Cáncer de mama

"Solo quería vivir hasta que mis hijos fueran mayores de edad"

Al principio me dijeron "tranquila, no será nada", después me dijeron que era cáncer. Y me embarqué en el carrusel emocional más difícil de mi vida.

Leyre Contreras, autora del libro Amor, valor y sonrisas

Las emociones frente al cáncer de mama

23 de enero de 2018, 10:47 | Actualizado a

A finales de octubre de 2014, noté un bultito en mi pecho izquierdo, en el mismo sitio donde hacia algo más de un año se había inflamado un conducto mamario que pasados unos días, desapareció sin más complicaciones. Por eso, cuando volví a notar el bulto exactamente en el mismo lugar, pensé que era lo mismo.

Aun así, decidí acudir a mi ginecólogo para que lo valorara y me dijo: “tranquila, no es nada”, pero hay que hacer una ecografía.

Una vez hecha la ecografía, el radiólogo recomendó hacer una punción, y me dijo: “tranquila, que seguramente no es nada, pero hay que poner nombre y apellidos para poder hacer seguimiento” y así a primeros de enero me realicé la punción que recogí el día 21 de enero 2015. Es una fecha que ha quedado grabada en mi mente y difícilmente podré olvidar.

En aquel sobre que no pude resistirme a abrir ponía “compatible con carcinoma”. No soy médico, pero sabía lo suficiente como para saber que no eran buenas noticias.

Las emociones frente al cancer

Es increíble lo rápido que piensas, lo rápido que te haces preguntas, lo rápido que eres capaz de contestarte algunas y otras se quedan sin respuesta por más que te las formules una y otra vez, lo rápido que tomas decisiones, lo rápido que tu vida cambia.

Porque si, todo pasa en cuestión de segundos. Antes de abrir el sobre: “tranquila, no es nada” y segundos después tu vida da un giro vertiginoso, dónde la palabra cáncer significa muchas cosas a partes iguales: muerte, miedo, incertidumbre, quimioterapia, radioterapia, cirugía, sufrimiento… y además varios estados emocionales aparecen y a duras penas era capaz de gestionarlos: angustia, ansiedad, llanto, insomnio, falta de apetito…

Negación

Lo primero que pensé es: “esto no me está pasando a mí, se han equivocado, este sobre no es el mío”. Esta fase puede durar varios días, eres consciente de que lo tienes, de que tienes un diagnóstico de cáncer, pero yo personalmente no daba crédito a que me hubiera tocado a mí.

Siempre me había cuidado, no había fumado ni bebido nunca, comía sano o eso creía, había hecho deporte con cierta constancia a lo largo de mi vida (aerobic, spinning, natación, pilates…) y no podía evitar preguntarme ¿Por qué yo? Era una pregunta trampa para la que no tenia respuesta. Es una fase de negación.

Ira

La siguiente es de rabia y enfado, en mi caso, conmigo misma porque pensaba que a lo mejor lo podía haber evitado, y con el mundo, porque lo consideraba injusto. No podía reprimir el llanto, lloraba en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.

Mi mayor preocupación eran mis dos hijos que tenían en ese momento 8 y 9 años. A su corta edad, se sumaba el hecho de que estoy separada, y de alguna forma pensaba que si me moría ya no iba a poder transmitirles ni mis valores ni mis enseñanzas, y tampoco iba a poder verles crecer, y todo ello me sumía en una profunda tristeza.

Negociación

Era un sufrimiento desgarrador, me daba igual todo, lo único que quería era vivir hasta que fueran mayores de edad. Y eso fue lo que le dije al oncólogo: “haz lo quieras, pero tengo que vivir 10 años más”.

Por supuesto, en ese momento, te da igual si te tienen que hacer una mastectomía completa o el número de ciclos de quimioterapia o el número de sesiones de radioterapia, porque lo único que quieres es seguir viva. Todo lo demás, todo lo material, absolutamente todo: trabajo, coche, casa… queda en un plano insignificante.

Tuve la inmensa suerte de contar con el apoyo de mi pareja Jose Maria. El sentido del humor no lo perdí a pesar de la situación y recuerdo que le decía: “Cariño, vaya ojo clínico: separada, con dos hijos y con cáncer, ¿seguro que no quieres salir corriendo?”. Su respuesta: “estoy donde quiero estar, a tu lado”.

