Superación

Descubriendo el significado de los miedos y fobias

La batalla del miedo no se gana combatiendo contra él. Se gana escuchándolo para convertirlo en un aliado. Os contamos este proceso paso a paso

Norberto Levy

miedos fobias

6 de febrero de 2017, 17:29 | Actualizado a

Al contrario de lo que se piensa mucha gente, el miedo es útil. No para escucharlo ciegamente, no para utilizarlo como guía. Solo si aprendemos a interpretarlo lo podemos convertir en una herramienta de autoconocimiento y nos marca un camino para crecer.

Marta me consulta por su miedo a hablar en público: “Conozco el tema del cual tengo que hablar, pero la sola idea de imaginarme en un escenario me aterra. Temo tartamudear, no saber qué decir, hacer el ridículo, equivocarme...”. Como Marta, todos sabemos qué es sentir miedo a veces.

El problema surge cuando no hemos aprendido el modo de hacerlo cesar ni de evitar que se cronifique.

Pero, ¿qué es el miedo? Es la sensación de angustia ante la percepción de una amenaza. Aunque, en realidad, no hay nada que sea en sí mismo una amenaza. Una amenaza se convierte en tal cuando no contamos con los recursos necesarios para resolver el problema que se nos presenta.

Por ejemplo, conducir a 300 km por hora puede resultar muy atemorizante para la mayoría de nosotros, pero no lo es para un corredor de Fórmula 1. Esta distinción parece obvia, pero es necesario hacerla explícita para comprender cuál es el sentido del miedo y cómo podemos manejarlo.

El miedo útil y el inútil

Cada vez que nos enfrentamos a una amenaza que supera los recursos que tenemos para resolverla, sentimos miedo.

El miedo es la señal que nos informa de esa peligrosa desproporción. Es como el dolor, una señal que nos envía el cerebro para indicarnos que una zona de nuestro cuerpo está en peligro. Si bien no es grato recibir esos mensajes, es lo que nos permite retirar la mano del fuego antes de quemárnosla por completo.

El miedo cumple la misma función: nos alerta de los peligros para hacer posible nuestra supervivencia. Sin embargo, esta señal tan valiosa puede distorsionarse y convertirse en un padecimiento crónico que nos tortura e inmoviliza.

De modo que podemos hablar de dos tipos de miedo:

  • Un miedo funcional, que nos protege y nos orienta para detectar el problema a resolver,
  • Un miedo disfuncional, que es puro padecimiento estéril.

Tipos de miedo: algunos funcionales, algunos disfuncionales

¿Qué contribuye a sentir el miedo disfuncional? Sobre todo ciertas creencias erróneas muy arraigadas como:

“El problema es el miedo. Si logras no sentirlo, verás que puedes encarar la situación sin dificultad".

"El miedo es una emoción negativa que es pura perturbación y el recurso que te permita no sentirlo será de gran ayuda para tu funcionamiento”.

De esta creencia surgen frases típicas como:

“¡No tengas miedo!”,“¡Tienes que vencer el miedo!”, “¡No seas cobarde!”, “¡El miedo es signo de debilidad!, “¡Los hombres no tienen miedo!”.

Esta actitud ha contribuido a convertir el miedo en una emoción indigna. Cada vez que decimos que alguien no hizo algo por miedo, está presente, como telón de fondo, un tono de desvalorización hacia dicha persona. Esto presupone que todos tenemos los mismos recursos para enfrentar los peligros y que algunos, a pesar de contar con ellos, se niegan a hacerlo. A ellos se les llama cobardes. Esta creencia es falsa porque cada uno tiene recursos distintos

El miedo nada dice de cuántos recursos tengo, sino que simplemente señala la desproporción entre recursos y amenaza

Si tengo muchos recursos, digamos un 100%, y vivo rodeado de peligros, por ejemplo, un 200%, viviré continuamente con miedo. Pero si tengo un 10% de recursos y vivo rodeado de un nivel de amenaza de sólo el 5%, no tendré miedo.

¿Justificado o injustificado?

Otra actitud errónea, vinculada con las anteriores, pero que por su frecuencia e importancia merece ser destacada, es la que se expresa en la afirmación: “¡Este miedo es injustificado!”.

Frases como,“La casa es segura”,“No puede ser que siendo una persona mayor tengas miedo de quedarte unos minutos solo” o “¡Ese miedo es totalmente ilógico...!”, expresan la idea de que la situación que es segura para uno debe serlo para todos.

En este caso, se desconoce con qué tipo de desproporción peligro-recursos está lidiando quien siente miedo. Desde la ignorancia realizamos esas contundentes afirmaciones que hacen daño a quien las escucha, pues le quitan razón de ser a su miedo y le hacen sentir como alguien con una incomprensible anormalidad.

Reacciones ante el miedo

Una vez que registro una amenaza y experimento miedo, surge una segunda emoción que es mi reacción hacia mi miedo. Como consecuencia de las ideas preconcebidas que acabamos de describir, es muy frecuente que sentir miedo no me parezca adecuado y sienta enojo, vergüenza, impotencia, culpa o miedo por el simple hecho de sentirlo.

