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Convivir con adolescentes: 8 consejos para padres y madres en apuros

Niños que pasan a ser adultos. ¿Es posible convivir y acompañar a los adolescentes en esta etapa tan exigente de sus vidas?

Carlos González

La adolescencia es una fase conflictiva. Los vertiginosos cambios físicos y psíquicos hacen que padres e hijos se sientan muy perdidos. La comunicación fluida ayuda mucho, pero a veces la paciencia es la mejor herramienta.

Convivir con adolescentes: ¿misión imposible?

De pequeños, te los comerías y, de mayores, lamentas no ha­bértelos comido.” ¿Quién no ha oído alguna vez esta simpática frase? Algunos no sólo la han oído, sino que la han pronunciado (aunque nunca lo reconocerían).

El caso es que muchos padres encaran con temor la adolescencia, tal vez recordando la que ellos mismos le montaron a los ahora abuelos. Y estos últimos, aunque en general intentan ser discretos y no hacer leña del árbol caído, a menudo nos miran de reojo con una sonrisa maliciosa, como diciendo: “¿Te acuerdas? ¿Ves lo que tenemos que aguantar los padres?”

Pues bien, hay esperanza. La adolescencia es dura a veces, pero pasa. Si no, piensa un poco: tú también fuiste adolescente, ¿no?

Por qué se comportan así

La adolescencia es una fase a menudo conflictiva que, hoy en día -porque parece que se va adelantando–, suele producirse entre los 12 o 13 y los 16 o 17 años.

Puede ir precedida por la preadolescencia, una fase más o menos larga de turbulencias más o menos intensas que a veces parece que empiece justo al acabar el cólico del lactante.

Existen –se cree– adolescentes estudiosos, ordenados, trabajadores, obedientes, siempre alegres, cariñosos y respetuosos con sus mayores. Si tu hijo es así, no te asustes; probablemente no le ocurre nada malo.

Pero también son muchos los que, en algún momento –o a cada momento–, tienen la habitación hecha un asco, acumulan ropa sucia debajo de la cama, se olvidan de hacer los deberes, pasan a nuestro lado sin saludar, se van de casa sin decir adiós, rechazan nuestros besos y abrazos, responden con exabruptos a los más inocentes comentarios.

Y hay más: prefieren contar sus secretos a cualquier desconocido antes que a sus padres, se burlan de nosotros, nos traspasan con algunas miradas asesinas o entran en crisis de ira, de llanto o de hosco silencio sin causa aparente.

Por no hablar de la ropa que llevan, de la forma en que hablan o de la música que les gusta.

Algunas teorías...

Se han propuesto muchas teorías para explicar este tipo de conductas: que es cosa de las hormonas, que necesitan rebelarse contra sus padres para afirmar su propia personalidad, que lo que pasa es que están malcriados y muy consentidos porque se ha perdido el respeto y la disciplina y “no­sotros no éramos así”.

Cuando yo mismo era adolescente, una teo­ría muy en boga sostenía que los adolescentes no tienen en nuestra sociedad un papel definido, no son ni niños ni adultos, y eso les hace infelices y les pone de los nervios.

En las sociedades primitivas, nos explicaban, se llevan a los niños al campo unos días y hacen una ceremonia de iniciación. Cuando vuelven, ya son hombres a todos los efectos y problema resuelto.

Recuerdo haber deseado con ardor una ceremonia de iniciación. Años después, me enteré de en qué consisten exactamente tales ceremonias y empecé a pensar que, en realidad, “como aquí, no se vive en ninguna parte”.

Prevenir antes que curar

La adolescencia no puede evitarse, por supuesto. Vendrá, seguro, y luego acabará, también seguro. Pero sus efectos serán distintos según cuál sea la situación de partida.

Tras una infancia feliz y una relación padres-hijo satisfactoria, la adolescencia es una sacudida. Pero si la relación ya era mala, o no había relación digna de tal nombre, comprenderás que la adolescencia no va precisamente a arreglarlo todo. Puede ser un verdadero desastre.

