Ególatras

Narcisistas: ¿has caído en la trampa?

La persona narcisista sostiene un vínculo privilegiado consigo misma y desvaloriza a los demás. Solo establece relaciones para satisfacer su ego.

Claudia Truzzoli

Narcisismo

12 de abril de 2018, 17:36 | Actualizado a

Pero tras una apariencia de independencia, se esconde la fragilidad de quien no ha logrado superar una etapa fundamental de la maduración personal. Si no consigue salir de su ensimismamiento, el narcisista corre el riesgo,
como el Narciso del mito, de ahogarse en su propia imagen.

Retrato del narcisista, ¿cómo son?

Con frecuencia, encontramos personas que nos hacen sentir un mero instrumento para lograr los fines que persiguen; con ellas tenemos la impresión de que no les importamos por nuestras propias características personales.

Se trata de personas ególatras, que solo piensan en sí mismas y que son especialmente descuidadas en su trato con los demás, con aquellos que las sostienen. Estas personas, no obstante, no son conscientes de que esta indiferencia manifiesta es solo aparente, ya que oculta una gran necesidad de admiración y reconocimiento por parte de quienes –habitualmente o de manera esporádica– son su público.

Pese a su indiferencia, necesitan a los demás para que les sostengan el ego. Tienen, por tanto, un ego frágil, alejado de esa apariencia de autosuficiencia. El vínculo que privilegia el narcisista depende directamente del apoyo que reciba en forma de elogios que aumenten su autoestima, llegando a superar incluso los límites de la autocomplacencia.

Las profesiones favoritas de los narcisistas

Hay profesiones que favorecen especialmente las personalidades narcisistas. ¿Qué serían las actrices y los actores de cine o de teatro sin el público que los aclama y del que dependen para satisfacerse? Algunas personas pueden dedicarse a esa profesión por vocación, naturalmente, y exigirse a sí mismas una maestría excepcional para dar lo mejor de sí a los demás, desarrollar su talento.

Pero hay quienes utilizan la escena como pretexto para satisfacer las características que son propias del narcisismo, tales como la vanidad, el exhibicionismo, la necesidad de ser admiradas y el predominio de la fantasía, que refuerza la creación de una imagen de sí mismas como personas superiores a las demás.

La biografía de artistas de cine, de teatro, de personajes del mundo del arte, nos informa de excentricidades insufribles para las personas que los acompañan, de caprichos desmesurados por parte de personas totalmente convencidas de que su excelencia merecía que los demás las soportaran.

La respuesta emocional gratificante de estos personajes puede llegar hasta la plenitud por los aplausos masivos en un teatro, por el éxito de una de sus obras de arte, de sus películas..., y logran así erradicar, momentáneamente, la sensación de vacío que siempre se presenta de forma intermitente en todo ser humano.

La diferencia entre una persona que hace lo que hace por vocación y una persona narcisista que utiliza su aptitud o su genialidad para ensalzar su ego es el trato que tiene con los demás. El narcisista suele mostrarse bastante indiferente en los vínculos que establece cuando aparecen las diferencias que muestran que el otro también existe más allá de la función de sostenerles su autoestima.

En el caso de los actores o actrices, por ejemplo, la relación con el público anónimo es ideal porque solo es una masa indiferenciada que les devuelve el anhelado aplauso que certifica su excelencia, y la respuesta de agradecimiento de los actores puede ser cálida mientras están en el escenario.

Pero si alguna persona que forma parte de ese público abordara personalmente al actor o actriz narcisista, probablemente no recibirían la misma respuesta. Es más fácil quedar expuesto en un vínculo personal, cara a cara, que frente a un público anónimo donde la distancia del contacto personal, y la obligación de responder a él, enfrentan a una persona narcisista con su incapacidad de empatizar con el prójimo.

Otros espacios del narcisismo

Pero no solo en esos escenarios privilegiados encontramos personas ególatras. Hay otras maneras de satisfacer la necesidad de presumir cuando falta talento. Una de ellas puede ser envanecerse con los signos que denotan posesión de riqueza o enfatizando la belleza personal hasta límites peligrosos.

Hay mujeres que se someten a una auténtica esclavitud por cumplir las exigencias de la estética, y ponen en peligro su salud. Se imponen ser delgadas sin tener en cuenta sus necesidades, y se someten a dietas exageradas o imprudentes y a cirugías peligrosas.

Hay que diferenciar la necesidad de gustar –bastante comprensible si nos interesa el vínculo con los demás– de la aucomplacencia. No es lo mismo maquillarse para resultar atractiva a alguien que nos interesa, que vivir mirándose continuamente al espejo.

No es lo mismo utilizar un coche como un instrumento para seducir, que hacer del coche el representante de uno mismo, hasta el punto de que nuestra pareja acabe por tener celos del coche.

¿Pueden sentir empatía?

