?

Si de niños no recibimos el cariño, la atención o los cuidados que necesitábamos, puede que como adultos nos cueste ofrecer amor desinteresado.

Laura Gutman

saber amar

23 de octubre de 2018, 17:09 | Actualizado a

Todos anhelamos vivir en el mayor confort posible. Eso significa asentarse en sensaciones muy diversas para cada uno de nosotros: para algunos el confort es sinónimo de seguridad económica, para otros es vivir en pareja, o tener una familia cariñosa o estar rodeado de amigos, no tener obstáculos en la rutina cotidiana, adquirir una casa bonita o viajar en libertad.

No importa cuál sea el ámbito en el que establezcamos el bienestar, todos queremos alcanzarlo.

Ahora bien, es probable que no estemos en este mundo solo para sentirnos cómodos. También es imprescindible trazar una línea invisible entre nosotros y nuestro prójimo para amar, acompañar, acompasar y facilitar la vida de aquellos que nos rodean. Es decir, para colaborar a favor del confort del otro, no solo del propio.

Sentirnos amados

¿Por qué no nos resulta evidente dar prioridad a la comodidad del otro hasta el punto de que con frecuencia –y sin darnos cuenta– estamos más atentos
a procurarnos el bienestar personal?

Observemos el diseño original de nuestra especie: las criaturas humanas nacemos inmaduras, sin terminar. Esto significa que durante un periodo relativamente largo (toda la niñez) precisamos que alguien satisfaga nuestras milimétricas necesidades para poder sobrevivir, ya que nosotros no tenemos los recursos para procurárnoslas.

En ese instante comienza el sutil abismo entre nuestras necesidades y aquello que recibimos –o no recibimos– por parte de la persona que nos materna.

El drama es mayúsculo, ya que nuestra civilización sostiene una ignorancia fenomenal respecto a la naturaleza de cada niño, obligando a cada criatura a adaptarse a las necesidades de los adultos, en lugar de que los adultos nos adaptemos a los requisitos de los pequeños.

¿Por qué es el inicio de un continuum trágico?

Porque la infancia es el periodo en el que los niños esperamos ser compensados, atendidos, protegidos, amparados, queridos, nutridos, comprendidos y acompañados.

Todas esas vivencias juntas se traducen en una sola: en la experiencia de sentirnos amados.

La capacidad de amar

Supongamos que nos hemos sentido completamente amados siendo niños. Luego crecemos arribando a la adolescencia, que es el periodo en el cual ensayamos formas de amar, justamente teniendo en nuestro haber la comprobación de vivir en el amor. Y más tarde, ingresamos en la joven adultez.

La adultez es el periodo previsto por nuestro diseño original para amar francamente. Para amar al prójimo. Para amar a quienes nos rodean. Amar sobre todas las cosas. Amar al otro procurándole el confort sin preocuparnos por el propio.

Ahora bien, dicho así parece muy bonito, pero no entendemos por qué no emerge de nuestro interior –espontáneamente– este flujo de amor hacia el otro. Al contrario, estamos ocupados intentando sentirnos bien alguna vez.

¿Por qué ocurre esto? Porque durante nuestra infancia real no nos aconteció lo que estaba previsto por el diseño original de nuestra especie.

Vínculo familiar

Nosotros, siendo niños, estuvimos atentos al bienestar de mamá, de papá o de la abuela. No queríamos que se peleasen.

No queríamos ser castigados, no nos gustaba ir a la escuela, le teníamos miedo al abuelo que convivía con nosotros, las noches eran largas y oscuras, no podíamos expresar nuestros sentimientos, éramos humillados o maltratados, nos sentíamos solos o poco valiosos.

No comprendíamos lo que sucedía en nuestra familia, el sacrificio era el valor supremo y teníamos que responder con absoluto respeto a cualquier adulto que estuviese a nuestro lado, aunque nos hiciera daño.

