como te transforma un hijo

Aprender de los hijos

Nace un hijo y te cambia la vida.¿Hasta que punto?

Llega y arrasa con todo.Crees que estás preparado, pero nada te cambia tanto como la llegada de un hijo. En un instante, pasas a ser responsables de ¡otra vida! y nace una persona nueva: una madre. Y un padre.

Carlos González

En el largo viaje que emprendemos en la vida, no hay aventura más memorable que tener hijos. Yo, al menos, no he vivido nada más importante.
 Y es algo que te coge por sorpresa. Habías imaginado otros puntos culminantes en tu vida; pensabas que todo cambiaría al acabar los estudios, al encontrar el primer trabajo, al enamorarte, al comprar un piso, al llegar a jefe de lo que sea. Algunas de esas cosas llegan y pasan, pero la vida sigue más o menos igual.

De pronto, sin dar aviso ni cuartel, un hijo irrumpe en tu vida con la potencia devastadora de un huracán, derriba tu autocomplacencia, arrasa tu rutina, colma tus esperanzas... Se limpia la atmósfera y bajo el cielo inusitadamente azul se alza una persona nueva: un padre.

Cómo te transforma tener un hijo

Como pediatra, he conocido a muchos padres de veinte años y a algunos de menos, y siempre me ha sorprendido comprobar que el simple hecho de haber tenido un hijo les cambia de golpe. Ayer eran adolescentes despreocupados y hoy, padres responsables.

En cada parto nace una madre

Gro Nylander, una obstetra noruega, comentando un antiguo proverbio, “en cada parto nace una madre”, sugiere que para que nazca un padre hacen falta dos o tres partos. Y es que el padre cambia, pero el efecto sobre la madre es espectacular.

Aunque algunasestén asustadas por la responsabilidad que se les venía encima, llegado el momento, todas salen adelante de una forma u otra

Lleva al niño en brazos, lo alimenta, lo baña, lo viste. Continuamente toma decisiones sobre la alimentación, la salud y la educación de su hijo. Es capaz de ir al médico con quejas tan inespecíficas como “desde ayer lo noto un poco raro”, ¡y muchas veces tiene razón!

Madre 24 horas al día

No estoy diciendo que, mágicamente, lo sepan todo y lo hagan todo bien, pero se produce un cambio de actitud. Ningún estudio, ninguna profesión, exige una dedicación de 24 horas. El niño sí y la madre lo asume. No sale huyendo, no se derrumba.

De algún rincón de su mente saca los recursos necesarios para encargarse de todo. La que era dormilona, ahora se despierta a media noche, la despistada se acuerda de todo, la indecisa toma decisiones, la tímida se hace respetar por el pediatra y la nerviosa muestra una inagotable paciencia.

Superpoderes para padres

Pocas horas o días después del parto, la madre es capaz de reconocer a su hijo en las más variadas circunstancias: puede reconocer su foto entre otras fotos de bebés, puede reconocer su llanto y distinguirlo de otros llantos, puede distinguir a su hijo de otros bebés con los ojos vendados, mediante el olfato o mediante el tacto. El padre también aprende pronto a reconocer a su bebé con los ojos cerrados, pero le cuesta un poco más.

Estamos sintonizados

Los padres de un niño pequeño se despiertan en medio de la noche al más mínimo ruido. No hace falta ni que el niño llore; basta con un movimiento, un quejido, un estornudo, y ya el padre oye cómo su esposa entona, semidormida, una cantinela tranquilizadora, “ea, ea, ea”.

Si el niño se tranquiliza rápidamente, los padres también; no llegan a despertarse del todo y no recuerdan el incidente por la mañana. Pero si de verdad es necesario, en pocos segundos estarán completamente despejados.

Con los años, muchos años, cuando ya confías en que tus hijos podrán arreglárselas para pedirte ayuda si pasa algo gordo, dejas de escuchar sus toses o si se dan vuelta en la cama y vuelves a dormir como un tronco.

Adiós pareja, hola familia

Hace un tiempo visitábamos un piso en venta y el vendedor insistía en mostrarnos una de sus grandes ventajas: un largo pasillo que separaba los dormitorios del salón. “Cerrando esta puerta, os aisláis; los niños tienen allí sus juegos y vosotros podéis hacer vida de pareja.” Lo repitió cuatro o cinco veces, y mientras asentía educadamente no pude dejar de pensar: “este hombre no tiene hijos”. No salíamos de nuestro asombro, “¡Vida de pareja!”. ¿Quién quiere hacer vida de pareja cuando ya no es pareja sino familia?

El caso es que, durante muchos años, no concibes la vida sin tus hijos. Bastante nos separan el trabajo y la escuela; los ratos de ocio son para disfrutarlos juntos. Durante años solo vas al cine a ver películas de Disney, solo vas al teatro a ver payasos y de las ciudades que visitas en vacaciones, conoces mejor los parques, en cuál hay buenos toboganes, y en cuál patos a los que echar pan.

Los niños crecen, por supuesto, y se independizan. Un domingo se van a pasear con sus amigos, o quieren pasar la tarde tranquilos y os echan al cine. La vida de pareja vuelve, en cierto modo, pero no porque has dejado a tus hijos tras una puerta cerrada, sino porque se han ido por una puerta abierta.

Lo que nos enseñan nuestros hijos

Todos los padres acaban creciendo con los hijos. Al igual que ellos nos imitan y aprenden de nosotros, nosotros podemos también aprender mucho de ellos cada día, dejándonos impregnar de su sabiduría innata.

Ponte en su piel

¿Qué sentías cuando eras pequeño y te regañaban por no haber recogido los juguetes? ¿Qué hacías cuando te castigaban o no se tenía en cuenta tu opinión? ¿Qué pensabas a la edad que tiene tu hijo? Hazte a menudo estas preguntas para ponerte en la piel de tu hijo: te ayudará a comprender mejor sus reacciones y renovar tu perspectiva ante los conflictos que puedas tener con él.

Sigue su ritmo

Aunque en el día a día su lentitud a veces te exaspera o no coincide con tus ritmos de adulto, también puedes aprender mucho de tu hijo siguiendo su ritmo, sin duda mucho menos acelerado. A ellos –y en esto son mucho más sabios que nosotros– no les importa el reloj y difícilmente se dejan presionar por las prisas.

El tiempo sólo cuenta para pasarlo bien. Dejar espacios en los que puedas hacer como ellos en este sentido te ayudará a eliminar estrés.

¡Vamos a jugar!

Tener un hijo es, en buena medida, recuperar la capacidad para jugar. Cualquier actividad, por simple que sea, se convierte para ellos en diversión y en una nueva ocasión para disfrutar. Déjate contagiar por su entusiasmo y, aparcando la vergüenza, acompáñales en sus juegos sin complejos.

Artículos relacionados