Tristeza

Para salir de esta fase, me ayudó una amiga, recuerdo perfectamente sus palabras: “Leyre, te doy dos o tres días más para llorar, luego se acabó, manos a la obra. Estás donde estás y eso no va a cambiar”.

Aceptación

Por último, llegó la aceptación. Aceptar que me había tocado y que ya solo me quedaba decidir cual iba a ser mi actitud y mi forma de relacionarme con la enfermedad.

El 4 de febrero, día mundial contra el cáncer, recuerdo que llamó un hombre a la radio, y comentó que ya iba por su tercer cáncer, y que había decidido que el cáncer vivía con él y no él con el cáncer. Me pareció una actitud muy inteligente y decidí hacerla mía. Durante el año de travesía que tenía por delante, el cáncer iba a vivir conmigo, pero en la medida de lo posible, iba a dar normalidad a mi existencia.

Mi trabajo iba a ser curarme, esa era mi prioridad. Iba a poner todos los ingredientes que estuvieran en mi mano para ser una paciente activa.

Era mi elección personal, mi camino y decidí trabajar en tres pilares: dieta, cuerpo y mente.

  • Por eso modifique mi alimentación y descubrí que comer sano era ir un paso más allá respecto a lo que hacía: desterré el azúcar y los alimentos refinados, incrementé la ingesta de fruta y verdura y disminuí la ingesta de proteínas, aumente el consumo de alimentos ricos en omega 3 y aumenté la presencia de grasas saludables.
  • Por otro lado, me apunté a yoga, me permitía trabajar el cuerpo y la mente. Elegí Bikram Yoga por estar próximo a mi domicilio y una vez comencé ya no paré, a día de hoy sigo practicando.
  • Es una meditación activa, donde se trabaja la aceptación, la paciencia, la fortaleza… El trabajo en la sala es individual, estás concentrado en el aquí y en el ahora, dando gracias por haber podido realizar un día más de práctica.

Además, cada vez que podía subía a la sierra de Madrid a hacer una caminata, porque lo importante era hacer ejercicio y llegar al objetivo que me había marcado, daba igual cuanto tiempo empleara en ello. Cada consecución de una meta que me había fijado me daba mucha fuerza mental, y me ayudaba a pensar en positivo. Si puedo con esto, puedo con lo siguiente.

Un año de quimioterapia

Durante el año de tratamiento, hubo altibajos. Momentos de agotamiento mental, de cansancio físico, sobre todo al final, cuando se me complicó el último ciclo de quimioterapia con un constipado que acabó en bronquitis, con una tos infernal que me producía vómitos y me impedía dormir y descansar.

Al finalizar el tratamiento, me sorprendió verme subida en un carrusel de emociones. Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en mi caso, lloré tanto o más que cuando recibí el diagnóstico. Supongo que ser consciente de por donde había pasado, sentir por un lado alegría porque todo había salido bien, pero otro lado miedo a que se volviera a repetir.

Lloraba y no sabia distinguir si era de felicidad, de tristeza, de rabia, de impotencia... Con el paso de las semanas, todo se fue colocando en su lugar, y seguir de baja medica sin tener que estar sometida al tratamiento, me dio un respiro para recuperarme anímicamente y comenzar a recuperar la normalidad.

Casi dos años después de la finalización del tratamiento soy capaz de recordar las personas que me acompañaron (familiares, amigos, médicos, enfermeros, jefe de la UCI, fisioterapeutas, doctora de medicina natural, psico-oncóloga, profesores de yoga…) y también soy capaz de recordar los sentimientos y emociones que me acompañaron.

A veces, el miedo llama a mi puerta, pero le doy poca conversación. Las revisiones se han ido espaciando, ya cada seis meses.

Hay experiencias que te dejan marcado de por vida y tener un cáncer de mama a los 38 años ha sido una de ellas. Aun así, me quedo con todo lo bueno, que ha sido mucho.

Doy gracias cada día por seguir viva, y por poder seguir disfrutándola, porque la vida es un regalo. Seguiré disfrutando del camino, de diez minutos en diez minutos y cuando lleguen los obstáculos, no quedará más remedio, que saltarlos con “amor, valor y sonrisas”.

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