Ser mujer es más que tener la regla

Orgullo menopáusico: ser mujer no es tener la regla

La menopausia puede ser el trampolín desde el que nos reivindiquemos como mujeres por decisión propia.

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5 de octubre de 2018, 15:56 | Actualizado a

Susan Sontag, en su obra La enfermedad y sus metáforas, nos habla de la tuberculosis, el cáncer y el sida como espacios vergonzantes que llevan incrustadas las metáforas de la muerte y de las amenazas de la vida.

La menopausia, aun sin ser una enfermedad, está cargada también de todo el peso de la pulsión entre el eros y el tánatos.

La película Caramel (2007), de la directora y actriz libanesa Nadine Labaki, narra la cotidianidad de varias amigas que se reúnen en una peluquería para acicalarse, mimarse y contarse su día a día. Entre ellas está Jamale, una actriz sin mucho éxito que tiene que lidiar con actrices más jóvenes que ella.

En un casting, Jamale decide apurar un último cartucho: se presenta con una mancha roja en la falda, la mancha de la vergüenza, la mancha de la regla que ha escapado a la contención y ha ensuciado la ropa. Este recurso supone, en su caso, el orgullo de tener aún la regla y de ser, por lo tanto, todavía, una mujer joven.

La menstruación como tabú

Nuestra vivencia está llena de mensajes peyorativos hacia el cuerpo que menstrúa. Una forma de menospreciar una crítica o enfado por parte de una mujer es suponerla premenstrual, algo que invalida de un plumazo sus argumentos. El dolor menstrual se considera un obstáculo para la productividad laboral de las mujeres, incluso por nosotras mismas.

Los anuncios de compresas y tampones, productos gravados por impuestos desorbitados, utilizan un líquido azul para demostrar su absorción. Un fluido que en ningún caso recuerda la menstruación y que refuerza la vergüenza del rojo de nuestra sangre. ¿Imaginamos una campaña para donación de sangre donde se mostrasen bolsas de líquido azul? Pero cuando de regla se trata, hay que insinuar pero sin mostrar.

Mancharte la ropa de menstruación es una pesadilla recurrente.

Los productos al uso prometen no solo absorber, sino ser invisibles bajo la ropa y eliminar el olor de un cuerpo penalizado constantemente con el tabú del olor. El olor de la vulva, el olor de la regla, el olor animal de las mujeres.

La copa menstrual –económica, duradera, higiénica y ecológica– topa con el asco inoculado a nuestros propios cuerpos: la copa nos llena las manos de sangre roja, coagulada, olorosa, de esa sustancia que no queremos ver, de aquella que da la vida y que tenemos en el mismo imaginario de los excrementos y la inmundicia.

Nuestra relación con la sangre menstrual es una relación de odio, de auto-odio y, sin embargo, topa con otra forma de auto-odio: el terror a la vejez.

La mujer reproductora

Con la menopausia, un tabú da paso al siguiente en un recorrido de identidades femeninas donde son un hilo conductor interminable, lleno de incomodidades y desasosiego.

A pesar del esfuerzo de los feminismos para desidentificar a la mujer, en singular, con la función reproductora, en el fondo del terror a la menopausia sigue calando esa idea: al dejar de ser seres reproductivos, dejamos automáticamente de ser mujeres.

Esa idea recae también sobre las mujeres sin útero, las mujeres trans, las mujeres estériles para la reproducción: la idea de que son menos mujeres, de que no son mujeres de verdad.

Pero entonces, ¿qué somos? La menopausia es una forma de ser ex-mujer, des-mujer, de estar en un limbo vital marcado por la fertilidad o por su defecto. Con 40 años, con 50, pasamos a considerarnos a nosotras mismas, viejas en un mundo en que ser vieja es desaparecer de la vida, es el final del deseo, el declive del cuerpo, la desposesión de lo que somos en pos de una decadencia fantasmagórica y que se contradice con la realidad de millones de mujeres.

A partir de una edad denominamos a la gente "abuelos” y “abuelas”, al margen de que tengan nietos o no, y pasan a ser solo ancestros. Cuando habíamos logrado dejar de ser llamadas como “esposas” y “madres” persistimos en hablar de “abuelas”.

La menopausia como enfermedad

La menopausia se trata como si fuese una enfermedad incluso contagiosa, peligrosa, una especie de peste femenina de la que se habla en voz baja, de la que se pasa información bajo mano, de la que nadie quiere reconocerse en primera persona.

Sabemos de sus consecuencias, y asumimos que son universales y terribles: sofocos, aumento de peso en un mundo en que las mujeres tenemos que estar delgadas, sequedad vaginal y, en consecuencia, penetraciones dolorosas en un imaginario sexual que entiende el placer como coito únicamente.

Tal vez la menopausia sea una oportunidad que tenemos todas para dinamitar y recomponer la idea que tenemos de lo que es ser mujer con todas las corporalidades posibles.

Ser mujer más allá del cuerpo reproductor

Narrarla en primera persona, nombrarla en voz alta, desmontar el mito y asentar realidades, experiencias particulares, reclamar una investigación médica que demuestra muchísimo más interés en resolver los problemas de erección de los varones que nuestros sofocos.

Desligada nuestra identidad como mujeres de la función reproductora, desligada de la juventud eterna, del castigo del cuerpo en favor de su imagen amañada por un márketing y por un mercado de las modas que, asumámoslo, nos quiere insatisfechas y consumidoras, la menopausia podría llegar a ser nuestro espacio definitivo de liberación.

No por una liberación física de nuestros procesos menstruales, pero sí como trampolín desde el que reivindicarnos, una vez desposeídas del título de mujeres completas, como mujeres por decisión propia.

Un ciclo natural y sabio, por Rosa Armirall

La idea de la menopausia como enfermedad de déficit hormonal surgió en la década de 1980, cuando las farmacéuticas descubrieron el nicho de mercado e invirtieron muchos fondos en medicación hormonal, una especie de elixir de la eterna juventud.

La idea de la menopausia como enfermedad surgió cuando las farmacéuticas descubrieron que era un gran nicho de mercado.

Este proceso derivó en un aumento del cáncer de mama y ahora estamos en el extremo opuesto: no se medica a nadie. Cada cuerpo es un mundo, y hay casos que se podrían beneficiar de algo de medicación y otros en los que es innecesaria. Hay que encontrar un equilibrio adecuado.

Para mí no es una enfermedad. El ovario es un órgano preparado para trabajar durante una parte de la vida. Deja de funcionar cuando llega su momento y a una edad en que el embarazo y la crianza serían complicadas.

La naturaleza es muy sabia. Mi opción es agradecer a nuestros ovarios el trabajo hecho y seguir viviendo, sin más.

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