Testimonio

‘‘La depresión ya no controla mi vida’’

Es difícil salir ileso después de sufrir una depresión profunda. Pero es posible seguir viviendo y hacerlo con renovadas convicciones y conocimientos.

Rafael Narbona

depresión no controla mi vida

24 de abril de 2018, 13:45 | Actualizado a

La depresión no suele avisar. Al menos, las primeras veces. Es cierto que notas tristeza, desánimo, pesimismo, pero todos hemos pasado por esos estados, sin atribuirles demasiada importancia, persuadidos de que serían transitorios.

La depresión es un árbol caído

Contar con antecedentes familiares puede ser una buena advertencia, pero casi siempre pensamos que las desgracias nunca nos afectarán, aunque se hayan encarnizado con seres queridos.

Las semillas de la depresión

Yo perdí a mi hermano a los veinte años, cuando se suicidó tras una vida llena de altibajos. Expansivo, afectuoso, brillante, de repente se volvía áspero, huraño y poco comunicativo, aislándose del mundo exterior. Jamás visitó a un psiquiatra o a un psicólogo. Nadie examinó su caso ni realizó un diagnóstico.

Hijo del primer matrimonio de mi padre, la tuberculosis le arrebató a su madre cuando solo tenía nueve años. Nos separaban veinte años. Conozco su infancia y juventud por los relatos familiares, que muchas veces no son la fuente más fiable.

Sé que era vulnerable, obsesivo, inconstante, pero esos rasgos convivían con un carácter seductor y afectuoso. De adulto, se hizo más reservado y distante, con cierta dureza en el trato que podía confundirse con arrogancia.

Yo recuerdo especialmente su voz, tan grave y profunda como la de mi padre, con el que mantuvo el inevitable enfrentamiento de la década de los sesenta, cuando incluso en España comenzaron a cuestionarse los pilares de la sociedad tradicional, profundamente represiva e intransigente.

Las raíces de la depresión

Entre el suicidio de mi hermano y mi primera depresión transcurrió algo más de una década. Yo también sufrí una orfandad prematura, pues mi padre murió de un infarto cuando yo me encaminaba hacia los nueve años.

Fui un adolescente conflictivo, con una aguda intolerancia hacia cualquier forma de autoridad. Mis notas fueron increíblemente irregulares; oscilaba del sobresaliente al suspenso más bochornoso. Experimentaba un placer incomprensible entregando los exámenes en blanco, sin molestarme en demostrar mis conocimientos, que me habrían garantizado una buena calificación.

Ahora pienso que me mortificaba a mí mismo, infligiéndome un sufrimiento irracional. Sentía mucha ira, casi como si mi padre me hubiera abandonado. Esa rabia se exacerbó con el suicidio de mi hermano, arrojándome a una espiral depresiva y autodestructiva.

Podría decir que mis fantasías suicidas empezaron en ese momento, pero mi mente ya llevaba un tiempo dándole vueltas a esa posibilidad, que yo percibía como una liberación.

La corteza de la depresión

En la universidad, inicié una relación de pareja que se ha prolongado hasta hoy. Mis notas mejoraron hasta el punto de conseguir una beca de investigación al finalizar la carrera. Me marché de casa para vivir con mi novia, comencé a contemplar la vida con más optimismo, publiqué varios artículos, pero una avalancha de calamidades acabó con la buena racha.

Mi compañera enfermó gravemente, la beca de investigación acabó sin que lograra plaza como profesor, mis publicaciones se estancaron, nos quedamos sin ingresos.

Algo se rompió en mi interior y los síntomas de la depresión se desencadenaron como una imparable catarata: insomnio, apatía, crisis de llanto, irritabilidad, problemas de concentración, desesperanza, fatiga, pérdida de autoestima, desinterés por el sexo, incapacidad para disfrutar de las cosas que hasta entonces me resultaban gratificantes, aislamiento social, sentimientos de fracaso e inutilidad.

Creo que sufrí algo parecido a un cuadro de anorexia, pues perdí el apetito y adelgacé veinte kilos en un mes, suscitando una comprensible alarma en las personas de mi entorno, que insistieron en que me hiciera toda clase de pruebas para descartar un cáncer o algo similar.

La depresión: cortar la vida

No he olvidado la noche en la que advertí con insoportable nitidez mi desmoronamiento emocional. Aficionado al cine desde niño, las películas se habían convertido en una válvula de escape. Lejos de refugiarme en comedias, prefería las historias dramáticas, con personajes atormentados y finales demoledores.

