arte-pareja

Relaciones felices

El arte de vivir en pareja, en 5 claves llenas de amor

Conocerse a uno mismo es el primer paso para poder abrirse a la otra persona y disfrutar de una relación plena.

Sergio Sinay

Cuando nos enamoramos, sentimos que nos desborda el entusiasmo, la ilusión... y también el desconocimiento del otro. Para que se abra paso el verdadero amor, es preciso aceptar las diferencias que surgen al conocerse a fondo.

Alicia sueña con un hombre ejecutivo, práctico, con grandes ambiciones, hasta que se enamora de uno bohemio y despreocupado que se embelesa con sus propios sueños. Tras los primeros tiempos de entusiasmo y encandilamiento, cuando la relación se estabiliza, empieza a sentirse disconforme, le inquieta su futuro junto a él y le recrimina su falta de iniciativas y su espíritu volátil.

El inicio de una relación de pareja

Sergio ha encontrado, por fin, la persona con la cual construir una pareja y van adelante con su proyecto de una vida en común. En la convivencia se ve que ella es muy sociable, que le encanta salir con amigos o programar salidas de fin de semana que incluyen a otros. Sergio prefiere la vida hogareña y solitaria. Sus planes apuntan a las cenas domésticas e íntimas, a compartir sentimientos de a dos. Todo esto empieza a generar tensiones y disputas, como si cada uno sintiera que el otro está empeñado en aguarle sus expectativas y sus ilusiones.

Cuando Carlos y Adriana se conocieron, los deslumbró la cantidad de coincidencias que había entre ambos: habían viajado a los mismos lugares y conocido a las mismas personas, habían llorado en las mismas escenas de las mismas películas, compartían sus escritores favoritos y su afición por los mismos platos de la cocina tai.

Pero después de un tiempo, Adriana empezó a sentirse incómoda con algunas de las características de Carlos, como cierta avaricia o sus largos silencios. Se lo dijo. Él lo reconoció y afirmó que le gustaría cambiar, pero no lo podía conseguir. Carlos también querría que Adriana fuera menos crítica, más flexible, pues eso le daría más tranquilidad, lo haría sentirse menos exigido.

Y tú, ¿reconoces alguna de esas características en ti? ¿Estarías dispuesto a trabajar para transformarla en bien de la relación?

El arte de la armonía

Vivir en pareja de forma armoniosa no es cuestión de magia ni de suerte. En realidad se trata de un arte. Y podríamos definirlo como el arte de armonizar las diferencias. Las tres situaciones con las que comienza este artículo son sólo un pequeño ejemplo que nos muestra cómo inciden las diferencias en la convivencia amorosa.

Una relación de pareja es un mosaico rico y complejo en el cual se manifiestan las diferencias entre dos seres humanos. La convivencia lleva –más allá de su voluntad, su deseo o incluso su conciencia– a que cada una de esas personas se muestre en todas sus facetas. Y como no existen dos individuos iguales en toda la historia de nuestra especie, ni los hubo ni los habrá, cuanto más convives con alguien, cuanto más lo conoces y cuanto más te conoce, mayor es el despliegue de todo aquello que os hace diferentes.

El mito de la media naranja

Por supuesto que lo primero que atrae a dos personas y las hace elegirse son sus similitudes. Éstas alimentan la ilusión de haber hallado a la mítica “media naranja”. Pero el amor no se construye con medias naranjas. Una media naranja es la mitad de algo, no se trata de una unidad ni de algo completo. Sólo podría ser una unidad si encontrara la otra mitad. Mientras tanto sólo será, digámoslo así, “0,50”. Al encontrar la mitad perdida deberá aferrarse a ella para no volver a ser “menos que uno”. Y en los vínculos de pareja, esto genera el riesgo de una relación de dependencia o de sumisión.

Un requisito básico del arte de vivir en pareja es recordar que cada uno de nosotros está entero y representa la totalidad de sí mismo. Pero totalidad no significa perfección. No hay seres perfectos. Cada persona es la más completa versión de sí misma y la más actualizada. De este modo, una pareja nace a partir de dos seres enteros que se eligen entre otros miles de personas por razones ciertas aunque a menudo sutiles, misteriosas.

Allí inician un camino conjunto que los llevará a buen puerto en la medida en que, amén de disfrutar de sus parecidos, comiencen a reconocer y a explorar sus diferencias, su diversidad. Cuando una relación se prolonga y ambos están atentos a ella, descubrirán que la lista de diferencias crece y se prolonga más allá de la enumeración de similitudes. Allí está la rica materia prima para la construcción del vínculo, para el ejercicio del arte de convivir. Pero hay diferencias y diferencias, y no todas contribuyen a enriquecer los vínculos. ¿Cuáles son?

La clave de las 3 diferencias

Hay diferencias “complementarias”, “conflictivas pero abordables” e “irreconciliables”. Las diferencias “complementarias” son las que se integran naturalmente: uno ama la cocina pero detesta lavar los platos. El otro los lava como nadie pero es incapaz de freír un huevo. Resultado, siempre comerán bien y su vajilla relucirá. No reñirán por esta diferencia. Y el ejemplo puede llevarse a otros planos, como los gustos culturales, las propuestas para la vida cotidiana, las aficiones...

