Sin miedo

Puedes vencer tu fobia social

Las personas afectadas por la fobia social viven con dificultades sus relaciones y evitan muchas situaciones sociales por miedo, vergüenza y falta de autocontrol.

Mireia Darder

miedo

23 de abril de 2018, 15:56 | Actualizado a

Un hombre va a colgar un cuadro. Coloca el clavo en posición y cuando da el primer golpe el martillo se rompe. Lo tiene todo pero le falta un martillo. La única solución que se le ocurre es pedir uno prestado.

Se dirige hacia la casa de su vecino mientras piensa: “Quizás está ocupado en algo importante y lo interrumpiré. Es posible que me ponga mala cara o que me insulte por mi interrupción. O quizá tenga en tal estima su martillo que prefiere no prestármelo. Claro, yo he roto el mío. Seguro que tiene miedo de que rompa el suyo y no me lo prestará”.

Espera ante la puerta de su vecino a que este le abra mientras sigue con sus cavilaciones: “Además, seguro que piensa que soy un manazas, un inútil que no sabe hacer nada, que no sirvo para nada y que soy un desgraciado”. En ese momento se abre la puerta del vecino. Entonces nuestro hombre le dice: “¿Sabes? ¡Te puedes meter el martillo por donde te quepa y el desgraciado eres tú!”.

Aunque esta es una situación más cercana al chiste que a la realidad, es un buen ejemplo de lo que a veces nos ocurre ante distintas situaciones sociales, desde las más sencillas hasta las más complejas. Muchas veces actuamos basándonos en lo que imaginamos que el otro está pensando de nosotros en lugar de percibirlo tal como es.

Cuando imaginas que la realidad es peor

Muchos de nuestros conflictos tienen que ver con cómo imaginamos la realidad, es decir, según nuestra fantasía, según nuestra personal percepción de los hechos del presente.

Para todos es inevitable hacer construcciones respecto a la realidad, ya que resulta difícil vivir nada más que en el presente. Pasamos mucho tiempo pensando en nuestro pasado, recordando cosas que nos han ocurrido, y también en el futuro, imaginando lo que nos va a ocurrir.

Lo mejor y lo más difícil es estar en el ahora, en el presente, vivir lo que pasa. Y cuando pasó, dejarlo pasar y convertirlo en pasado.

Cuando el miedo a pasarlo mal en una situación social no nos permite realizar nuestros deseos, cuando este miedo interfiere hasta tal punto en la vida de una persona que le impide decidir libremente sobre sus acciones y su vida, es cuando podemos afirmar que sentimientos comunes, como la vergüenza y la timidez, se han convertido en un problema.

Miedo a un mundo hostil

Pero, ¿en qué nos basamos para construir la realidad de una manera o de otra? Hay personas que imaginan que todo el mundo los quiere atacar y que han de defenderse de un mundo hostil. Otros piensan que están en este mundo para ayudar, que merecen ser queridos y que todos somos buenos si se nos da una oportunidad. El personaje de la historia con la que comienza el artículo estaría dentro del primero de los dos grupos descritos.

Y tú, ¿hacia cuál de estas dos construcciones tiendes cuando imaginas el futuro? ¿Piensas que los demás están abiertos a conocer personas nuevas e interesantes y que te recibirán con los brazos abiertos? ¿O por el contrario piensas que el mundo, que conoce tus temores y debilidades, está esperando la oportunidad de hacerte daño, y que tienes que protegerte para no sufrir?

Todos tenemos una tendencia de base para hacer nuestra construcción del mundo y, mientras a algunos les resultan agradables y sencillas las relaciones sociales, para otros son un motivo de estrés y desasosiego, por lo que llegan a evitarlas para no sufrir.

Una cuestión de conceptos

La mayoría de las veces en que nos enfrentamos a una situación social, nos relacionamos a partir de nuestro concepto del mundo y de nosotros mismos. Esto es algo que quizá no podemos cambiar, pero sí podemos ser conscientes de cuál es nuestra tendencia.

El hecho de ser conscientes, es decir, de “darnos cuenta”, nos puede ayudar a vivir más en el presente y a ver la realidad tal como es, sin que interfieran nuestras fantasías.

¿Cómo podría el personaje de nuestra historia estar más en la realidad? Tal vez debería reconocer que está enfadado consigo mismo porque ha roto su martillo y el miedo o la incomodidad que siente por pedir uno prestado.

Reconocer las emociones en el momento en que tienen lugar hace posible estar en el presente.

Por eso es necesario asumir que uno puede sentir ira, inseguridad o miedo, aunque el proceso para hacerlo no es fácil. A veces es necesaria una terapia para reconocer estos mecanismos y poder abrirnos a nuestras emociones.

¿De qué depende que cada uno tenga una visión propia del mundo o una manera específica de entrar en contacto con él? Hay factores que tienen que ver con lo que hemos realizado en la vida, con las cosas que nos han pasado.

Algunos los hemos tomado de nuestros padres o de nuestro entorno familiar y otros provienen de nuestra herencia genética. Todos somos un compendio de diferentes condicionantes a través de los que hemos construido nuestro concepto de quiénes somos y cómo pensamos el mundo.

Esta idea de nosotros mismos es la que llamo “autoconcepto”, de él partimos para relacionarnos con los demás. Este autoconcepto tiene una estrecha relación con nuestra idea de la realidad. Según la idea que tengamos de nosotros mismos tendremos una autoestima alta o baja, y ésta nos ayudará a facilitar o entorpecer nuestras relaciones sociales.