La felicidad ajena me parecía una experiencia muy lejana. Me sentía mucho más compenetrado con el sufrimiento, pues me hacía pensar que no me hallaba completamente solo, aislado en una vivencia que nadie podía comprender.

La buena estrella es una película de Ricardo Franco que narra la historia de un insólito triángulo amoroso compuesto por Rafael, un carnicero impotente (Antonio Resines), Marina (Maribel Verdú) y Daniel (Jordi Mollà).

Daniel y Marina son una joven pareja de marginados que viven en la calle cometiendo delitos para continuar su viaje hacia ninguna parte. No sin muchos conflictos, llegarán a convivir como una familia, pero Daniel, incapaz de adaptarse a una vida normal, se marchará y atracará un banco, lo cual le costará el regreso a la cárcel, donde ha pasado la mayor parte de su existencia.

Rafael acude a visitarle. Hablan en un locutorio, separados por un cristal que duplica sus imágenes, creando una atmósfera levemente irreal. Profundamente abatido y con aspecto desmejorado, Daniel comenta: “Esta vez han podido conmigo”.

Escuché esa frase sintiendo que reflejaba perfectamente el límite que yo había rebasado. Hasta entonces, había logrado recuperarme de mis estados de tristeza, pero lo que me sucedía entonces ya no era simple aflicción, sino un colapso que había desbordado mi tolerancia al sufrimiento.

Mis recursos para neutralizar los sentimientos negativos se habían desintegrado y mi mente solo contemplaba una salida: el suicidio. Sin embargo, el deseo de vivir no se había extinguido por completo y, aconsejado por la familia y los amigos, visité a un psiquiatra, con la esperanza de mejorar.

Frutos de la depresión

Mis primeras experiencias fueron desalentadoras, pues en los años noventa aún persistía la inercia de una psiquiatría represiva, que relacionaba la depresión con comportamientos antisociales o debilidad de carácter. El electrochoque se empleaba con relativa frecuencia y ningún seguro médico cubría la psicoterapia.

En el Hospital Gregorio Marañón, Enrique González Duró había encabezado durante la década de los setenta una reforma de la psiquiatría que había conseguido cambiar la mentalidad de una nueva generación de profesionales de la salud mental.

Sus discípulos habían asimilado las tesis de Ronald D. Laing, David Cooper, Thomas Szasz, pioneros de la antipsiquiatría, pero sin renunciar a los avances de la psicofarmacología.

Las ramas de la depresión

Cada vez parece más claro que se abusa de ansiolíticos, hipnóticos, antidepresivos y antipsicóticos. La angustia y la infelicidad se abordan como patologías, ocultando la inmadurez de nuestra sociedad para enfrentarse a los conflictos.

Un despido, una ruptura sentimental o la pérdida de un ser querido producen un sufrimiento real, objetivo, con síntomas semejantes a los de la depresión, pero pueden superarse sin recurrir a un arsenal farmacológico. Vivimos en una época medicalizada, que ha corroborado las hipótesis de Michel Foucault sobre la correlación entre el poder político y el control del cuerpo.

La “biopolítica” no es un invento del nazismo, sino una tendencia tan antigua como la civilización. Las religiones siempre se han disputado la regulación de los acontecimientos cruciales de nuestra dimensión corporal: el nacimiento, el amor, el sexo, la enfermedad y la muerte.

Se han convertido en sacramentos las experiencias vitales que señalan nuestro paso por la vida, asociando un significado político y religioso a vivencias que pertenecen a la esfera de lo estrictamente privado. El debate sobre el aborto, el matrimonio gay y la eutanasia revela que la política y la religión no renuncian a inmiscuirse en el terreno de los derechos individuales, luchando por administrar el cuerpo y sus emociones.

La sobremedicación es otra faceta de esta cuestión en absoluto trivial. La proliferación de diagnósticos en el ámbito de la salud mental, que se ha multiplicado hasta el absurdo, se mueve en la misma dirección, pero la conclusión no es que la medicación es innecesaria. Simplemente, es una herramienta que puede ser de enorme valor, pero solo si se emplea con responsabilidad y moderación.

Hojas caídas

He hablado de mis psiquiatras en Miedo de ser dos (Minobitia), un libro parcialmente autobiográfico sobre mi lucha contra la enfermedad. No puedo añadir nada que no dijera entonces. Solo quiero relatar que todo se complicó cuando la tristeza retrocedió para abrir paso a un cuadro de agitación o manía.

