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¿Cómo dar el paso del amor apasionado al estable?

Descubre cómo transformar un amor encendido, que no dura más que algunos meses, en una relación equilibrada y sin sobresaltos sin perder la chispa.

Javier Sádaba

amor apasionado estable

17 de julio de 2018, 15:26 | Actualizado a

El amor nace como una hidra de muchas cabezas. Desde el amor de madre, con la marca de lo incondicional, hasta el amor universal, en donde se daría una fraternidad sin límites. Y por medio, el amor de la amistad, esencial para una vida agradable, o el místico, sublime en santos y menos santos.

Cuando hable del amor, sin embargo, nuestros ojos se posarán en el amor que ciega, que embriaga, que se quiere exclusivo, que nos envuelve día y noche. A ese amor, que aparece como un ladrón y desaparece como un suspiro, se le ha cantado, poetizado, novelado o atravesado por medio de todas las artes que poseemos.

Que se goza es un hecho indudable. Que lo podemos padecer, también. Porque la otra cara, siniestra, del amor sublime consiste en el amor trágico, doloroso, que permanece como herida sin cura.

Por muchas vueltas que demos alrededor de la palabra amor, esta se nos escurre entre las manos. Nos queda, eso sí, vivirlo. Y en lo posible, contagiarlo.

Se ha tratado de definir el amor de mil maneras. El resultado se salda con un conjunto de ocurrencias que recorren la literatura amorosa.

Algunas son sumamente ingeniosas y parecen ser tan certeras como una flecha en la diana. Otras conmueven y ponen en marcha nuestras emociones. Y las más, señalan las muchas aristas de esa pasión amorosa que es capaz de hacer que nos tambaleemos.

Definir y medir el amor

Una definición en sentido estricto del amor es, sin embargo, imposible. Sucede como con el dolor o la felicidad. En los tres casos existe un núcleo irreductiblemente personal en donde no penetraría ni el mismo ojo divino.

Solo que, como observa con acierto la escritora Chantal Maillard, sería infantil medir el mal del dolor. Porque este es de Aitor o de Irene y ahí se sitúa un punto privado inexpugnable y radicalmente personal.

Se utilizan diversas escalas para el dolor o sufrimiento. Con la felicidad sucede lo mismo.

Entre nosotros, Albert Figueras ha dado cuenta de los muchos test que se han arbitrado con la finalidad de cuantificar los dolores. Quienes se dedican a esa tarea suelen ser lo suficientemente honrados como para reconocer que se trata de una mera aproximación.

Y es que la felicidad, por muchos que pudieran ser sus signos externos, pertenece a Aitor o a Irene. Es tan suya que nadie la comparte. O lo que es lo mismo, solo nos es posible constatar que alguien es feliz mientras que otros se hundan en la desgracia. Pero de ahí no pasamos.

Algo parecido ocurre con el amor. Por muchas vueltas que demos alrededor de esa palabra, se nos escurre entre las manos. Lo podemos cercar pero nunca lo conquistaremos. Nos queda, eso sí, vivirlo. Y, en lo posible, contagiarlo.

¿Puede la convivencia matar al amor?

Con dicha vivencia amorosa se entra, muchas veces, por la puerta que lleva al matrimonio. O, para ser más exactos, a vivir en pareja. No entraré en las diversas formas que puede tomar la pareja. Me limitaré a la más habitual o mayoritaria entre un hombre y una mujer.

Una convivencia continua produce, inevitablemente, la ritualización de la rutina, un estado de ánimo que cansa y aburre.

Tampoco valoraré si es más apropiada la pactada, la abierta o la tradicional. Lo que realmente me interesa es si –y cómo– es posible continuar una línea que va desde un amor apasionado a un amor estable. En otros términos,
de un amor encendido que, como está probado no dura más que algunos meses, a un amor equilibrado, pausado, sin sobresaltos.

Los obstáculos son tantos que han dado lugar a frases convertidas en tópicos como “La pareja es la tumba del amor”. O a comentarios que rozan la grosería, como “Antes me gustaban todas, ahora todas menos una”. Por no hablar de chistes que no solo rozan la grosería sino que son realmente zafios. Y es que como se sentenció desde antiguo, nadie podría dar todo lo que se necesita dentro del estrecho marco de la pareja. La pareja sería pariente próximo de la cuadratura del círculo.

Los problemas propios de la convivencia en pareja

Pero repasemos con mayor detalle algunos de esos obstáculos:

  • La convivencia entre los humanos es enormemente complicada. Nada digamos si se reduce a dos. El otro, o la otra, atosigan, ponen innumerables límites. Y una convivencia continua produce, inevitablemente, la ritualización de la rutina, un estado de ánimo que cansa y aburre. No en vano se afirma que la costumbre amortigua la sensibilidad.
  • El carácter de cada uno está compuesto de manías y las manías de uno chocan con las del otro, irritan, hacen que pequeños defectos se engrandezcan creando problemas que, a menudo, se consideran insuperables.
  • Lo mismo podríamos afirmar de lo que llamaremos cuestiones técnicas; es decir, en una vida en común surgen situaciones de todo tipo que exigen estrategias y decisiones. Y ahí, una vez más, Juan y Juana en vez de encontrarse pueden, por el contrario, distanciarse.
  • Si a lo anterior añadimos las tantas veces fatales sombras de las respectivas familias, el cóctel está servido, al menos es uno de los ingredientes más conflictivos. Y es que Juan no se casa con Juana solamente y viceversa. Se casan con un lote entero que abarca la familia de cada uno de ellos.
  • Si añadimos la inevitable contraposición de dos personas que desean no perder su autonomía sin que una parte absorba a la otra, la pareja tiende a parecerse más a un combate que a una colaboración.

