Equilibrio emocional

Resuelve tus problemas sin perder la calma (en 3 pasos)

Abordar los conflictos con tranquilidad evita que te desgastes física y psíquicamente. Descubre qué actitudes te lo están impidiendo.

Laura Gutman

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9 de octubre de 2018, 17:26 | Actualizado a

Los obstáculos en la vida cotidiana son más frecuentes de lo que creemos y están presentes desde el primer aliento. De hecho, apenas nacemos, nos encontramos ante varios desafíos: respirar, regular la temperatura, digerir, excretar y manifestar nuestras necesidades con escasos recursos.

A medida que vamos creciendo, nuestra interacción con nuestra madre o con las personas que se ocupan de nosotros, la exploración de nuestro entorno, el contacto con nuestro cuerpo, las limitaciones a la hora de hacernos entender, la urgencia por satisfacer nuestras necesidades básicas, los miedos frente a la ausencia del otro o la inmensidad que nos rodea nos obligan a desplegar mecanismos para desafiar dificultades gigantescas.

Más tarde, el despliegue de nuestra infancia, adolescencia y juventud es una suma de periodos de ensayos y errores, es decir, de confrontaciones con contratiempos cada vez más importantes, ya que el desarrollo de nuestras habilidades simplemente aumenta. Una vez que somos hábiles en una cuestión determinada, aparece un desafío mayor.

¿Qué es un problema?

En definitiva, ¿qué consideramos un problema? Va a depender de la proporción que hay entre una contrariedad cualquiera y las habilidades con las que contamos para solucionarlo.

Para un niño pequeño, salir solo a la calle con la intención de buscar a su madre en su lugar de trabajo es un inconveniente mayúsculo. Sin embargo, para un adolescente o un adulto, no significa gran cosa.

Esto nos ofrece una perspectiva interesante: si nos encontramos frente a un obstáculo, tendríamos que evaluar si contamos con los medios suficientes para poder abordarlo o si necesitaremos ayuda externa.

Es verdad que es fácil decirlo y difícil hacerlo. ¿Por qué? Porque los inconvenientes suelen provocarnos angustias, furias, miedos o fantasías que a veces poco tienen que ver con la realidad externa y mucho tienen que ver con experiencias emocionales. Es decir, es probable que contemos con más recursos de los que creemos para solucionar los problemas que nos aquejan.

7 formas de enfrentarse a los problemas... que no te acercan a la solución

Hay actitudes automáticas que no favorecen la reparación de nuestras preocupaciones pero que sin embargo utilizamos sin pensar:

  1. Nos hundimos sintiendo que la dificultad es inconmensurable, sin detenernos a analizar cuál es la verdadera dimensión de la cuestión.
  2. Confrontamos ciegamente, bajo una descarga instantánea, sin tomar en cuenta si el acontecimiento lo merece.
  3. Nos ofuscamos queriendo tener razón a toda costa sin tomar en cuenta lo que le pasa al otro o sin percibir las aristas que puede tener un acontecimiento determinado.
  4. Preferimos hacernos los distraídos, confiando en que alguien se hará cargo o bien que los inconvenientes desaparecerán por arte de magia.
  5. Otra actitud parecida es la de minimizar los problemas, quitándoles importancia con la esperanza de no sufrir, encomendando la resolución a un futuro incierto.
  6. También es posible que algunos de nosotros echemos la culpa a los demás, desligándonos de ciertas cuestiones que tal vez hemos contribuido a organizar.
  7. Otros –quienes tenemos suficiente fuerza vital– batallamos en un continuum de peleas interminables sin por eso lograr desenlaces satisfactorios.

En fin, hay miles de maneras poco felices de reaccionar frente a los contratiempos que nos succionan hacia una espiral de desencuentros y temores incrementando esos problemas que pretendíamos superar.

Tres trucos para mejorar tu forma de resolver conflictos

Sin embargo, ¿cómo podríamos afrontar los conflictos con sensatez, equilibrio, compromiso y prudencia? Y sobre todo, ¿cómo podríamos lograr resultados satisfactorios sin nervios ni estrés desmedidos, especialmente cuando no vale la pena? E incluso, ¿cómo vivir superando desafíos que nos permitan madurar y aprender, sin desplomarnos en crisis excesivas?

1. Date tiempo

En primer lugar, sería oportuno que pudiéramos otorgarnos un lapso de tiempo para reflexionar. A veces se trata de cinco minutos. La diferencia entre reaccionar en automático o respirar unos instantes pidiendo unos segundos de prórroga para pensar desvanece las urgencias. De hecho, las supuestas urgencias casi nunca son tales. Salvo un accidente o un acto violento y repentino, nuestras problemáticas no cambian si dilatamos un momento las decisiones.

