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Testimonio

Swingers, sexo (y amor) a cuatro

Podemos dar un paso más allá, dejar volar la imaginación y los sentimientos en nuestra pareja: juegos o intercambios completos con otros o otras parejas. Bienvenido al mundo swinger

Ander y yo llevamos más de media vida juntos. Nos enamoramos pronto, nos casamos jóvenes y, salvo breves escarceos en la época universitaria, no hemos tenido amantes. Casi veinte años de matrimonio y nos seguimos amando y deseando con locura.

Nuestra relación, en la cama y fuera de ella, se ha caracterizado siempre por un planteamiento con la mente abierta, la búsqueda constante y sin miedo de nuevas sensaciones (sexuales, sí, pero también emocionales).

Otras formas de amar y de practicar sexo

En casa soy yo la de las ideas locas, así que el día en que cenando le conté a Ander mis búsquedas por Internet, no se sorprendió. Cena romántica, noche sin niños y nuestra conversación subiendo de tono. Es el momento: “Cariño, he pensado que podríamos ir a tomar algo a un local swinger. Tenemos uno cerca”.

Y le resumo: los swingers son mayoritariamente parejas heterosexuales que plantean una sexualidad alternativa, incluyendo a terceros en su cama, en general otras dos personas con relación estable. Las alternativas son variadas, desde un encuentro entre dos parejas hasta la realización de tríos o sexo en grupo. Y aunque pueden limitarse a simples juegos y toqueteos, a menudo se incluyen intercambios completos con penetración. O sea, que resulta que todo eso con lo que habíamos fantaseado tiene un nombre, y hay personas ahí fuera jugueteando con ello.

Mi pie descalzo se deslizó bajo la mesa para constatar lo mucho que le estaban interesando mis explicaciones

La realidad es que por aquel entonces yo llevaba un poco de batiburrillo en la cabeza. Bucear por Internet había aclarado (algo) las cosas, pero dejado también muchos flecos pendientes.

En esa cena llegamos a los postres dibujando noches locas, cuerpos desnudos y fantasías cumplidas. Y con la decisión tomada de curiosear en uno de los múltiples locales swinger que hay en Barcelona. Aún creíamos que en el mundo swinger solo se intercambiaba sexo.

Swingers, el primer paso: un local

La primera visita a un local liberal es un tanto desconcertante. Camareras ligeras de ropa, zonas muy oscuras, grandes pantallas con imágenes eróticas o pornografía explícita en las paredes. Barras de bar con diferentes ambientes, discoteca y varias habitaciones con grandes camas en las que los más puntuales ya intercambiaban caricias (los hay que abren incluso a las cuatro de la tarde).

Pasamos la noche de barra en barra, muy pegados el uno al otro, absorbiendo matices y embobados con tanta novedad. Excitados, tras toquetearnos sobre los colchones (y que nos toqueteasen otros), huimos al entorno íntimo de nuestra cama. Necesitábamos saborearlo a solas, subir juntos al infinito y más allá hasta caer adormilados y abrazados en un sueño profundo y fantasioso.

Ser swinger era todavía un juego solo para nosotros dos. Abierta la caja de Pandora, ese primer contacto que suele ser más de ver que de hacer, vino lo difícil: ¿Cómo se encuentran parejas swinger afines? ¿Cuáles son las normas de este juego? Y, lo más importante: ¿Qué esperábamos? ¿Era solo sexo o había vida y amor más allá del intercambio esporádico de fluidos?

La visita al local dejó claro que son muchas las parejas que acuden a estos sitios en grupo o con una cita. Un ligero paseo por los foros digitales de los establecimientos nos confirmó la idea de que muchos de estos encuentros son concertados al vuelo, breves descripciones de “pareja joven atractiva, 38 y 42, buscamos pareja de edad similar para tomar algo y lo que surja” que se concretan después a través del e-mail o el móvil. A menudo ni eso; propuestas para esa misma tarde, o el día siguiente, que terminan con cuatro desconocidos teniendo sexo en el propio local o en un hotel cercano.