Hasta aquí un recuento y el recuerdo de algunos de los problemas que van en aumento cuando se ha dado el tránsito del “tiempo de soñar” al “tiempo de roncar”. No se trata de una visión fatalista sino de la constatación de un hecho.

¿Cómo superar los obstáculos para tener una relación plena?

Obsérvese, sin embargo, que nos referimos a individuos que se mantienen vivos, que no han dimitido de su libertad. Y mucho menos de su pensar. Individuos, por tanto, que ni se han entontecido ni se los ha tragado una tradición inerte.

Estando así las cosas, nos podemos preguntar si es posible salir airoso de este atolladero, si es posible ligar, con habilidad, los dos amores. Se trataría de comenzar un modo de vida que, sin caer en un romanticismo ingenuo, conserve la esencia de aquel amor que, en su estado puro, pasó a mejor vida.

Perdonar, estar atento a los deseos del otro, pero dejando cierta distancia para que el misterio no desaparezca del todo; mantener viva la relación sexual y cultivar el amor inicial son algunas de las claves.

Lo que a continuación sigue no son consejos, puesto que nadie me los ha pedido. Se trata, más bien, de reflexiones que, en primer lugar, me las aplico a mí mismo y que si sirven para otros, mejor aún.

5 claves para transformar el amor

Comenzaré con la obviedad de que es necesario ejercer y ampliar la capacidad de comprender, de tolerar, de evitar tensiones inútiles, de no hacer de una nimiedad un mundo. Y unido a todo ello tendríamos que saber perdonar. El perdón es fundamental.

Somos vulnerables y nuestra libertad está llena de agujeros. Por eso, si se da algún tipo de desvío en la relación o lo que, con más retórica que precisión, se llama infidelidad, no estará de más reconocer que de barro somos. O que los deseos en ocasiones mandan despóticamente y que nunca es tarde para volver a empezar.

Como sentenció el clásico, quien perdona vence dos veces.

En un terreno más positivo, y siempre que estemos convencidos de que es el hombre o la mujer de nuestra vida, convendría no ahorrar ningún detalle y guardar cierta distancia.

No ahorrar detalles significa, además de vivir con intensidad los momentos gratos, permanecer atentos a los gustos del otro. Y guardar cierta distancia quiere decir no estar encima ni todo el día ni toda la noche. El misterio siempre viene bien. Por eso, darse vacaciones, ser extremadamente delicados en lo que se refiere a la intimidad, es una buena decisión. Más aún, dormir en camas o en habitaciones separadas, además de una saludable terapia, es una inmejorable vitamina para vivir con mayor placer los reencuentros.

Cercano a lo anterior se sitúa el poder de la imaginación con su capacidad evocadora. Convendría recordar, como en una moviola, los inicios de la relación, aquellos encuentros llenos de color, saborearlos haciendo que “la belleza permanezca en el recuerdo”.

Un aspecto central de la pareja es, sin duda, la sexualidad. No es cuestión de ofrecer un manual o teatralizar hasta el ridículo para lograr la novedad. Pero sí es cuestión de no desatender el sexo. Cada uno sabrá cómo materializarlo, solo que el contacto con la piel del otro y el gozo correspondiente constituyen la guía de una satisfactoria relación sexual. Y, como en todo, más vale calidad que cantidad.

La filosofía del amor

Lo decisivo es cultivar en lo posible el amor inicial. Como escribió un novelista francés: “El amor es una flor que habita junto al abismo”. Para no caer en él, nada como remozar y renovar. Si nos importa esa pareja, el esfuerzo tendrá su placentera recompensa, por muy apacible y tranquila que esta sea, comparada con la tempestad del amor de novios, apasionado y avasallador.

Dos notas para acabar. La primera es que hablamos de la pareja de nuestros días. Insistía el filósofo inglés John Stuart Mill en que no conviene absolutizar una parte de la historia. De la misma forma que lo que vivimos hoy es muy distinto de lo de ayer, puede que sea muy distinto de lo que se viva mañana.

En segundo lugar, que siempre se dará una “insociable sociabilidad”, dicho en términos kantianos. Porque los encuentros y desencuentros son nuestra condición. Mucho más cuando se trata de unos humanos en los que uno es hombre y la otra mujer.

Pidamos lo que está en nuestras manos. No es el cielo pero puede ser un trozo de cielo en esta imperfecta Tierra.

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