Si haces obedecer a tu hijo por la fuerza o por la amenaza de la fuerza o a gritos, ¿qué ha­­rás cuando sea más alto y más fuerte que tú? Permite que tu hijo actúe no por temor, sino porque desea obrar bien. Ese deseo le durará toda la vida.

Si le dejas llorar en la cuna, si no acudes cuando te llama, si deliberadamente haces oídos sordos a sus quejas, si le haces callar porque no te deja oír la tele, ¿esperas que a los trece años te pida ayuda en sus dificultades, te confíe sus secretos, te consulte sus problemas?

Los niños deben saber que pueden confiar en sus padres en cualquier momento, para cualquier dificultad, que no se les negará la ayuda que necesitan.

Pero si enseñas a tu hijo a obedecer siempre y sin rechistar, “porque lo digo yo”, “no me contestes”, “no quiero oír ni una palabra más”, ¿cómo esperas que sepa negarse cuando le ofrezcan alcohol, pastillas, relaciones sexuales que no desee o participar en una gamberrada?

Los niños deben aprender que tienen derecho a decir no y a que su negativa sea respetada

Si un niño no ve a sus padres más que a la hora de cenar, si su vida transcurre entre escuela, comedor escolar, actividades extraescolares, canguros y escuelas de verano, ¿qué relación habrá cuando llegue la adolescencia? Puede que ni se enteren.

Todos hemos pasado por esta etapa vital

Tu hijo no sólo superará la adolescencia, sino que probablemente la negará. ¿Y no lo hacemos todos en cierta medida? Al echar la vista atrás, aquellos cambios de humor inexplicables, aquella magnífica inconsciencia nos asusta. Queremos borrarlos de nuestra historia. “En mis tiempos sí que estudiábamos”, “Nosotros respetábamos a nuestros mayores”, “Yo a mi padre nunca le hablé en ese tono”...

Los padres lo dicen bajito y nunca en presencia de los abuelos, pues corren el riesgo de ser inmediatamente desmentidos. Los abuelos, como ya nadie les puede desmentir, lo dicen alto y fuerte.

¿Dónde están todos aquellos hippies, “incomprendidos”, rebeldes sin causa, los que cantaban “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha sabido comprender, porque nadie me ha tratado con amor”? Pues justo donde estarán dentro de veinte años los adolescentes de ahora: disfrazados de padres y jurando que ellos nunca fueron así.

Muchos años y varias adolescencias después, no puedo dejar de pensar que lo mejor, cuando se tiene un hijo adolescente, es esperar en silencio.

No te embarques en una lucha constante e inútil. La adolescencia pasará, así que concéntrate en mantener hasta entonces una buena relación.

Amansar las fieras

Estoy convencido de que pasar una adolescencia es como capear un temporal. No puedes hacer absolutamente nada para frenar el viento; sólo puedes intentar mantener el barco a flote hasta que amaine.

Y siempre, siempre amaina. A veces el fin de la adolescencia es brusco, casi como si hubiera tenido lugar una de aquellas ceremonias de iniciación.

Un día, los asombrados padres intercambian experiencias: "Oye, que me ha dicho adiós". "Pues a mi, ayer, me pidió la merienda por favor y me dio las gracias". Todo ha terminado.

Piensa que no pierdes un adolescente, sino que ganas un adulto joven. Por supuesto, no todo va a ser un camino de rosas. Entre los adultos, también hay conflictos. Pero es otra cosa.

Consejos para ver el lado positivo de tu hijo

Todo tiene su lado positivo. Te ofrecemos unos consejos útiles para sobrellevar esta etapa.

1. Intenta ver sus cualidades

Busca el lado bueno, siempre lo hay. Seguro que tu hijo hace muchas cosas bien a lo largo del día, e incluso las que hace mal no las hace todo el rato.