Esta segunda reacción, que es la respuesta interior al miedo, es de gran importancia porque es el otro factor del que depende que el miedo se atenúe o se agrave. Volviendo al ejemplo de Marta –que siente miedo a hablar en público–, a la sensación inicial de miedo a subir a un escenario, se le suman el temor al ridículo y al fracaso, y la vergüenza.

Nuestro diálogo interno

Volviendo al caso de Marta, después de escuchar su exposición del problema, le dije a Marta: “Si esa Marta, la que siente más el miedo, estuviera enfrente tuyo, ¿qué le dirías?”.Y mirando hacia ese lugar le dijo:

“¿Cómo puede ser que tengas miedo otra vez? Ya tienes 40 años, conoces el tema como nadie… ¡Déjate de tonterías y anímate de una vez! ¡Ponte tu mejor vestido y súbete a ese escenario! ¡Estoy harta de ti! Haz lo que tienes que hacer como un ser adulto pues eso es lo que eres”.

A continuación la invité a que tomara el lugar de la Marta con miedo, que dejara entrar lo que acababa de oír, que observara qué sentía ante todo eso y que elaborara una respuesta. Después de unos instantes, dijo:

“¿No te das cuenta de que así me asustas más? ¿Tú crees que a mí me gusta tener miedo? A mí me encantaría poder dar la conferencia tranquila y disfrutarla, que todos me aplaudan. Pero no me siento en condiciones de hacerlo y ahora estoy muy triste y quiero desaparecer...”.

Tal vez le resulte extraña al lector la idea de que exista un diálogo interior en el que los protagonistas se hablan como dos personas, pero esto ocurre todo el tiempo, aunque no lo percibamos con tanta nitidez como en el ejemplo.

¿Quién no se ha enfadado consigo mismo alguna vez o incluso avergonzado por haber sentido miedo?

Este recurso psicodramático de los diálogos interiores lo introdujo la psicoterapia gestáltica y es una herramienta de extraordinario valor porque le permite, en este caso, a la parte miedosa, vivenciar y expresar lo que siente de un modo directo y sin la intervención de intermediarios.

Habitualmente, conocemos mejor nuestra reacción hacia el miedo que el mismo miedo

En realidad, a nuestra parte miedosa la padecemos mucho pero la conocemos y escuchamos poco.

La importancia de conocer nuestro lado débil

De hecho, Marta reconoció lo que a su parte miedosa le sucedía porque entró ahí, se convirtió por unos instantes en ella y habló desde esa parte misma.

Si no hubiera hecho eso, lo más probable es que se hubiese quedado identificada con la Marta enfadada, evaluando que la parte miedosa sólo decía puras “tonterías” sin sentido y que había que obligarla a dar la conferencia.

El miedo sigue creciendo cuando esto ocurre aunque no tenga manifestaciones ostensibles. Aunque la misma exigencia lo anestesia temporalmente, en realidad sigue aumentando... y un día, activado por alguna situación, tal vez menor, irrumpe con toda la fuerza de lo contenido y se manifiesta en ese estado, tan frecuente actualmente, que llamamos crisis de pánico.

Curar el miedo es transformar el miedo disfuncional en funcional

Para ello, nos ayudará distinguir entre los tres principales momentos asociados con el miedo:

  • el contacto con la amenaza,
  • la respuesta de miedo
  • y la reacción interior hacia el miedo experimentado.

La funcionalidad o no del miedo depende de cómo se lleve a cabo la última fase de esta secuencia, es decir, de la calidad de las respuestas interiores que produzcamos en relación al miedo que sentimos.

Respeto y cariño

La capacidad que tenemos de autotransformación es enorme, pero sin quererlo, podemos agravar lo que deseamos cambiar. Si, por confusión e ignorancia queremos eliminar, destruir o ignorar a nuestra parte miedosa, creyendo que ella es el problema, iniciaremos un círculo vicioso negativo en el que el miedo crece, tal como le ocurría a Marta.

Si podemos escuchar a la parte miedosa con respeto, ella descubre cuál es el problema y cuál el camino hacia su resolución

Veamos cómo se llevó a cabo ese aprendizaje en la sesión de Marta. Cuando la parte miedosa confesó que se sentía más aterrada, y también más triste, le pregunté:

“Dado que lo que oíste te pone así, ¿cómo imaginas que necesitarías ser tratada para poder sentirte genuinamente ayudada?”.

Marta se quedó en silencio unos instantes y luego le dijo a su parte exigente:

“Necesito que no me desprecies por tener miedo. Que me escuches y te pongas en mi lugar. Que me comprendas y me acompañes con cariño”.

Cuando le damos la palabra a la parte miedosa, ésta puede decir lo que le daña, que en el caso de Marta era ser evaluada como una tonta y ser obligada a hacer lo que no podía.

