Rompe el ciclo de la violencia

De víctimas a verdugos

La normalización de la violencia hacia los niños (como el famoso "cachete educativo") es una condena para ellos y para todos, porque así perdurará generación tras generación.

Laura Perales

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29 de noviembre de 2018, 17:49 | Actualizado a

Nuestra vecina pide socorro mientras su marido le da una paliza, pero nos hacemos los sordos porque no nos ve; las mujeres sabemos que si alguna vez nos intentan violar, más nos vale gritar "fuego" para que alguien acuda a ayudarnos; si dos adultos se están pegando en la calle, nos alejamos y en el mejor de los casos avisamos a la policía; podemos cenar sin atragantarnos mientras en la tele aparecen imágenes de inmigrantes que mueren ahogados en el mar; asistimos a "espectáculos" en los que se tortura a animales hasta matarlos.

Y todavía peor, si un adulto pega a un niño es probable que nadie reaccione de ninguna manera.

Lo peor que puede ocurrir con la violencia es que no nos indigne, que miremos para otro lado.

¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta está en nuestras infancias. Las personas maltratan a sus hijos porque a ellos también les gritaron, les pegaron y les humillaron. No podemos concebir que algo que nos hacían nuestros padres estuviera mal: nos hicieron creer que era beneficioso para nosotros e incluso que nos merecíamos aquel maltrato.

Aquellos niños de entonces, en su día víctimas, son ahora los adultos que mantienen la normalización de aquellas prácticas violentas y no perciben que lo que han vivido les ha marcado y herido profundamente, tanto que han interiorizado que merecían las agresiones recibidas.

¿Cómo vamos a entender que las personas que deben protegernos sean nuestros agresores?

Para más inri, hay otros adultos espectadores que ante estas situaciones no intervienen. Hemos aprendido desde muy pequeños que no debemos cuestionar la autoridad, y menos la de un padre.

Autoridad a la fuerza: así aprendemos a someternos

Este sometimiento fue contrastado en el experimento de Milgram. Se trataba de probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedía un experto para un experimento científico sobre la memoria.

El investigador de "bata blanca" (figura de autoridad) indicaba al participante que aplicara a la persona que hacía los ejercicios de memoria lo que él creía que eran descargas eléctricas dolorosas cada vez que esta se equivocara.

En realidad, las descargas eran simuladas y la "víctima"era un actor, pero los responsables de castigar los errores con la violencia no lo sabían. La intensidad de las descargas aumentaba con cada equivocación y los gemidos y gritos de dolor eran espeluznantes. La "víctima" podía entrar en coma y morir.

Aun así, el 65% de los sujetos administró voltajes de hasta 450V a los "alumnos", un nivel potencialmente mortal. La responsabilidad de la acción se delega en la autoridad, a la que se profesa una obediencia ciega, y la persona se siente responsable hacia la autoridad pertinente, pero no de los actos cometidos, sino del cumplimiento de las órdenes.

Muchos hemos crecido inmersos en un modelo basado en las relaciones de poder mediante la fuerza. Hemos aprendido a someternos a la autoridad sin cuestionarla, sin responder. Nos han enseñado que el fuerte debe imponerse al débil.

Interiorizando la violencia desde la cuna

Nos llevamos las manos a la cabeza ante el acoso escolar, pero, ¿qué les hemos enseñado a los niños desde que eran bebés? Castigos, cachetes, gritos y humillaciones. Les hemos tratado como si fueran invisibles, pisoteando sus derechos y sus necesidades. Muchos han nacido de partos violentos y se les ha dejado llorar solos en la cuna. Sus madres no han podido dedicar tiempo suficiente al contacto.

Sus necesidades primarias no son compatibles con nuestro estilo de vida. No ha habido suficientes ocasiones para que sean cachorros humanos que jueguen y estén en contacto con la naturaleza. En lugar de eso, nos vemos abocados a sentarlos encerrados en escuelas forzando un aprendizaje teórico y desnaturalizado, cuando debería ser vivencial, placentero y significativo, o a aparcarlos frente a la televisión durante el poco tiempo libre de que disponen.

¿Es inteligente pasar de largo?

"No te metas donde no te llaman". Seguro que todos hemos oído esta frase en boca de nuestros padres cuando éramos niños, o nosotros mismos la hemos dicho ya como padres.

Parece que lo inteligente es educar para evitar el conflicto. Enseñar a quedar bien con los adultos por encima de todo, a no reaccionar ante las injusticias.

La consecuencia es una educación que enseña a no tener en cuenta las necesidades de los demás, una educación egoísta y poco empática que normaliza la violencia. Y como adultos, todavía lo seguimos haciendo. Y, tristemente, aún más si se trata de presenciar un acto de violencia hacia un niño.

Si nos topamos con una situación en plena calle en la que una madre ha abofeteado a su hijo, es posible que pasemos de largo e ignoremos la agresión pensando que no es cosa nuestra porque no somos sus padres.

Si en lugar de mirar a otro lado y acelerar el paso, nos paráramos a observar la escena con atención, veríamos probablemente cómo lo primero que haría ese niño al ser agredido por su madre, a no ser que ya esté muy mal, sería levantar la mirada y buscar las reacciones del resto de los adultos de su alrededor. Y lo que suele encontrarse son miradas huidizas e ignorancia: normalización.

