Duelo

Cómo afronté la muerte de mi esposa

Tras el inmenso dolor que supone la muerte de un ser querido, nos enfrentamos a una sociedad materialista que no deja espacio para el silencio. No admitir censuras en la expresión de nuestros sentimientos más íntimos es el primer paso para encarar la ausencia y atender al corazón.

Javier Petralanda

Duelo por la muerte de un ser querido

14 de junio de 2018, 17:09 | Actualizado a

La muerte de mi esposa ha supuesto para mí la experiencia más dura y traumática de cuantas haya podido tener a lo largo de mi ya dilatada vida. Sucedió en un frío anochecer de un 9 de febrero.

Cruzó el umbral en paz acogida por los brazos de mis dos hijas y los míos. Era la única vez en la que coincidíamos los 3 en el hospital en los 20 días que transcurrieron desde su ingreso, 20 días estresantes en extremo desde que le fue diagnosticado un cáncer avanzado, en fase ya terminal.

Afrontar la muerte de un ser querido

Inesperadamente, la muerte se hace presente sin complejos tal cual es, en su más pura desnudez, ante un yo también desnudo. No hay entonces ni escapatoria ni posibilidad alguna de enmascarar la realidad.

Tratamos de negar la evidencia, pero ha sucedido. La muerte es demasiado real. Se acabaron las vivencias íntimas y las complicidades gestadas a lo largo de una extensa convivencia en común. La vida pierde su sentido. Se rompieron todos los vínculos. Terminó para siempre una manera de vivir en la que las referencias estaban ya establecidas.

Solo queda la soledad, la oscuridad, la rabia, la tristeza, la impotencia, la desesperanza, el vacío, el desconcierto y el dolor, un intenso dolor tras el cual se esconde un inmenso amor que trasciende las frágiles fronteras de la muerte.

Pero es este dolor el que va a impulsar el crecimiento, alejándonos del vano intento de volver a lo que ya fue, a aceptar la irreversibilidad del proceso de la muerte. Estas serán pues, a partir de ese momento, nuestras nuevas señas de identidad.

Cuando de improviso nos enfrentamos a la muerte del ser querido, nos vemos arrastrados por un verdadero vendaval anímico y entramos en una especie de caída en barrena donde el caos se apodera de la totalidad de nuestro ser, donde cada una de las células de nuestro cuerpo es sacudida, y las viejas creencias saltan hechas añicos.

Nos aguarda entonces un largo camino que es preciso recorrer. Un camino preñado de altibajos, a veces tan sutil que desdibuja la senda por la que hemos de transitar reclamados por susurrantes cantos de sirena que nos invitan a marchar por derroteros que conducen a ninguna parte. La vida, para bien o para mal y muy a pesar nuestro, sigue su curso pero ya no volveremos a ser los mismos.

Necesitaremos nacer de nuevo para asomarnos, temerosos, a un mundo desconocido, extraño y amenazante. ¿Cómo comenzar a escribir la página en blanco que el destino nos muestra inesperadamente? ¿Cómo orientarse en medio de un desierto sin brújula que te oriente? ¿Cómo navegar en un mar sin viento que empuje las velas?

Entonces, tomamos conciencia de que los valores de referencia en los que hemos basado la existencia son insuficientes para afrontar la nueva situación vital. El impacto de la muerte cercana cuestiona nuestra forma de ver y estar en el mundo y demanda volver a empezar, pero no a cualquier precio ni de cualquier manera sino integrando conscientemente los nuevos contenidos anímicos que se irán haciendo presentes.

Se impone un proceso de adaptación que denominamos duelo y cuyo desarrollo natural se ve más que frecuentemente obstaculizado por la impronta del modelo cultural en el que vivimos.

Elaborar el duelo a tu manera

Nuestra cultura materialista pretende dirigir la vida del individuo desde el nacimiento a la muerte hasta en sus más mínimos detalles. Dicta las normas por las que ha de regirse el comportamiento de los ciudadanos estableciendo su propia escala de valores y señala los criterios sobre la manera adecuada o inadecuada de encarar los procesos de duelo. En definitiva, nuestra sociedad trata de poner un duro corsé a la expresión de nuestros sentimientos más íntimos.

Personalmente, no me ha servido esta vía de adaptación. Creo que no ayuda a trascender la problemática que implica el proceso del duelo, ni da respuesta a los mil y un interrogantes que este plantea. En mi opinión y en mi caso, no resuelve el problema ni ayuda a integrarlo.

En efecto, sabemos que ningún problema tiene solución en el nivel en el que se produce, hemos de subir uno o muchos peldaños más para tomar distancia y permitir la observación desde otras perspectivas más amplias que nos acerquen a soluciones reales y duraderas. En este contexto, el duelo no es una excepción. El proceso de dolor que conlleva el duelo ayuda a adquirir esas perspectivas más elevadas donde encuentra su sentido.

Por fortuna, en lo más íntimo, en lo más profundo de nuestro ser, aún queda un espacio a la esperanza. En la naturaleza nada sucede por azar, ni siquiera la muerte. Llegar a este mundo para vivir la mayor parte de las veces luchando por la subsistencia y después de unas pocas décadas desaparecer carece de todo sentido y la sabia naturaleza no hace sinsentidos.

Cada uno de nosotros es una pequeña fuente de luz oculta tras innumerables capas de niebla anímica. Luz que, sostenida por la esperanza, va haciéndose más diáfana según madura el proceso en el que estamos inmersos por la muerte del ser querido, permitiendo vislumbrar realidades insospechadas, incluso en los momentos más duros.

Este es uno de los objetivos del duelo, integrar en el corazón la dimensión trascendente de la vida y de la muerte. Solo con el corazón llegamos a entrever el trasfondo oculto de la realidad. La razón toma aquí un papel secundario. Se trata de sentir más que de analizar. Sentir es la base para apreciar las nuevas perspectivas que se van abriendo con el paso del tiempo que precise el proceso.

Etiquetas:  Duelo Dolor Sociedad

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