El paso siguiente de este aprendizaje es facilitarle a Marta la posibilidad de encarnar a quien brinda ese trato comprensivo interior. Para eso le propuse: “Te invito a que te desplaces unos centímetros a tu costado y aquí intentes convertirte en quien brinda ese trato. ¿Cómo sería hablarle así a la parte miedosa?”.

La alianza con fobias y temores

Marta se ubicó en ese lugar, respiró profundamente varias veces y, visiblemente conmovida, dijo:

“Quédate tranquila... sé que quieres dar la conferencia, pero si sientes que no puedes hacerlo, no te voy a obligar. Si tienes miedo es porque aún no estás lista, quiero que sepas que, pase lo que pase, yo te acompaño. Entre las dos iremos descubriendo qué es lo mejor para ti... Y quiero que sepas que no estás sola y que yo confío en ti”.

Le propuse que volviera a ocupar el lugar de la parte miedosa y viera cómo se sentía al ser tratada así. Después de situarse en ese lugar, dijo:

“No estoy acostumbrada a que me hablen así... Me hace mucho bien oírte... Se me va la opresión en el pecho y estoy más tranquila. Ojalá esto dure porque me hace sentir mucho más esperanzada”.

Enfrentarse a los miedos es necesario, pero no a base de fuerza de voluntad, ignorando o anestesiando los temores. Todo lo contrario, debemos escucharlos para generar los recursos de protección frente a los peligros de los que nos hablan. Así, convertiremos el miedo disfuncional en funcional, transformándolo en nuestro aliado más preciado. Una emoción que nos permite alcanzar nuestros deseos protegiéndonos de un futuro incierto.


8 pasos para comprenderlo

Si sientes algún miedo que te angustia y paraliza, que no te permite llevar la vida que te gustaría, te sugiero que realices una experiencia similar a la que efectuamos con Marta en consulta:

1. ¿Qué te asusta?

Para empezar, trata de identificar qué es lo que te asusta y a qué le tienes miedo: a la soledad, al rechazo, al abandono, al fracaso, al ridículo...

2. Ponle cara al miedo

Cuando lo descubras, observa cómo es tu aspecto temeroso. Dibuja en un papel o mentalmente una figura humana que lo exprese, para que lo puedas percibir mejor. Por ejemplo, un adolescente temblando en un rincón o un niño escondido entre las sábanas. Trata de que el dibujo transmita, lo más fielmente posible, cómo te sientes interiormente cuando percibes el miedo.

3. Dialoga con él

Imagina que ese aspecto está enfrente tuyo. Entrecierra los ojos pues eso te ayudará a conectar mejor con tu interior y observa qué sientes al verlo, y qué opinas de él. Y díselo como si iniciaras un diálogo. Al hacerlo, estarás hablándole desde la parte tuya que está en desacuerdo con esa parte miedosa, la evalúa negativamente y quiere cambiarla. En ese momento, esa parte exigente y directora puede expresarse de la siguiente forma: “Lo que siento al verte es: ...” y “Lo que me dan ganas de hacerte es: ...”.

4. Ponte en su piel

Imagina que, por un instante, puedes ponerte en la piel del aspecto miedoso. Para ello resulta muy útil cambiarse de lugar y ocupar el espacio en donde lo imaginaste. Eso te facilitará ingresar en esa parte de ti mismo. En este momento, la parte temerosa se expresa así: “Lo que siento al oírte es: ...”.

5. ¿Cómo puedes ayudarte?

Fíjate también en si lo que has escuchado te ayuda a resolver el miedo, lo deja igual o lo pone peor. Si lo deja igual o peor, describe cómo necesitarías ser tratado para sentirte ayudado. En este momento, la parte temerosa se expresa así: “Lo que necesito recibir de ti es: ...”.

6. Comprende al miedo

Una vez sepas cómo puedes asistir de la mejor manera a tu parte temerosa, desplázate unos centímetros a tu costado para percibir mejor este nuevo rol. Trata de convertirte en ese ser que le brinda a la parte miedosa el trato que solicitó. Mantén los ojos cerrados o semicerrados, enfoca a la parte miedosa con tu mirada interior y díselo. En este momento, el asistente interior se expresa así: “Lo que quiero decirte es: ...”.

7. Comprueba lo que sientes

Vuelve a tomar entonces el lugar de la parte miedosa, deja entrar lo que acaba de oír y fíjate en cómo te sientes.

8. Sigue practicando

Recuerda que tanto la reacción inicial hacia la parte miedosa como ésta última quieren transformar al aspecto temeroso. Tal vez la primera no lo logre por desconocimiento acerca de qué se debe hacer. La experiencia clínica demuestra que cuanto más se consulta a la parte miedosa acerca de qué trato interno necesita recibir, más se va aprendiendo de ella y más se va capacitando uno para asistirla.

Cuando se va logrando esa atmósfera interior de interconsulta y cooperación, la parte miedosa, al sentirse respaldada, encuentra las mejores condiciones para tranquilizarse. Y como cualquier organismo vivo, al operar con el “riego” adecuado a sus posibilidades del momento, crece y se desarrolla hasta alcanzar la plenitud a su alcance.

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