Una necesidad fuera de su tiempo

La cuestión es que indefectiblemente hemos crecido –aunque las circunstancias emocionales hayan sido adversas–, hemos atravesado la adolescencia y arribado a la adultez. Sin embargo, llegamos a la edad madura esperando aún ser compensados, amados, tenidos en cuenta, registrados, respetados, atendidos y cobijados.

Este tremendo lío es un desarreglo de los tiempos.

Había un tiempo para recibir amor, y luego habría un tiempo para dar amor. Ahora bien, como no lo hemos recibido en la medida en que lo necesitábamos y nuestro tiempo ha acabado, nos encontramos en la actualidad pretendiendo recibir el caudal de amor y atención que hubiéramos merecido obtener en el pasado.

Así estamos hoy: atentos a nuestras propias necesidades infantiles –insisto, no satisfechas en el pasado– y sin recursos para ofrecer a nuestro prójimo el
abundante capital de cariño y benevolencia que poseemos para regalar.

Hambrientos de cariño

¿Qué podemos hacer hoy, si estamos hambrientos de cariño? Mucho. Sobre todo si hay niños en nuestro entorno: ya sean nuestros propios hijos, sobrinos, nietos, alumnos o hijos de amigos.

Podemos recuperar nuestra capacidad de amar si restablecemos la costumbre de respetar, apoyar, acompasar y comprender a cualquier niño que esté en nuestro ámbito de circulación cotidiana.

Esta es una invitación para observar, ordenar y asumir la realidad afectiva de la que provenimos, para luego poder tomar decisiones que nos acerquen al diseño original con el que hemos llegado al mundo, contribuyendo a tomar las riendas para regresar a una civilización más amable, amorosa, altruista y ecológica.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

Elijo empezar por la gallina, que solemos ser las madres. ¿Por qué? Porque el huevo es el niño recién nacido, que depende de nuestros recursos como madres y de la capacidad que despleguemos para entrar en fusión emocional de manera intuitiva con el niño tal cual nace. Y para, sobre todo, hacerle caso.

Porque –si nos llevamos las manos al corazón– reconoceremos que todas las madres sentimos al niño, ya que el fenómeno de fusión emocional también
es parte del diseño original de las hembras que hemos dado a luz.

Creernos lo que sentimos

De hecho, las mujeres creemos enloquecer durante el puerperio como consecuencia de la intensidad emocional que compartimos con nuestras criaturas.

Por lo tanto, es real que sentimos al niño. El problema es que no damos crédito a eso que sentimos. Y para colmo, desmerecemos eso que el niño –bajo diferentes formas– nos manifiesta.

Todos nacemos iguales

Este es el motivo por el cual insisto en que es imprescindible que las mujeres que hemos sido madres seamos las responsables del devenir de la humanidad e invitemos a los demás adultos a acompañarnos.

De hecho, la referencia más confiable con la que contamos es el niño tal cual llega al mundo. Todos los niños nacemos iguales. Hoy, hace 10.000 años
y dentro de 234.658 años. En Singapur, en Berlín, en Argel, en Nueva Delhi, en Río de Janeiro, en Moscú, en Madrid o en Yaundé.

No importa el tiempo ni la geografía, porque cientos de miles de niños seguirán naciendo como está previsto por nuestra especie.

La ecología natal

Si solo nos dedicarámos a cuidar la ecología con la que cada niño llega al mundo, así como algunos de nosotros procuramos cuidar la ecología del planeta, la vida sería muchísimo más sencilla, armoniosa, grata y próspera.

Solo tenemos que observar, responder, avalar y garantizar a cada niño que haremos por él lo que él está reclamando.

Solo eso sería suficiente para instalar entre todos una civilización milimétricamente adaptada a las necesidades de los niños pequeños, y en la que cada decisión comunitaria fuese tomada en cuenta según el bienestar de los niños pequeños.

Estoy segura de que si confiáramos en la naturaleza instintiva de cada niño, recuperaríamos el sentido común, la alegría y la prosperidad. Y, sobre todo,
recuperaríamos algo que hemos perdido hace muchas generaciones: la capacidad de amar al prójimo.