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Sin manías: 3 caminos para superar tus obsesiones

Las manías, pequeñas obsesiones o los hábitos compulsivos nos restan libertad y nos esconden el auténtico origen del problema bajo un ritual compulsivo.

Vanessa Gil

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3 de julio de 2018, 15:43 | Actualizado a

La obsesión por la limpieza intenta evitar ese grado de suciedad inevitable; la del orden, a no perder nada o a no sentirse perdido... Las manías, esos comportamientos que nos hacen parecer extraños a los ojos de los demás, aparecen cuando intentamos desprendernos huyendo de la ansiedad, de las incomodidades o de los problemas.

La solución siempre pasa por admitir estas sensaciones y comprender que la vida también incluye un poco de malestar.

Manías y obsesiones: ¿en qué consisten?

Llamamos manías a aquellos actos y pensamientos obsesivos que, aunque pequeños, menoscaban nuestra calidad de vida y la de las personas que nos rodean.

Evidentemente, no me refiero aquí a las manías patológicas que sufren las personas con ciertos trastornos sino a aquellas otras, mucho menos obvias, que pasan incluso por "normales" de tan habituales que resultan.

Aunque se cree que las personas más proclives a las manías son las personas mayores y las que viven solas, lo cierto es que están arraigadas en una gran variedad de personas. Cualquiera de nosotros puede "cazarse" en pleno "ritual maniático" cuando menos se lo espera: exigiendo un orden excesivo, una limpieza e higiene exageradas o tomando medidas de seguridad desproporcionadas y poco ajustadas al peligro real.

Si hay un rasgo que se repite en todas las manías, sin excepción, es el de la rigidez: una obstinación y dureza que nos lleva a convertirnos en verdaderas marionetas al servicio de nuestros inflexibles hábitos y de las creencias que los sustentan, bien sean conscientes o inconscientes.

1. Son muy resistentes a los cambios

Cuanto más tiempo practicamos una determinada manía, mayor es la resistencia a abandonarla, pues las personas preferimos adaptar la realidad a nuestros esquemas mentales antes que adaptar nuestros esquemas y costumbres a la realidad.

Parece infantil y egocentrista, pero solemos hacerlo porque es más cómodo controlar nuestro pequeño mundo exterior que replantearnos nuestra forma de pensar y de actuar.

2. Se generalizan

De ahí que, normalmente, nuestras manías vengan acompañadas de otras similares. Por ejemplo, no es que nos mortifique el hecho de que todas las perchas de nuestros armarios no estén colocadas en el mismo sentido, sino que también sentimos la necesidad de aplicar esta regla a las toallas, las corbatas y los discos.

Porque el orden, el perfeccionismo, es algo estupendo para muchos. Pero cuando necesitamos actuar más allá de nuestra propia voluntad para calmar no sabemos qué extraña ansiedad, no solo estamos perdiendo una parcela enorme de libertad sino que generamos en los demás una inquietud que surge por el intento de aplacar la nuestra.

3. Se retroalimentan

Así como un nuevo cigarrilo apaga la ansiedad que el anterior generó, cumplir con el ritual de una manía también reduce la inquietud provocada por una determinada situación previa. Una circunstancia de la realidad que, sin duda, va a volver a repetirse y a través de la cual vamos a ahondar en el círculo vicioso.

Y es que abandonar un hábito compulsivo parece que amenaza nuestra estabilidad y nuestro equilibrio, cuando lo que de verdad nos crea la sensación de inseguridad es precisamente nuestro entramado fijo de creencias que limitan y empobrecen nuestra visión de la realidad y nuestras relaciones con el mundo que nos rodea.

¿Porqué nos volvemos maniáticos?

Por la misma razón que mantenemos el resto de hábitos de nuestra vida: porque cumplen alguna función.

Y aunque la lista de posibles razones para cada tipo de manía podría ser interminable, podríamos reducirlas a una fundamental: la necesidad de control de lo externo en un intento fallido de compensar desajustes internos.

Cómo superar nuestras obsesiones

Para superar nuestras manías, podemos apoyarnos en tres pilares básicos: la disciplina o estado de concentración, la distracción o estado de dispersión autocontrolada y el sentido del equilibro o estado de autodominio personal.

1. Someterse a la disciplina

El autocontrol, el esfuerzo y la disciplina son conceptos actualmente muy denostados porque tienden a identificarse con su extremo más radical: la autorrepresión. Pero la disciplina es a la persona lo que el molde al barro: es lo que le da forma.

Y dado que solo somos competentes en aquello que practicamos, la disciplina se convierte en la espina dorsal que vertebra nuestro poder y nuestras capacidades: una herramienta indispensable para ejercitar nuestra voluntad.

