Camino con árboles florecidos

Búsqueda vital

La felicidad es más paz interior que alegría

La felicidad no se parece a la risa, no tiene tanto que ver con llegar a algún lugar, sino con seguir el rumbo que da sentido a nuestra vida

Jorge Bucay

Hace ya diez años, cuando estaba a punto de publicar el cuarto libro de la serie de hojas de ruta, una gran amiga, escritora y cuentacuentos, Vivi García, me mandó un relato de su autoría que quizá no de casualidad hablaba sobre ser feliz y abre el texto de El camino de la felicidad.

El maravilloso relato es este:

Una tarde, hace muchísimo tiempo, Dios convocó a una reunión. Estaba invitado un ejemplar de cada especie. Una vez reunidos, y después de escuchar muchas quejas, Dios soltó para cada quien una sencilla pregunta:“Si pudieras elegir, ¿qué te gustaría ser?”

Cada uno de los presentes respondió sin tapujos y a corazón abierto:

La jirafa dijo que le gustaría ser un oso panda. El elefante pidió ser mosquito. El águila, serpiente. La liebre quiso ser tortuga; y la tortuga, golondrina. El león rogó ser gato; y la nutria, carpincho. El caballo, orquídea. Y la ballena solicitó permiso para ser zorzal...

Le llegó el turno al hombre, quien incidentalmente venía de recorrer el camino de la verdad. Este hizo una pausa, y esclarecido exclamó:“Señor, yo quisiera ser... feliz.”

Una maravillosa síntesis que en la belleza de su poesía dice casi todo lo que deberíamos saber acerca del gran desafío de ser feliz.

¿Qué es la paz interior?

Nos hace saber que la felicidad nada tiene que ver con el deseo de dejar de ser lo que cada uno es, sino, por el contrario, con ser auténticamente uno mismo.

Nos hace saber que el camino que conduce a la deseada felicidad comienza siempre con la propia decisión de ser feliz, asumiendo la responsabilidad de esa elección.

Nos abre los ojos, finalmente, a una verdad incuestionable: pocas cosas existen más deseables e importantes en esta vida que el deseo de ser feliz.

Si nos dijeran que podemos hacer realidad un solo sueño, ninguno sería más apropiado que el deseo de ser feliz

Muy lejos de la maravilla de este relato de Vivi queda, para los que no tenemos el don de la poesía, explicar con nuestras aprendidas palabras el sentido que hoy damos a la tan buscada felicidad.

La responsabilidad cuesta

Cada vez que digo frente a un grupo, sean amigos, colegas o pacientes, que irremediablemente somos responsables de nuestra felicidad y, por añadidura, responsables de cómo nos va en la vida, escucho el murmullo de desacuerdo de algunos de los presentes y el reclamo protestón de casi todos los demás.

Algunas veces, quizá solo para provocar el debate que mucho me interesa, me animo a preguntar, casi sabiendo la respuesta:

—¿Qué sucede? ¿No están de acuerdo?

Con algo de duda y mucho de cortesía, la respuesta siempre es la misma:

—Sí… Bueno… de alguna manera…

Y yo, como siempre, leo en esa respuesta “diplomática” que, más allá de sus dudas, creen que no, pero saben que sí.

Y es que todos sabemos, aunque nos duela aceptarlo:

Por acción o por omisión, por decisión previa o posterior, por dejar pasar o por haberlo producido, siempre somos parte de lo que nos sucede

Pero claro, es muy duro aceptarlo; así, sin peros... tal vez sea porque esta declaración de involucración inapelable nos confronta con la responsabilidad de cambiar lo que no está bien… y no solo en nuestro microcosmos, sino en la vida de todos y todo el tiempo.

Quizá asumir de plano tanta responsabilidad nos obliga a aceptar cierta complicidad en cada una de nuestras frustraciones. Nos duele, nos molesta, nos irrita y nos subleva que las cosas no sucedan como soñamos, como deseamos, como deberían suceder o como nos convendría que sucedieran.

En la vida real, la de todos los días, a pesar de nuestra queja, las cosas difícilmente salen exactamente como deseábamos, y cuando se asemejan a eso, no ocurren en los plazos que habíamos imaginado.

Nuestra actitud vital y la felicidad

La duda, la indecisión y el miedo nos frenan demasiado a menudo para poder actuar adecuadamente ante la realidad a la que nos enfrentamos.