Una diferencia “conflictiva pero abordable” puede ser la siguiente: uno es irascible en sus reacciones y esto muchas veces acobarda, aleja al otro o genera momentos incómodos en la vida social de la pareja. El acobardado plantea esta situación, el iracundo acepta que él tiene esa característica y reconoce las consecuencias de la misma. Llegan a la conclusión de que para ambos, en lo personal y en lo que respecta al vínculo, sería deseable transformarla. El trabajo de cambio no será de los dos, sino del irascible, pero él encontrará en su pareja la colaboración más directa e interesada y podrá pedirle ayuda. Este tipo de diferencias se da con frecuencia y son las que proporcionan una gran oportunidad para la consolidación del vínculo y la siembra amorosa. Y no siempre se trata de una tarea fácil.

Pero la historia de las parejas armónicas indica que ha sido en este terreno, con sinceridad y disposición, donde se han construido sus acuerdos más sólidos y donde han echado sus raíces más profundas.

Las diferencias “irreconciliables”, ésas que difícilmente tienen solución, tienen que ver con orígenes, con características físicas, con valores ideológicos y morales, con proyectos personales absolutamente divergentes. Un cazador y una defensora de los derechos de los animales no podrán convivir. Si alguien soñó con un aventurero, pero está unida a un sosegado hombre de su hogar, difícilmente podrá insuflarle la valentía y la pasión con la que sueña. ¿Se puede convivir con diferencias irreconciliables? Esto depende del grado de terquedad u obsesión de las personas, pero los precios son a veces, en términos emocionales, muy dolorosos.

Conocerse a uno mismo y a la otra persona

Las cuestiones que acabamos de analizar nos permiten concluir que el arte de vivir en pareja es, en definitiva, el arte de armonizar las diferencias. Ello requiere vivir relaciones conscientes y no dejarlas en piloto automático, confiadas a la magia. Se necesita que ambos miembros estén dispuestos por igual a afrontar la tarea de la convivencia. Cada uno trabajará por ella con herramientas propias, pero es importante comprometerse a respetar los ritmos y estilos de cada uno.

Así, más que una simple convivencia, construyes el amor, que es el fruto de un proceso de mutuo conocimiento, de mutua transformación y de mutua aceptación. Primero, se conocen las similitudes y las diferencias. Luego, se trabajan los aspectos conflictivos y abordables para transformarse los unos a los otros y transformar el vínculo. Y, por fin, aceptar al otro como alguien diferente a uno, no una simple copia mía o de mis deseos o expectativas.

En el camino que va desde el desconocimiento de los enamorados al conocimiento del amor, podremos desarrollar el arte de vivir en pareja.

El arte de vivir en pareja: 5 consejos para disfrutar de las relaciones

He aquí un ejercicio para explorar y fortalecer la pareja, tanto en las crisis como en las épocas de armonía. Es recomendable hacerse estas preguntas en silencio, cada uno a sí mismo, y luego compartir las respuestas. Ello contribuirá a un mejor conocimiento propio, del otro y de las posibilidades del vínculo.

1. ¿Para qué estamos juntos?

Presta atención. La pregunta es “para qué” y no “por qué”. “Para qué” remite a la noción de sentido, de dirección, de acción. Las respuestas pueden ser “para formar una familia”, “para compartir lo bueno de la vida”, “para completarme como mujer o como hombre”, “para vivir la experiencia del amor”, “para no estar solo”... Hay miles de respuestas y la mayoría de ellas permiten un nuevo “para qué” posible: “¿Para qué quieres tener hijos?, “¿Para qué quieres evitar la soledad?”. Mientras se trate aún de razones “transitivas”, es decir que nos lleven a un nuevo “para qué”, debemos volver a interrogarnos.

2. Las auténticas razones

¿Para qué interrogarnos? Para llegar a las razones últimas, válidas en sí mismas. Por ejemplo: “Para construir el sentido de mi vida”, “Para estar en paz espiritualmente”, “Para sentirme parte de un todo que me trasciende”... Si una pareja se queda en las razones “transitivas” puede encontrar discordancias y asustarse por ello, o desencontrarse. Si pueden llegar a descubrir las razones últimas, con frecuencia verán que, aunque no sean similares, tienen un núcleo esencial común en el que es posible centrarse para desarrollar una forma de amor real y satisfactoria.

3. ¿Cómo quiero convivir?

Esta pregunta remite a lo práctico, a lo operativo, al funcionamiento en la vida de cada día. ¿Cómo propone cada uno resolver los temas del día a día, tanto en lo doméstico como en lo social, en lo económico, en lo geográfico? ¿Vivimos en una casa o en un apartamento? ¿En la ciudad o fuera? ¿Ahorramos, invertimos o viajamos? ¿Trabaja uno o lo hacemos los dos? Aquí puede haber desacuerdos y hay que hablar de ellos. Siempre queda la posibilidad de estar de acuerdo en que no estáis de acuerdo y pactar la continuación de la negociación. El “cómo” es la realización práctica del “para qué”.

4. ¿Qué ofrezco de mí?

Aquí cada uno debe hacer un sincero examen interior para saber qué está dispuesto a dar, a ceder, a cambiar, a incorporar, a aprender, para poder hacer realidad los pactos surgidos de los “para qué” y los “cómo”.

5. ¿Qué necesito de ti?

¿Qué necesito pedirte en lo material, en lo emocional, en el trato, en cuanto a gestos, actitudes, palabras o tiempo, para estar en condiciones de aportar lo mío y crecer contigo? Éste es un ejercicio que se puede hacer con cierta frecuencia y que nos permitirá tener un panorama actualizado de nosotros mismos y de nuestra pareja. Es necesario contar con tiempo, calma y, sobre todo, hablar por turnos sin interrumpir al otro.

Etiquetas:  Pareja Amor Relaciones