Sobrediagnóstico y anfetaminas

TDAH: lo que no se dice

Muchos niños han sido diagnosticados y medicados por responder a un cuestionario. Sin más pruebas. Y sin saber los importantísimos efectos secundarios.

María José Muñoz

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2 de diciembre de 2018, 19:39 | Actualizado a

Hace unos días coincidí en el ascensor con una madre y su hija de unos 12 o 13 años. Nos conocemos de vista. La madre, entre indignada y satisfecha, explicaba por teléfono: “Ya decía yo que no era normal. No es normal que esta niña se queje por todo, que siempre esté enfadada, proteste continuamente y que nada le venga bien. El médico nos ha dicho que tiene TDHA y que tiene que tomar unas pastillas. A ver si ahora podemos estar tranquilos”.

Cuando colgó nos saludamos y yo no me pude resistir, le pregunté si le habían hecho alguna prueba física para diagnosticarla, a lo que ella me respondió: “No, pero no hace falta, ya se ve que esto no es normal”.

Lo que la madre no sabe, lo que nadie le ha explicado, es todo lo que hay detrás de esta etiqueta del TDHA y, sobre todo, detrás de estas pastillas.

¿Es imprescindible la medicación para el TDAH?

Lo que ha ocurrido es que, mientras estábamos enredados en discusiones sobre si el TDHA era una enfermedad real o inventada, nos han colado un golazo descomunal y gravísimo: la medicación que se receta para, supuestamente, combatirlo es un anfetamínico.

Los compuestos Ritalin o Concerta, con sus distintas variedades, son “derivados” de las anfetaminas.

Los resultados que se obtienen de ellos son los mismos que se conseguían cuando, en tiempos pasados, los estudiantes se chutaban una anfeta para concentrarse en épocas de exámenes, o cuando algunos trabajadores las tomaban para aguantar interminables jornadas laborales, o incluso cuando se utilizaban como método de adelgazamiento porque aumentaba la voluntad para no comer.

Fue el descubrimiento de los efectos adversos que provocaban este tipo de sustancias en el sistema circulatorio y el corazón, además de la adicción física y psicológica, lo que condujo a las autoridades sanitarias a su prohibición.

¿Por qué se siguen recetando anfetamínicos?

Uno podría pensar, leyendo lo anterior, que de todas formas, si el medicamento lo prescribe un profesional, eso garantiza que se está haciendo un buen uso de él. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas.

La industria farmacéutica no deja de ser un conglomerado de empresas que busca obtener el máximo de ganancias posibles y, si bien han de pasar un control sanitario, este puede hacerse ocultando parte de la verdad y presentando los resultados que les son más favorables para obtener la autorización de un medicamento.

Esto es precisamente lo que ha ido saliendo a la luz respecto a los estudios realizados del Metilfenidato, el componente de base de las medicaciones contra el TDHA, y de sus afines psicoestimulantes.

Los propios laboratorios responsables de su comercialización, si bien hicieron un seguimiento a lo largo de varios años de este tratamiento en niños y adolescentes, escogieron presentar el resultado de 14 meses, donde se mostraba que la ingesta de la medicación reducía los síntomas del TDHA, frente al grupo que no lo tomaba.

Lo que no dijeron, y que ha sido comprobado por numerosas investigaciones posteriores, es que a los 3, 6 y 8 años de tratamiento, los niños no solo no habían mejorado sino que habían empeorado respecto a los problemas iniciales. Además se vieron afectados, de forma muy significativa, sus tallas y sus pesos. Sin embargo, el fármaco Ritalin ya se había aprobado.

A partir de estos primeros estudios, la psiquiatría americana, sobre todo infantil, comenzó a interesarse en estas “píldoras mágicas” que les resolvían toda una serie de casos clínicos que no sabían dónde colocar, ni cómo tratar. Se multiplicaron por doquier los estudios sobre los efectos a corto y largo plazo de estos medicamentos y, no solo se confirmaron los malos datos anteriores, sino que se ha demostrado en todos ellos que generan problemas en el sistema cardiovascular, incremento de la tensión arterial y del ritmo cardíaco. El efecto directo de los psicoestimulantes puede llegar incluso a desencadenar una muerte súbita.

El otro lado: el estudio de las contraindicaciones

En España quienes más se han ocupado y preocupado de las contraindicaciones físicas y psicológicas de este tipo de medicamentos contra el TDHA, han sido la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN), la plataforma “No, Gracias”, la Agencia Española de Medicamentos, psiquiatras contrarios a estos tratamientos, la Agencia Europea de Medicamentos y el Boletín de Farmacovigilancia de Cataluña.

En sus webs, boletines y libros se pueden encontrar los peligros y daños fisiológicos que crean estas sustancias con los análisis pormenorizados de todas las investigaciones que se han llevado a cabo a lo largo del tiempo. En ellos se confirma que a medio y largo plazo no solo no curan (ya que no hay nada que curar), sino que las conductas que se pretendían solucionar retornan más virulentas.

Con los años, se produce un mayor fracaso escolar y mayores problemas psicosociales, haciéndose necesario añadir refuerzos escolares, psicológicos, etc.

