Testimonio

Profesores: desaprender para enseñar

"Aprendí a dar golpes sobre la mesa para buscar silencio, a no tener en cuenta las emociones de los niños, a acumular angustias...Y decidí escapar; desaprender"

Ricardo Román Chacón

profesores desaprender

19 de julio de 2017, 13:10 | Actualizado a

Ingresé en la Universidad, como un adolescente más, siguiendo un camino que parecía encumbrarme a un lugar brillante de la esfera social. Un lugar a donde iba aprender una profesión para desempeñar el resto de mi vida. Un lugar donde era más importante la “nota de corte” que la pérdida con la que se enfrentaba una decisión tan trascendente.

Por suerte, la intuición me llevó al mejor sitio donde jamás hubiera soñado ir, la educación. Decidí matricularme en Pedagogía y comenzaron cinco años de carreras y maratones, de exámenes sin sentido, estrés, trabajos y búsqueda de estrategias para saltar los obstáculos que nos ponían. Un tortuoso camino hasta llegar a la ansiada meta del “aprobado”.

¿Soy un "buen profesional" de la educación?

En la universidad aprendí a ceder ante quien me hacía perder el tiempo, a obedecer instrucciones sobre cómo y qué estudiar, a ver competiciones por las notas más altas, las mejores becas o las matrículas de honor. Sin embargo, en las grietas de aquel lugar también encontré gente que me hizo crecer en aspectos más profundos.

Entendí que la educación es una actividad constante en la vidas, es un elemento esencial y con fuerza para el cambio

Cuando terminé la carrera, ejercer ya se había convertido en un bosque bastante oscuro, y buscar oportunidades para recién licenciados era como una noche negra sin nada para abrigarse. Aun así, conseguí experiencias y transité por espacios donde pude hacer prácticas.

Acumulé angustias y aprendí cada vez más y mejor a ser correcto y un “buen profesional de la educación”

Registré cómo hacer una adaptación curricular, sin nunca preguntarle a aquella alumna cómo se sentía. Colaboré en itinerarios profesionales sin conocer a ninguno de esos chicos a los que le estaba aconsejando que eligieran un camino u otro...

Y con el tiempo, aprendí a dar golpes sobre la mesa para buscar silencio, a presionar para terminar un sinfín de actividades en menos de una hora, a que mis compañeros vieran que yo podía hacer que los alumnos me respetasen (me temieran).

Y, sobre todo, a no tener en cuenta las emociones de los niños con las que compartía aquellos espacios, ni las mías propias. Les enseñé a no ser críticos y a no dudar de las órdenes adultas. Repetí eso que tanto me dijeron durante todo mi camino: “¡Hay que hacerlo porque sí!”.

Pero llegaron las dudas y la sensación de incoherencia como una lluvia incesante

Sus preguntas eran las mías propias y su incomprensión se fue transformando en la mía también. ¿Para qué hacer caso a esos libros de texto? ¿Por qué tantos deberes para hacer en casa? ¿Para qué portarse bien? ¿Por qué ellos no podían hacer tantas cosas que los adultos sí?

Y de repente me encontré en un callejón sin salida, quería hacerlo diferente, pero no sabía cómo... Desconocía cómo dejar que fueran más autónomos cuando cargaban con tanta presión desde la estructura escolar. Ni yo contaba con la libertad para hacerlo dentro de esos espacios.

Para mí era un gran interrogante: cómo podía dejarlos experimentar, probar a ser ellos mismos

Decidí escapar y salir a buscar formas nuevas de poder sentirme más libre, más coherente, más respetuoso con mis procesos y con los de ellos. Y la vida, que teje muy fino a veces, me regaló la oportunidad de poder acceder a un espacio donde parecía estar todo aquello que yo quería descubrir.

Descubrir la otra educación

El documental La educación prohibida y el colectivo Reevo en Buenos Aires, Argentina, me permitió adentrarme en el mundo de las pedagogías alternativas. Desde Reevo he podido formar parte de un proceso de investigación, mapeo, conocimiento y difusión de proyectos y propuestas que se han ido almacenando en su página y desde donde hemos tratado de compartirlas al resto del mundo.

A partir de mi participación dentro del proyecto Reevo, tuve la suerte de ser convocado para formar parte de un “espacio respetado” con niñas y niños desde dos años de edad hasta cuatro. Ahí sí sentí que podía entender muchas cosas.

Nunca había trabajado con niños tan pequeños y no podía imaginarme que una experiencia así me enseñaría más que mis cinco años de universidad

Empecé comprendiendo de qué se trataba el concepto de “espacio cuidado” y llegué a la conclusión de que cuidar un espacio supone poner a disposición de los que lo transitan la máxima disponibilidad. Es decir, desarrollar la atención y la observación para saber cuándo necesitan que saques un material, que guardes otro o que simplemente dejes el espacio vacío para que lo transiten con libertad.

No hay parámetros estadísticos para medir las energías de los niños y conocer qué están necesitando, solo se puede mirar con mucha atención y poner el cuerpo para conocerlos y ayudarles para que sean los soberanos de ese lugar.

La primera infancia te interpela de una forma salvaje y genuina, te alegra y te emborrona los días

Porque poner el cuerpo para acompañar es también dejarse atravesar por sus etapas, por sus preocupaciones, por sus miedos tan genuinos, tan transparentes.

Comprender la importancia del respeto por el cuerpo de los otros, saber no invadirlo, pidiendo permiso para acercarte, para cambiarles un pañal, para abrazarlos o besarlos y, sobre todo, para aceptar su negativa.

Vulneramos las libertades de los niños con frecuencia, con tanta, que no nos percatamos de la insistencia con la que esto pasa

Los niños, a veces, tienen miedo de tener un hermano, de quedarse solos. O tienen alegría de encontrarse con los amigos que quieren, pasión cuando escuchan un cuento, entusiasmo cuando bailan todos juntos... y todo eso no puede hacer otra cosa que llevarte a tu historia.

Trabajar con esta etapa fue abrir mi caja de la infancia, encontrarme mis miedos y mis angustias guardadas en una cajita de “Buen Pedagogo” que la Universidad nunca pudo aprobarme ni desaprobar.

Acompañar la primera infancia me enseñó sobre la maternidad, la paternidad, el feminismo y la necesidad de construir redes

Desde entonces no he podido ver el concepto de “educación” de la misma manera. Poner el cuerpo para acompañar fue un lugar del cual no he podido, ni he querido, volver.

Lo que aprendí en el camino

  • La desconexión y la tristeza. Durante un tiempo fui incapaz de reconocer mis emociones cargadas de pesares por mi desarrollo en el mundo educativo. Pasé tiempo esforzándome por ser un “buen profesional” sin tener en cuenta el peso que le causaba a mi propio cuerpo este trabajo.
  • Todo en uno. Siempre concebí mi vida separada como por parcelas. Lo profesional a un lado, lo personal a otro... Como si ambas cosas no tuvieran nada que ver.
  • A mirar más profundo. Entender que las emociones y los procesos individuales son factores esenciales de cualquier proceso humano. Esto sirvió para poder desarrollar mi mirada y no volver a construir nada sin poner los cuidados en el centro de cualquier acompañamiento educativo.
  • No estoy solo. Construir en colectividad es una apuesta enorme hoy en día, pero el camino es hacerlo pudiendo reconocernos y entendiendo nuestros propios límites y los del resto.

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