Así, el niño interioriza que verdaderamente se merece lo que le suceda y que este es el modo correcto de funcionar.

¿Cómo intervenir para prevenir la violencia?

Pero, ¿qué ocurriría si el niño un día se encuentra con una mirada amiga? ¿Qué ocurriría si el adulto se acercase y sin increpar a la madre le susurra una frase como "nadie se merece que le peguen?".

Lo que pasa entonces es algo extraordinario: ese niño se aferrará a esa idea. Alguien ha condenado la violencia contra su persona y le ha hecho sentir menos solo. Algo se remueve en él y despierta su sentido crítico y defensivo.

La pregunta es, si no dudarías en intervenir en el caso de que la persona agredida fuera tu hermano, ¿por qué te planteas que en el caso de un menor es mejor no "meterte"?

En cuanto se interviene, se previene contra futuras agresiones en su vida adulta y se protege a ese pequeño del daño emocional, que siempre suele ser el que deja heridas más profundas. Un gesto de condena deja de normalizar la violencia y planta la semilla del cambio a un mundo mejor porque ese niño crecerá y formará parte de la sociedad del futuro.

Buscar culpables, un error frecuente

Paradójicamente, los adultos tendemos a intervenir cuando no es necesario. En los conflictos entre niños debemos actuar solo en casos de violencia y acoso entre ellos, pero no buscando culpables, sino para evitar que se hagan daño. El objetivo no debe ser castigar al infractor, sino ayudar y proteger a todos los implicados.

Busquemos soluciones en lugar de culpables.

Cuando tendemos una mano también al agresor, el mensaje que damos a los niños es que ambos son víctimas de un sistema que podemos cambiar favoreciendo una crianza respetuosa basada en el amor.

Violencia cero: claves para desactivarla

Vivir desde el placer, buscar la felicidad. Todos diríamos que sí a esta premisa. Sin embargo, ¿somos capaces de hacerlo?

Nuestra capacidad para hacerlo, así como la de empatizar con nuestros semejantes, puede estar cortada por lo que hemos vivido en nuestra infancia. El neuropsicólogo James W. Prescott señala la correlación inversa entre placer y violencia: "La presencia de uno inhibe la otra".

Donde hay placer no puede haber violencia. Sencillamente son incompatibles en nuestro cerebro.

Partiendo de esta premisa, ¿cómo nos centramos entonces en vivir desde el placer y buscarla felicidad?

El cuidado de las madres es el primer paso.

Porque para poder cuidar uno necesita ser cuidado también.

Los altos niveles de estrés durante el embarazo y la crianza pueden afectar a madre e hijo y generar una angustia que active un estado de hiperalerta en ambos.

La madre necesita ser comprendida y apoyada por su pareja y su familia en el embarazo, parto y crianza. No se trata solo de cuidar de su alimentación
y ayudarle en cuestiones domésticas, sino de comprender sus necesidades emocionales y darles respuesta.

Vivir la gestación de forma natural

Cuidados en el embarazo

Vivir la gestación de forma natural

El bebé necesita una vivencia uterina segura.

El útero es el primer ecosistema de un bebé; por eso, una experiencia segura y placentera previa, favorecerá la búsqueda de esas mismas sensaciones en otros ecosistemas cuando nazca: el cuerpo de su madre, el resto de la familia, la escuela, los grupos de niños...

Las vivencias prenatales tienen una influencia fundamental en el comportamiento. Un bebé intrauterino que recibe alimento de calidad y cuya madre puede disfrutar del embarazo, tiene muchas probabilidades de desarrollar más las áreas del cerebro que regulan el placer.

El balanceo materno, por ejemplo, que comienza en el útero, tiene una acción fundamental en el correcto desarrollo del cerebelo. Esta región controla la producción de dos neurotransmisores (noradrenalina y dopamina), ambos directamente relacionados con la agresividad, la adicción y la hiperactividad.

Un parto sin violencia obstétrica.

El nacimiento es otro momento crítico. Es clave poder tener un parto sin violencia obstétrica, respetuoso con la naturaleza de la madre y del niño y con su desarrollo biológico natural. Si el embarazo ha sido normal, lo único que debe hacer el personal sanitario es acompañar a la madre, fomentando un parto lo más espontáneo posible, rescatando su aspecto profundamente humano y natural.

No debe reducirse a una simple intervención quirúrgica, sino recordar que se trata de un momento de familia, íntimo y de gran trascendencia emocional.

El contacto del bebé con la piel de su madre.

En las primeras horas de vida, necesita encontrar el placer en el contacto con la piel y la mirada de su madre. En esos primeros momentos se produce una asociación o disociación neuronal que quedará registrada en los circuitos en los que se gestionan el bienestar y el dolor.

Las bases fundamentales para la capacidad de disfrute se adquieren a través del contacto físico y emocional con la madre, la primera fuente de amor.

"Cuando no se toca y no se rodea de afecto a los niños, los sistemas cerebrales del placer no se desarrollan. La consecuencia de ello son unos individuos y una cultura basados en el egocentrismo, la violencia y el autoritarismo", asegura Prescott.

Vivir una infancia llena de respeto y amor.

Y que la violencia no tenga cabida en ninguna de sus facetas. Además, deben ser educados en la condena a la violencia, especialmente mediante el ejemplo adulto. También es esencial que les enseñemos a cuestionar la autoridad y a desarrollar un criterio propio.

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