La visita al local dejó claro que son muchas las parejas que acuden a estos sitios en grupo o con una cita

Aunque el sistema a nosotros nos parecía frío (somos unos románticos, aquí ya estaba claro que nuestra exploración iría más allá del sexo), el juego de leer o publicar anuncios e iniciar tímidos contactos mantuvo nuestra cabeza ocupada y muy caliente durante semanas. Eso se notaba en la cama, con chispas que iluminaban las noches con grandes fuegos artificiales. Ser swinger era ya emocionante, divertido y tremendamente excitante.

Aprendiendo del mundo liberal...

Tras esa primera visita a un local, nuestro peregrinaje swinger siguió de manera intermitente. Catas en diferentes locales, trío con chico, con chica, parejas con las que nos cruzamos y tuvimos cierta afinidad... Un entramado de vivencias que nos dio seguridad, confianza y ratos de sexo excepcional.

Aprendimos rápido que el mundo liberal no tiene edad, es más un modo de enfocar las cosas vitalmente que un arrebato juvenil. Aunque al empezar a juguetear creía que quizá habíamos llegado tarde (adónde íbamos con 40 años a tener aventurillas sexuales, ¡vaya pardillos!), pronto vimos que en esta franja de edad se mueve un grupo numeroso de gente. No éramos ni de lejos los únicos que tras largas relaciones estables se aventuraban en este mundo. Tampoco los más guapos, ni los más feos, ni los más listos o los más tontos.

También aprendimos que una de las sorpresas maravillosas de ser swinger es el sexo del día después. La excitación contenida en un encuentro se desborda en la confianza de la pareja. El cuerpo guarda memoria y cada caricia reescribe en la piel las fantasías realizadas con otros. Hablar, revivirlo juntos, susurrar esos momentos mágicos de excitación transforman el sexo con tu pareja en nuevas explosiones de placer y sensualidad. Ser swinger seguía siendo un pozo de hallazgos luminosos.

Catas en diferentes locales, trío con chico, con chica, parejas con las que nos cruzamos y tuvimos cierta afinidad...

Ander y yo hablábamos (y follábamos) durante horas. Nos sentíamos excitados, por el sexo, claro, pero también por los descubrimientos que esto trae consigo. Descubrir que no somos celosos. Ya no era una mera especulación, ahora sabemos que no nos duele vernos en brazos de otro. Descubrir la intensidad (inmensa) de ser felices viendo disfrutar al otro. Descubrir que somos capaces de explorar (en la realidad y no solo en la imaginación) una sexualidad libre alejada de los modelos que nos han inculcado. Que no pasa nada por decir follar ni otras palabras explícitas sin maquillaje. Y descubrir también que todo ello se traduce en más confianza, individual y de pareja, y unos arrebatos sexuales que pueden rozar la locura. Ser swinger estaba traspasando el campo del sexo y nos daba una seguridad que se reflejaba en otros ámbitos.

Múltiples realidades y gustos sexuales

Fuimos aprendiendo las claves del mundo swinger. Desde el archirrepetido “un no es un no”, que garantiza que nunca habrá un contacto no deseado (sin dar explicaciones), hasta otros códigos más sutiles. Foros y blogs son un buen acercamiento, pero cada uno tiene que filtrar de acuerdo a sus preferencias, a sus deseos, a lo que busca y lo que espera encontrar. Esta diversidad de realidades te obliga a repensarte y a afinar.

Hay muchos swingers ahí fuera, pero ni todos buscan lo mismo, ni todos están ahí por los mismos motivos. Mientras unos buscan cuerpos diez para intercambiar sexo, otros exploran en busca de almas y amigos, conviviendo en entornos similares (foros, locales) y cruzando mensajes un tanto ambiguos. En medio, una gradación de tipos de contactos, desde los que prefieren sexo puro con desconocidos a parejas que quedan rotas porque en la cama se han enamorado de otro (sí, esto también puede ocurrir).