Hay un cuento bellísimo de un hombre que se compadece de una mariposa que está tratando de salir de su capullo. El pobre señor, en su ignorancia, le facilita la salida del capullo cuando, para su sorpresa, la mariposa se queda postrada en el suelo, con las alas y las patas encogidas. El hombre, con su mejor intención, quería privarle de su "problema" y de lo que finalmente le privó fue del esfuerzo que le fortalecería para afrontar la vida una vez fuera del capullo.

Así, las resistencias que nos impiden superar las manías y limitaciones no se vencen solo siendo conscientes de ellas sino, sobre todo, activando nuestras fuerzas y comprendiendo que el esfuerzo nos fortalece.

De manera que, para superar nuestras manías, hemos de actuar como si ya las hubiéramos desterrado de nuestra vida. Así que no lo dudemos y forcémonos a la práctica, desoigamos nuestras resistencias y hagamos aflorar el poder de nuestra intención, a empujones si es preciso... Y una vez que obtengamos beneficios, el lado bueno de la disciplina saldrá a la luz; y es que la disciplina también es un hábito.

2. La distracción controlada

Aveces tenemos tanto interés por conocernos a nosotros mismos que vivimos excesívamente pendientes de los despiezamientos milimétricos de nuestro estado de ánimo. Sin embargo, para que nuestra casa sea cómoda, no podemos llenarla de espejos: también necesitamos ventanas.

Distraerse no implica quitar importancia, sin más, a las limitaciones que tanto nos hacen sufrir, pues a todos nos cuesta dar la espalda a aquello que nos hace sentir vulnerables -e importantes-.

De lo que se trata es de ser conscientes de que nuestras pequeñas obsesiones son solo la manera que tiene nuestra mente de dominarnos. No son, por tanto, nada verdaderamente real; únicamente son reales para nuestra mente, porque ella les presta atención, energía y, por tanto, consistencia de realidad.

Nuestra atención es como el foco de un teatro, que da protagonismo a aquello que ilumina. Pero no podemos olvidar que somos nosotros los que estamos detrás del foco. Y, en cualquier caso, de poco sirve, a nivel práctico, tratar de iluminar constantemente el origen y el porqué de nuestros males.

Más vale centramos en el para qué y ver qué función cumplen las manías en nuestra vida: enredamos y dejamos dominar por el exterior, sentimos importantes, desatender asuntos esenciales, llamar la atención de los que nos rodean... A veces, las manías sirven, incluso, para entretenemos, especialmente en el caso de las personas muy observadoras y analíticas.

Cuando nos confesamos a nosotros mismos las razones que alimentan nuestras manías, las desenmascaramos y empezamos a destronarlas, pues, aunque el resultado no es inmediato, una vez que se ve la luz es imposible continuar negando la evidencia. Con la toma de conciencia y comprensión de nuestro proceso, damos el primer paso.

Pero, como decíamos, también hemos de distraemos. Distraerse no es perder el tiempo entreteniéndonos con cualquier cosa. La distracción es un arma enormemente poderosa contra las manías: cuando nos sintamos desbordados por ellas, no nos resistamos, pero tampoco nos demoremos contemplándolas y dirijamos nuestro foco de atención a cualquier actividad que nos absorba mínimamente, de manera que transformemos toda nuestra energía obsesiva en energía creadora.

Dado que combatir frontalmente nuestras manías es inútil -pues cuanto mayor es nuestra lucha, mayor es también nuestra resistencia-, utilicemos muchas dosis de mano izquierda. Convenzámonos de que, al dejar de dedicarles tanta atención, terminarán perdiendo fuerza, como le ocurría al protagonista de Una mente maravillosa: sus fantasmas y sus miedos no desaparecieron mágicamente, pero se adueñó de ellos cuando les arrebató su poder y su credibilidad, su consistencia de realidad.

3. El sentido del equilibrio

Y por último, acudamos a nuestro "sabio interior". Nadie mejor que nosotros para conocernos, para reconocer con amor y humildad qué perseguimos -o qué evitamos- con nuestro comportamiento y para saber que nuestra existencia es demasiado sagrada para despilfarrarla inútilmente con pensamientos circulares y conductas obsesivas.

Aceptemos que en el universo hay espacio para todo y que nada humano nos es ajeno: el desorden, la impuntualidad, la suciedad, la inseguridad, los nervios, la fatiga... todo ello forma parte de la vida y no podemos controlarlo directamente.

Pero siempre podemos adoptar una actitud lógica, realista y equilibrada en la convicción de que, para convivir realmente en libertad tanto con nosotros mismos como con los demás, se hace precisa cierta flexibilidad: recordemos que un paraguas solo es útil porque puede abrirse y cerrarse.

Etiquetas:  Ansiedad

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