Por si fuera poco, a nuestro alrededor están “los demás”, que, con todo derecho, están persiguiendo sus propios sueños, no siempre deseosos de colaborar con nosotros. Por no hablar de los que están prolijamente abocados a boicotear los sueños ajenos.

Muchas veces, la posibilidad fáctica de que nuestro deseo se cumpla en este momento es prácticamente nula. Lo cierto es que, en el mundo de lo cotidiano, siempre encontraremos dificultades, obstáculos y limitaciones para hacer realidad un sueño, cumplir un deseo o, simplemente, poder seguir nuestro camino sin perder el rumbo.

Tendremos que elegir cada vez más conscientemente entre dos actitudes:

Culpar al exterior y esperar que cambie, o hacernos partícipes de la frustrante realidad y ser cómplices de ese cambio. Es decir:

Asumir la responsabilidad de actuar en coherencia con mis deseos trabajando activamente, afrontando el coste y el riesgo que conlleva el camino

La tradición de todos los pueblos encierra su sabiduría y nos la lega en costumbres, en maneras de actuar, en leyendas y en frases que nos siguen sorprendiendo por nuestro prejuicio y tendencia a despreciar lo primitivo, negando que de allí venimos y que eso somos.

  • Los indígenas de toda América adoraban la fuerza de la naturaleza y cantaban alabanzas al Sol, a la Luna, al Viento… A ellos imploraban una buena cosecha, un invierno benévolo o el favor de los vientos para que los llevaran a las costas más prósperas. Confiaban en sus favores con devoción; sin embargo, no dejaban de esmerarse para que esos dones pudieran manifestarse en toda su plenitud.
  • Los araucanos, en el Sur más al sur de latinoamérica, creían que los dioses premiaban a los que limpiaban perfectamente la tierra de malezas y a los que trazaban los surcos del arado en perfecta simetría. La recompensa divina consistía en hacer más abundante la cosecha.
  • El pueblo sufí, muy lejos geográficamente, pero no tanto conceptualmente, con mucha sensatez, recomienda a cada uno de sus hombres: “Confía mucho en dios... pero ata tú mismo a tu camello”.
  • Los indios sioux también tienen una frase a la que vuelvo una y otra vez y que compartió conmigo un hombre orgulloso de su raza en Estados Unidos:

“Siempre será más fácil fabricarse un par de sandalias que querer tapizar de piel el camino”

Tal vez no importe la secuencia de los hechos, pero es evidente que la más efectiva de las tareas se lleva muy bien con el tiempo que le dedicas, con el interés que despierta en ti y con tu mejor aprendizaje o habilidad en el uso de las mejores herramientas.

Más parecida al bienestar interior

No se trata de perseguir lo que no tenemos ni de fantasear sobre lo felices que seríamos si lo consiguiéramos. Se trata de comprender de una vez para siempre que la felicidad depende de lo que sucede de la piel para adentro, mucho más de lo que ocurre de la piel para afuera.

Deberíamos recordar cada mañana que ser feliz no está necesariamente relacionado con la risa, la alegría, el baile o el festejo (aunque los que nos sabemos felices, ciertamente nos reímos más, festejamos la vida y estamos casi siempre dispuestos a compartir con los demás el placer de la vida danzando y cantando).

Para mí y para muchos de mis maestros, la felicidad se parece más a la paz interior que a la alegría, no tiene tanto que ver con llegar a algún lugar, sino más bien con seguir adelante en el rumbo de aquello que da sentido a nuestra vida; no está relacionado con lo que logramos, sino con la certeza de no estar perdido.

Estas pocas palabras quizá puedan aclararnos por qué la felicidad la encuentra cada uno en su propio y personal camino y por qué es tan difícil que mi rumbo coincida al cien por cien con el de otros. Qué bueno sería aprender y aceptar que aquellas decisiones que me permiten, quizá, sentirme el más feliz de los mortales pueden no ayudar a otros a sentirse felices ni siquiera por un momento.

No podemos hacer felices a otros, y nadie puede hacernos felices. Nadie puede hacer por ti lo que solo tú puedes hacer por ti

Y una de esas cosas es ocuparte de ser feliz. En mi propio camino me encontré un día con este pequeño texto que hoy evoco para terminar esta nota:

"Con todo lo que tenía salí un día a comprar un final feliz, pero como no encontré ninguno que me llenara por completo, decidí invertirlo todo en comprarme un nuevo comienzo."