Los detonantes de la fobia social

¿Qué concepto de sí mismo tiene el personaje de nuestro chiste? Seguramente no muy bueno, cree que los demás van a pensar que él es un desgraciado, que no sabe usar herramientas. Además, piensa que los demás tienen cosas mucho más importantes que estar por él.

Entonces, a pesar de que nadie le ha dicho nada, él mismo se insulta y menosprecia. Este bajo autoconcepto es el que está causando el desencuentro con el vecino y, lo más importante, le impide conseguir lo que quiere y hace que se sienta frustrado.

Pero, ¿cuáles son los detonantes que generan esta conflictiva relación con la realidad? Especialmente las situaciones en las que vamos a sentir miedo, situaciones que son nuevas para nosotros. Tenemos la idea equivocada de que no debemos sentir miedo ante lo nuevo, que tenemos que ser valientes y saber cómo afrontar la vida sin temores.

Por eso, cuando lo sentimos aparecen dos problemas: el miedo y el desesperado intento de controlarlo. Intentamos ser de la manera que consideramos correcta o “normal” y no como realmente somos, es decir, animales que se asustan ante las situaciones nuevas.

No podemos atender lo que está pasando en la realidad exterior, ya que debemos controlar nuestro miedo y hacer un enorme esfuerzo para que no sea visible. A la larga, seguramente evitaremos el contacto con los demás para no sufrir, ya que controlar el miedo es un esfuerzo agotador.

Cuando explota el miedo

¿Quién no ha sentido desasosiego antes de hablar en público? ¿Quién no conoce a alguien brillante que no triunfa en el trabajo por su miedo e incapacidad para defender sus ideas? ¿Cuántas personas se resignan a no tener pareja por sentirse incapaces de establecer relaciones por miedo al ridículo o a no dar la talla?

Aunque son situaciones en las que nos hemos visto sorprendidos más de una vez, en ciertos casos extremos se hace imprescindible seguir una terapia o tratamiento psicológico.

Es entonces cuando se habla de “fobia social”, a la que se define como “miedo intenso a situaciones que la persona considera embarazosas, humillantes o vergonzosas delante de otros, o a que los demás noten sus síntomas de ansiedad”.

Es decir, aquellas situaciones en las que la persona cree o prevé que puede ser observada, juzgada o evaluada por los demás. Por tanto, se trata de un problema que se basa en la anticipación de una situación que la persona prevé como peligrosa.

Esta ansiedad anticipatoria, que en principio se limita a los minutos previos a la situación ansiógena, gana terreno en la vida de quien la sufre, hasta el punto de ocupar cada vez más tiempo, incluso cuando el estímulo de una situación concreta que genera tal temor ha desaparecido.

Y el control es materialmente imposible

¿Qué teme la persona que puede pasar si afronta determinadas situaciones sociales? Lo que nos cuentan los afectados es que tienen miedo a que les suceda algo inesperado o a hacer cosas que escapen por completo de su control: ruborizarse de improviso, temblar, sudar copiosamente, bloquearse en una conversación, perder el control del intestino o la vejiga, vomitar, tartamudear, sentir náuseas, incontrolables ganas de llorar y otras cosas que podrían tener consecuencias más graves, como perder el control de la conducción y provocar un accidente.

Pero cualquiera de estos “síntomas” de inseguridad y de temor, desde los más ligeros a los más graves, llega a ser una verdadera tortura para quien los padece, ya que lo enfrenta a un fantasma amenazante y peligroso: la pérdida del control de uno mismo.

Lo primero que hace el que sufre estos temores es intentar controlar todas las funciones naturales de su organismo. Pero esto a veces genera un “efecto paradójico”: puede alterar otras funciones orgánicas que de forma natural y espontánea presentaban un funcionamiento correcto.

Al mismo tiempo quien lo siente, en un vano intento de eliminar el miedo, empieza a evitar las situaciones temidas. ¿Qué efecto produce esta huida? Tal vez se eviten el miedo y la ansiedad.

Pero cada huida, como dice el poeta portugués Fernando Pessoa, “es una herida invisible” que confirma y amplía la incapacidad de afrontar situaciones de la vida diaria.

Con el tiempo y el encadenamiento de estas “huidas”, la persona se siente cada vez más incapaz, más inválida y, por tanto, con una muy baja autoestima.

Tomando medidas al traje del miedo

Estas personas, además de evitar situaciones temidas, suelen adoptar medidas concretas para tratar de controlar los síntomas, como vestir ropas anchas para disimular el sudor, usar maquillajes intensos para que no se note el rubor, ir al baño antes de una situación problemática, restringir la comida para disminuir la posibilidad de vomitar, tomar alcohol para relajarse y sentirse capaces de afrontar la situación, hablar en voz baja, no mirar a los ojos a los demás, o medicarse con betabloqueantes y ansiolíticos.

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Estrategias psicológicas

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Si deciden buscar ayuda profesional seguramente hace tiempo que evitan una amplia gama de situaciones, como comer con otros, mostrar las manos, iniciar y mantener conversaciones, ir a fiestas y actos sociales, cines, grandes almacenes, viajar en transportes públicos, ir a clase, o realizar cualquier actividad susceptible de ser criticada o en la que se sientan peligrosamente expuestos.

Si reconocemos nuestros miedos podremos superarlos. Tal como reza una máxima del célebre escritor hindú Rabindranath Tagore:

“La lección más importante que el hombre puede aprender en vida no es que en el mundo no existe el miedo, sino que depende de nosotros sacar provecho de él y que está permitido transformarlo en valor”.

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