Salir del bucle

El círculo vicioso de los ansiolíticos

El uso de ansiolíticos, tan extendido desde hace unos años, es realmente peligroso para la salud y suele realimentar y empeorar los síntomas.

Jesús García Blanca

Ansiedad, círculo vicioso

13 de abril de 2018, 12:55 | Actualizado a

Un aspecto importante del poder de la medicina en las sociedades modernas es la psiquiatrización de la mente y las emociones.

Del mismo modo que la medicina somática ha clasificado los síntomas y los trastornos físicos, la medicina psiquiátrica ha “catalogado” los trastornos psíquicos y emocionales, aunque en este caso el peligro es aún mayor por el margen de subjetividad tan grande que hay en juego.

Esta situación provoca una situación tan escandalosa que un simple vistazo al famoso DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), el manual oficial de trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, bastaría para considerarnos enfermos a todos nosotros.

Somos prisioneros de los intereses farmacéuticos

Un papel fundamental en este proceso de control médico lo juegan las multinacionales farmacéuticas. Su poder e influencia es tan grande que no solo tienen fármacos para cada enfermedad física o mental, sino que, cuando es preciso, promueven la descripción de un nuevo trastorno.

Somos piezas de un engranaje perverso

El problema de fondo es que, en una sociedad tan destructiva como la nuestra, los tratamientos farmacológicos tienen el futuro asegurado. Vivimos en una sociedad deshumanizada y desespiritualizada que se ha rendido ante las máquinas y se ha convertido ella misma en un gran mecanismo, transformando a los seres humanos en piezas intercambiables de su engranaje.

Esas piezas son utilizadas el máximo tiempo posible, engrasándolas con fármacos de todo tipo y sustituyéndolas por otras cuando dejan de ser útiles.

Si observamos los síntomas usuales que la psiquiatría oficial atribuye a los trastornos de ansiedad, veremos que son una descripción del ciudadano medio; es decir, de una pieza de la gran “máquina social”: fatiga, sensación de inquietud, imposibilidad de relajarse, preocupación, disminución del apetito, sensación de inseguridad, irritabilidad, sentimiento de inferioridad, indecisión, apatía, pérdida de la capacidad de pensar con lucidez…

Somos una sociedad enferma

Dicho de otro modo, la ansiedad es, en realidad, el síntoma de una sociedad enferma, lo que supone un aviso de que debemos cambiarla. Pero estamos atrapados en un círculo vicioso que hace que todo siga igual. Una educación represiva que crea inseguridad, miedo al castigo, a ser criticado, juzgado, observado, a quedar en ridículo, a no comportarse adecuadamente…

Todo ello impulsa el desarrollo de conductas de “seguridad” compulsivas, mecánicas, autorrepresivas.

Además, seguimos dietas poco saludables, nos atenazan tensiones y problemas económicos y laborales, vivimos en ambientes insanos, tenemos unas relaciones interpersonales faltas de sinceridad y espontaneidad... Muchas personas acuden a las consultas médicas con este cuadro sintomático y son diagnosticadas y tratadas mediante terapia conductual y psicofármacos.

Ansiolíticos en bucle

Los ansiolíticos, en particular las benzodiacepinas, tienen efectos perjudiciales en la salud física, mental y emocional, lo que obliga a reducir las dosis o suspender el tratamiento. Pero de este modo se desata un potente síndrome de abstinencia que reinicia la cadena: más ansiedad, delirios y trastornos psicosomáticos.

Si esta situación se repite con dosis más altas o un uso prolongado de los fármacos, los efectos empeoran, llegando a provocar episodios de violencia, intentos de suicidio, confusión, paranoia, ideas homicidas o sensación de irrealidad.

Es importante tratar adecuadamente a estas personas profundizando en las causas de su problema en lugar de ocultar sus síntomas. Pero más importante aún es curar la sociedad enferma que los produce.

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