Al tocar fondo, mi mente dio una patada y salió disparada hacia arriba, pasando de la apatía a la hiperactividad. No dormía más de tres o cuatro horas, ideaba un proyecto disparatado tras otro, hablaba sin parar, corría en vez de caminar.

La excitación desapareció bruscamente y retornó la depresión. Agotado, confuso, completamente desorientado, no lograba comprender lo sucedido hasta que una intuición arrojó algo de luz. Recordé los Diarios de la escritora Sylvia Plath, que comienzan con una frase terrible: “Sé que nunca seré feliz, pero esta noche estoy contenta”.

Aunque Ted Hughes eliminó muchas páginas de los Diarios de su ex mujer, lo que se conserva muestra con elocuencia los cambios de humor de la escritora norteamericana, víctima de una inestabilidad creciente que desembocó en un trágico suicidio.

El 11 de febrero de 1963, con solo treinta años, Sylvia preparó el desayuno a sus dos hijos, de corta edad, y a continuación hundió la cabeza en el horno de la cocina, abriendo las espitas de gas. Mi hermano utilizó el mismo método.

Es un detalle casual, pero detrás de ese gesto había una fatalidad común, que antes se llamaba psicosis maniaco-depresiva y que hoy se denomina trastorno bipolar. Hablé con uno de mis psiquiatras y le comenté que tal vez yo también era bipolar.

La recurrencia de la depresión y una segunda crisis de manía confirmaron que no me había equivocado. En 2006, intenté suicidarme con una sobredosis de pastillas, pero los médicos del Hospital Universitario La Paz evitaron que emprendiera un viaje sin marcha atrás.

En los años posteriores, mejoré ligeramente. La manía amagaba golpes, pero eran fogonazos efímeros. En cambio, la depresión persistía. Aparentemente, la tristeza se había vuelto crónica. Ni las pastillas ni la psicoterapia lograban sacarme de un estado de abatimiento permanente.

Una amiga me recomendó que probara con la meditación. Respondí con escepticismo, pero finalmente accedí. En un centro de salud, una enfermera organizaba sesiones de meditación con pacientes que sufrían distintos trastornos de la personalidad.

Podando la depresión

Durante la primera sesión, me sentí cómodo. Tumbado en una colchoneta aprendí a percibir mi cuerpo como un abanico de posibilidades y no como un conjunto de molestias. Primero relajaba las distintas partes de mi cuerpo,
hasta convertirlas en una presencia ligera; después, relajaba la mente, lo cual significaba convivir con los pensamientos negativos, sin desembocar en la angustia.

No podía reprimir ciertas ideas o recuerdos, pero los dejaba estar, contemplándolos como una parte de mí, que debía asimilar, sin permitir que me hicieran daño. Eran un aspecto de mi vida, algo que no podía suprimir, pero no debían ocupar un lugar desmesurado en mi mente, ahogando mi deseo de felicidad.

Durante la meditación descubrí la existencia de un maestro interior que me ayudaba a relacionarme conmigo mismo de una forma distinta y más indulgente. Mirar hacia dentro no es nada fácil. Al principio, sientes que buceas en aguas turbias, pero poco a poco surge la claridad, depositando las partículas más oscuras en el fondo, que actúa como un lecho acogedor donde el dolor se transmuta en serenidad.

Un nuevo árbol en el jardín

No he superado por completo la tristeza ni los picos de euforia, pero ya no controlan mis actos. Simplemente, me acompañan. No marcan el rumbo. Caminan detrás de mí. No son un lastre, sino las estaciones por las que ha pasado mi vida. Sin ellas, no sería quien soy.

El dolor nunca es deseable, pero se puede reelaborar hasta transformarlo en una perspectiva más inteligente y esperanzadora del asombroso hecho de vivir. Durante mucho tiempo, pensé que eso era imposible, pero mis heridas se han apaciguado y la desesperación solo es un lejano recuerdo.

No estoy completamente curado, pero si vuelve la depresión, ya no seré una frágil embarcación expuesta a una tormenta, sino un árbol que soporta el vendaval gracias a que ha profundizado y fortalecido sus raíces.

Nadie nos enseña a educar nuestras emociones, pero debería ser una prioridad desde la escuela. Educar las emociones no significa aprender a resignarse, sino a luchar por la felicidad, especialmente cuando las circunstancias se vuelven adversas.

Muchos poetas han comparado la vida con un huerto. Nuestra obligación es cuidarlo con atención para que nunca se extinga su belleza y pueda sobrevivir a los inviernos más hoscos y fríos.

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