Respirar y ejercitarnos en la costumbre de decir “necesito pensar un instante” logra maravillas. Resulta increíble cómo podemos apaciguarnos, tranquilizar a nuestro interlocutor –si lo hay–, despejar la mente y lograr un bienestar imperceptible pero eficaz. Podemos hacer la prueba en cualquier momento del día, y constataremos que funciona.

Tus problemas no cambian si dilatas un momento la decisión que vas a tomar.

El hábito de tomarse unos minutos para respirar nos ofrece otra ventaja: podemos adquirir una mirada más ampliada de la cuestión. En la inmediatez, observamos acontecimientos acotados. En cambio, en el desarrollo del tiempo, conseguimos amplificar los sucesos y, en consecuencia, aparecen márgenes no tenidos en cuenta con anterioridad. En esos bordes suelen manifestarse soluciones o arreglos que estaban disponibles, listos para ser descubiertos.

Evitar la prisa nos acerca a nuevas perspectivas

Por ejemplo: tenemos muy mala relación con un compañero de trabajo, al punto que estamos decididos a buscar otro empleo. Sin embargo, las opciones que aparecen nos obligarían a mudarnos de ciudad, y eso sería un inconveniente para toda nuestra familia.

Nos estresamos, nos angustiamos, nos enfurecemos y nos enfermamos creyendo que no hay solución para nuestro calvario. Estamos enfrascados en el problema y nuestra desdicha crece día a día.

¿Cómo podríamos ampliar la mirada sobre esta cuestión? Con una actitud abierta y sensata, analizando más factores que aquellos que hemos tomado en cuenta. Reflexionar te ayuda a encontrar las mejores soluciones para actuar a favor de todos y de ti mismo.

Por ejemplo –frente a la persona con quien estamos en conflicto– respirar, calmarnos y proponerle una conversación honesta con testigos para hablar francamente sobre los orígenes de nuestros desacuerdos. Sin pretender tener razón. Sin lastimar ni desacreditar al otro. Solo compartiendo lo que nos pasa y estando dispuestos a escuchar lo que le pasa al otro.

Posiblemente nuestros desacuerdos continúen, pero en esa conversación aparecerán opciones, cambios de horarios, propuestas para dividir las tareas o pedidos de ayuda a otros trabajadores para destrabar el conflicto.

Espontáneamente, cuando retomamos el control de nuestras vivencias internas y no perdemos energías en padecimientos exagerados, suelen ocurrir hechos mágicos: la persona que tanto nos daña está a punto de viajar al extranjero porque ha recibido una oferta laboral que le interesa. Estas cosas suceden en la vida diaria, siempre y cuando nos relajemos, confiemos y dirijamos nuestras intenciones hacia el bien común.

2. Pide ayuda

Hay otra cuestión a tener en cuenta: no estamos solos. Pedir ayuda es una demostración de humildad y benevolencia. Claro que una cosa es buscar aliados que nos den la razón y nos cieguen aún más y otra cosa es admitir miradas diversas, aceptar puntos de vista distintos que nos devuelvan un abordaje más profundo y verdadero respecto a aquello que nos preocupa.

Contar con amigos dispuestos a ayudarnos es un regalo del cielo. O tal vez es una respuesta acorde a la amistad que también nosotros somos capaces de ofrecer.

Por eso frente a ciertos obstáculos, tengamos la precaución de compartirlos con nuestros buenos amigos, para sumar pensamientos, reflexiones o ideas que nos puedan facilitar la resolución de nuestros dilemas.

3. Deja de quejarte

También es indispensable abandonar las quejas. Los lamentos no hacen más que profundizar nuestras penas en lugar de buscar soluciones fáciles a asuntos difíciles.

Si estamos apegados al descontento, no será fácil abandonar esa costumbre. Entonces podemos anotar en la agenda momentos en el día para meditar en silencio, dirigiendo nuestra mente con el propósito de encontrar caminos certeros para solucionar o al menos mejorar aquello que nos preocupa.

Todo problema tiene una solución. Pero estamos tan enfrascados en nuestras heridas que no levantamos la vista.

No observamos el horizonte ni percibimos la multiplicidad de colores. Pero están allí, dispuestos para quien quiera utilizarlos.

Por otra parte, las actitudes son contagiosas. Cuando una persona está de mal humor, todos quienes estamos alrededor nos contaminamos. En cambio, cuando una persona segrega calma y quietud, todos nos apaciguamos, sintiendo confianza y seguridad en el porvenir.

No se trata de ingenuidad ni de ocultamiento de los inconvenientes que se nos presentan en la vida cotidiana. Por el contrario, se trata de asumir los problemas con la seriedad y el juicio que cada circunstancia merece, sin desesperar, buscando siempre el equilibrio mental y emocional pertinente.

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