En vez de convertirte en el típico padre o madre cascarrabias, rumiando continuos reproches (“¡Cuántas veces tengo que decirte...!”, “¡Mira que me tienes harta con tus...!”, “ Y a eso le llamas tú...”, “Este fin de semana olvídate de...”), esfuérzate por buscar cosas positivas, recordarlas, nombrarlas en voz alta.

2. Cambia de punto de vista

Descubrirás que incluso algunas cosas que te parecían mal se pueden interpretar de otra manera. Piensa en esta frase como ejemplo: “Otra vez lo has dejado todo para la última hora, ¿crees que harás en una noche lo que no has hecho en todo el trimestre?”

Ahora compárala con esta otra: “Ayer te quedaste estudiando hasta muy tarde, veo que este trimestre te lo tomas en serio”. O bien “te pasas el día de cháchara con los amigos, más te valdría hacer algo útil” frente a “tus amigos te quieren mucho, siempre te llaman”.

3. Habla bien de tu hijo

Los trapos sucios se lavan en casa. Los padres caemos con demasiada facilidad en la pequeña venganza de reunirnos con otros padres para poner verdes a nuestros hijos: “Si te cuento cómo tiene la habitación...”, “Y el tío, encima, va y me pide dinero para un disco...” Intenta evitarlo. ¿Qué pensarán los demás de tu hijo si hasta sus propios padres lo critican? ¿Te gustaría que tu hijo fuera contando todo lo que sabe de ti?

4. Recuerda tu adolescencia

Haz memoria. ¿A que también discutiste alguna vez con tus padres? ¡Y más de una! Intenta recordar qué sentías, por qué dijiste lo que dijiste y por qué hiciste lo que hiciste. Intenta imaginar qué sentían tus padres, por qué dijeron lo que dijeron (¡seguro que ahora te resulta más fácil!).

¿Todavía estás convencido de que tenías la razón, toda la razón, y de que tus padres eran unos retrógrados y autoritarios? Pues a lo mejor es eso lo que piensa ahora tu hijo.

5. Dale tiempo

Y a lo mejor también tiene razón (¿o también se equivoca?) ¿O, tal vez, con la perspectiva que dan los años y la experiencia, comprendes ahora que tus padres también tenían parte de razón, que tuvieron que (o que, honradamente, creyeron que tenían que) hacer lo que hicieron, que tú tampoco se lo pusiste fácil?

Pide ahora disculpas a tus padres y deja de esperar que tu hijo comprenda en dos días lo que tú has tardado veinte años en descubrir.

6. Piensa qué es lo importante

Reserva tu autoridad para los problemas serios. ¿Qué más da que se tiña el pelo de verde o de rojo? Si saca buenas notas, ¿qué importa que estudie delante de la tele o mientras oye música?

Evita todos los conflictos que puedas evitar, transige en todo lo que se pueda transigir... y no temas ejercer tu autoridad cuando sea realmente necesario, cuando haya que cortar de raíz algún peligro.

Si no has desperdiciado tu autoridad prohibiendo mil tonterías, es más fácil que te obedezcan en lo que realmente importa.

7. Mantén la calma

Antes de decir o hacer una tontería, cuenta hasta diez, hasta cien, hasta un millón. Y, al final, mejor que no digas nada. Las palabras pronunciadas ya no se pueden recoger después.

Repite como una letanía, o un mantra: “Él no es así”, “son las hormonas”, “se le pasará”, “él no es así”, “son las hormonas”...

8. Recuerda que te quiere

Tal vez lleva un tiempo en que casi no lo demuestra, en que rehuye los besos y abrazos. Pero te quiere igual; y si sabes estar atento, lo notarás.

Un padre que conozco repite con orgullo las palabras de su hija de quince años: “Dicen mis amigas que qué suerte tengo, porque les he dicho que no me castigáis nunca”. “Momentos así”, dice mi amigo, “dan sentido a una vida”.

Para saber más

Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen (Ediciones Médici), de Adele Faber y Elaine Mazlish, es uno de esos libros que a todos los padres les convendría leer.

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suscribete Octubre 2017