Resumiendo, con los psicoestimulantes no solo no se ha sanado el supuesto déficit cerebral que padecerían quienes son diagnosticados con TDHA, sino que en la pubertad y la adolescencia, a pesar de continuar con la medicación, los comportamientos conflictivos se recrudecen y las secuelas psicofísicas se manifiestan con más fuerza.

¿Cómo se diagnostica el TDAH?

Más allá de toda la polémica de la medicación, la gran pregunta es: ¿Por qué si las causas del TDHA son orgánicas, las pruebas diagnósticas no lo son?

A nadie en su sano juicio se le ocurriría aceptar que un profesional, con solo algunas preguntas sobre la memoria o el razonamiento de una persona, sin hacer ninguna prueba radiológica o similar, le diagnosticaran y medicaran para una enfermedad con lesión cerebral como el Alzhéimer. Tampoco sería el caso con una encefalitis o cualquier otro daño real en el cerebro.

Pero resulta que el TDHA, que según sus defensores obedece a una lesión en el cerebro, se está diagnosticando sin ningún tipo de prueba orgánica. Esto resulta, cuando menos, sorprendente, si no sospechoso. En cambio, en este caso solo se cuenta con unas pocas preguntas sobre la conducta del niño o adolescente, para etiquetar a alguien con ese diagnóstico.

  • Este juego como de magia con el diagnóstico surgió de un pediatra inglés, el doctor Still. La falacia sobre la causa fue la siguiente: si los niños con meningitis, epilepsia o tumores cerebrales presentaban conductas agresivas, antisociales, irascibilidad etc., eso quería decir que los niños que presentaban esas mismas conductas debían padecer una disfunción cerebral mínima, aunque no se la pudiera detectar por ningún lado.
  • En ese momento se abrió la veda de las “enfermedades biológicas”, supuestas lesiones cerebrales que no se comprueban con ningún tipo de prueba fisiológica, sino que se miden por unos cuantos comportamientos de los sujetos, sin ningún tipo de confirmación más, aunque las medicaciones recetadas vayan directamente al cerebro.
  • A partir de 1952, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM) recogía esos rasgos de los niños como “síndrome cerebral orgánico” y le hizo corresponder un tratamiento con anfetaminas, la benzadrina.
  • En 1980, y ya con el Ritalin autorizado, este Manual identifica el Trastorno de déficit de atención, TDHA, como una enfermedad cuyos ejes fundamentales son la hiperactividad, la desatención y la impulsividad. El mundo escolar cayó bajo esta nueva versión y la “burbuja” comenzó a inflarse.
  • Y así sigue, en cada revisión del Manual están más reducidas las conductas para que alguien sea diagnosticado con TDHA, y por tanto con una lesión cerebral. Y cada vez son más vagas y totalmente abiertas a la interpretación subjetiva de quien las diagnostica.

Los criterios diagnósticos actuales

Por ejemplo, actualmente para ser diagnosticado con el déficit de atención es suficiente que el niño realice “más de lo normal”, sin especificar qué sería lo normal, seis conductas como:

  • No suele prestar atención a los detalles
  • Le resulta complicado organizar tareas
  • Pierde objetos frecuentemente (lápices, libros, juguetes)
  • Se distrae con cualquier estímulo irrelevante, o
  • Es descuidado en su vida diaria.

Pierdes las cosas a menudo? ¿Te gusta correr y saltar?¿Te cuesta organizarte? ¿Cuántos niños contestarían con un sí? Yo lo haría...

Para la hiperactividad son:

  • Suele mover en exceso las manos y los pies
  • Suele hablar en exceso
  • Le cuesta esperar su turno
  • Tiene dificultad para realizar juegos tranquilos
  • Suele correr o saltar en exceso...

Si a esto le añadimos que estos protocolos de diagnóstico han pasado a ser utilizados por otros profesionales que no son de salud mental, sino profesores, asistentes sociales, pedagogos, etc., no hay que ser un lince para captar que bajo esos criterios cabrían un montón de niños y adolescentes.

Esto es lo que se está haciendo pero que no se dice. Se está produciendo un aumento desorbitado de supuestos “enfermos mentales” de TDHA, medicados con anfetamínicos, con las peligrosas consecuencias psicofisiológicas y sociales que comportan.

Las consecuencias de los protocolos para el TDHA... las sufren los niños y niñas

Volviendo a nuestra madre e hija del comienzo, podríamos decir que son un modelo del cómo se están llevando a cabo las cosas. No hay pruebas orgánicas ni de diagnóstico, ni prevención de efectos en los sistemas neuronales y cardiovasculares y, evidentemente, tampoco se está informando a los implicados de los límites y peligros de esas pastillas.

Se ha convertido el TDHA en un cajón de sastre donde incluir cualquier tipo de conducta desagradable para alguien, sin medir los daños que pueden producir.

Antes de despedirnos, la miro y veo a la niña con la cabeza gacha, seguramente sintiéndose culpable. Y seria, como si intuyera que lo que habían cocinado los mayores, no sería precisamente bueno para ella.

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