Hay muchas ocasiones en que nuestro buen talante y buena disposición a vincularnos con los demás –lo que conocemos como empatía– puede sufrir un duro revés. Se trata de circunstancias especiales, como una enfermedad física que nos resulta muy dolorosa, el duelo por la pérdida de una persona muy querida, la preocupación generada por dificultades económicas...

Estas circunstancias ocasionan un revés vincular que nos devuelve a nosotros mismos como fuente de interés predominante.

Esas circunstancias especiales forman parte de lo que podríamos llamar la función protectora del narcisismo, cuando se trata de cuidar de nuestra supervivencia.

Pero el narcisismo de la autocomplacencia es muy empobrecedor porque deja a la persona narcisista presa de su ego, extremadamente frágil, y dependiente del reconocimiento de los demás en un grado tan exagerado que tolera muy mal las críticas –que vive como un ataque a su afán de superioridad–, que le dificulta aceptar límites en su saber, en su necesidad de controlar totalmente cualquier situación.

En nuestro crecimiento emocional partimos de una postura muy fusional con el vínculo materno, no podemos diferenciar nuestro yo del de la persona que nos sostiene material y afectivamente. Mientras crecemos, nos vamos diferenciando del otro progresivamente, estableciendo diferentes formas de relacionarnos.

En este recorrido, las personas se sienten atraídas por otras que son parecidas a ellas, con las que se identifican fácilmente y con las que se vinculan preferentemente, hasta que pueden hacer un duelo por esa atracción a lo semejante, lo que supone el desafío de aceptar las diferencias de los demás en sus actitudes, rasgos, comportamientos, valores, que no son iguales a los nuestros.

Diferencias que no impiden la atracción si ese duelo por lo semejante se concluye con una elaboración psíquica que sepa darle valor a lo que no es como nosotros.

Cómo son los padres o madres narcisistas

Pactar con las diferencias tiene su dificultad, pero hay personas que pueden hacerlo con más facilidad, paciencia o resignación... Otras, en cambio, se resisten a esos pactos y prefieren el solipsismo –cuando solo existe o solo puede ser conocido el propio yo– de su mundo privado, donde son dueñas únicas de su destino.

Pobre destino si no se alimenta del trato con los demás, del enriquecimiento que procura el compartir emociones, ideas, tareas, ilusiones... Incluso el trato con los propios hijos es diferente si estos son vividos como personas que tienen una existencia propia al margen de nuestras expectativas; o si –como suele sucederles a las personas narcisistas– son vividos como una extensión de la propia persona.

Los padres narcisistas tienen grandes dificultades para dejar que sus hijos se rijan por sus propios deseos y no sean depositarios de la obligación de cumplir con las ambiciones frustradas de sus padres.

¿Las redes sociales nos hacen más narcisistas?

Hay condicionantes sociales que entorpecen la reflexión necesaria para madurar emocionalmente y vincularnos con los demás. Por ejemplo, vivimos una época en la que las redes sociales favorecen el aumento de al menos una de las características del narcisismo, que es la reclusión en un mundo solipsista.

En las redes sociales se genera la ilusión de un contacto que no es real.

La palabra amigos, en las redes, está totalmente desvirtuada y vaciada de significación porque borra la diferencia con los que simplemente son conocidos en distintos ámbitos. La amistad es más seria que todo esto.

Y a pesar de todo, mucha gente presume de tener muchos amigos en las redes, haciendo de esta cifra un signo de su importancia personal. Esto equivale a una inflación de otra de las características del narcisismo, la inmersión en la virtualidad de la fantasía, la evitación del contacto real con los demás, un contacto que pone a prueba no solo nuestras capacidades, también nuestras carencias.

El uso de Internet estimula un estilo de comunicación más frío. Preferimos enviar mensajes por correo electrónico antes que hacer una llamada de teléfono y evitamos, así, la sorpresa, el tono de voz, es decir, los elementos que se ponen en juego en los vínculos reales.

Se trata de una manera de relacionarse que nos aleja de las presencias reales y que nos hace extremadamente dependientes del ordenador, que nos procura un exceso de información pero no necesariamente de formación.

Hay profesionales, por ejemplo, que sacrifican su tiempo de formación para centrarse en atender blogs que no solo responden a una necesidad de saber qué opinan otros acerca de muchos temas, sino a una renuncia a dedicar tiempo al contacto personal.

Esta dificultad narcisista para el contacto personal no solo se pone en juego con los vínculos más cercanos sino también con las valoraciones que hacemos de los demás cuando no son como nosotros.

Sucesos como el asesinato de personas inocentes solo por pertenecer a ideologías políticas diferentes o por ser de otras etnias solo pueden entenderse como una defensa fanática de lo mismo y un desprecio absoluto por las diferencias –eje central de la conducta narcisista–; aunque esa actitud pretenda racionalizarse mediante justificaciones políticas o económicas que ocultan la verdadera razón de la exclusión.