La aventura de enamorarse otra vez

Seguíamos buceando en los matices del intercambio de parejas, cuando tropezamos, en un foro swinger, con Laura y Martín. ¡Olalá, no era posible haber encontrado algo así! A pesar del entusiasmo inicial, nuestra experiencia nos decía que los entornos virtuales generan una confianza y proximidad que no deja de ser un equilibrio precario. La posibilidad de quedar, desnudarte y compartir cama incrementan esa sensación de armonía con alguien que es en realidad un (casi) desconocido. Aunque esta vez la intuición no dejaba de gritar que aquello presagiaba futuros. Y es que el tanteo por mensajería, muy extendido en este mundillo, se convierte en una conversación diaria cuando descubres personas con quien (parece) te llevas especialmente bien. Así fue con Laura y Martín, un cruce de mensajes que poco a poco iba dibujando rutinas y desvelando los caracteres.

En pocas semanas sabíamos los horarios de acostarnos y levantarnos, cuáles eran nuestras inseguridades y miedos, qué nos hacía sonreír o qué soñábamos de niños. La emoción de cruzar mensajes, tanto en grupo como dos a dos, era un cosquilleo diario que no paraba de crecer. Mariposas danzando inquietas en el estómago, un retorno a esos momentos de amor adolescente ya olvidados. Ser swinger era tirarse de cabeza a la piscina, estar enamorándose de otros sin poner en riesgo nuestro amor de pareja.

Y otro descubrimiento: dos desconocidos con los que de repente quieres ir de vacaciones o al cine con los niños

Concretamos una cena... y ahí estaban Laura y Martín, los de verdad, pero también los que habíamos soñado. Era una cita swinger entre desconocidos con la intención, tal vez, de terminar con algo más que simples toqueteos.

Y en los sofás de un bar no muy concurrido, mirar a Martín a los ojos y quitarme y guardar mis bragas mojadas en su bolsillo. Un arrebato, con nuestras parejas enfrente, que supuso un punto de inflexión de esta aventura loca que es empezar a ser swinger.

De nuevo, otro descubrimiento, dos desconocidos con los que de repente quieres compartir vacaciones o ir al cine con sus niños y los tuyos. Además de intercambiar en las semanas siguientes conversaciones y fotos subidas de tono y tener cada vez más a menudo citas a cuatro en la cama.

Aunque seguramente el manual del buen swinger desaconsejaría la implicación emocional con otras parejas, la realidad es que lograrlo puede ser maravilloso. Lo ha sido para nosotros. Hemos compartido cena y sexo, pero también largas conversaciones y cartas de amor. Nos hemos traído regalos de un viaje. Conocemos nuestros escondites de pequeños y bajo qué luna nos gusta pasear. Nos hemos conocido, amado y descubierto sintiendo el estómago y el corazón mariposear y un latido húmedo y caliente entre las piernas.

El planteamiento resulta complicado, un entramado (muy) complejo de relaciones del que muchos huyen. Los foros swinger están cargados de declaraciones de “solo sexo” que a veces esconden miedo a implicarse en relaciones profundas y duraderas. Y, sin embargo, lograr compartir más que la cama acaba siendo la meta no siempre confesada de algunos swingers.

Por supuesto, es necesario que no existan desequilibrios y que ambas relaciones de pareja sean sólidas. Pero seguir el impulso de entregarle las bragas a un desconocido puede desatar pasiones y abrir el velo de un universo de amistad y amor que estamos empezando a explorar. Ser swinger es ahora un viaje a cuatro del que no queremos volver.

Claves para empezar a jugar

  • Confianza. Las dudas han estado ahí, sobre todo al principio. El gusanillo de la incertidumbre, las inseguridades, el temor a los celos… Todo eso no es malo; hablado y desarrollado en un marco de franqueza y tranquilidad, refuerzan la relación de la pareja.
  • Internet. En las redes hay muchas páginas con información, así como foros en los que intercambiar impresiones. No hay que olvidar que la vida virtual no dista tanto de la física, y conviene aplicar sentido común.
  • Locales. En las principales ciudades españolas hay locales de estas características: los hay de muchos tipos y para todos los gustos. Infórmate y lee valoraciones de otros usuarios.
  • Selfies. Enviar un selfie comprometido por whatsapp es como dar un salto al vacío. El primero quizá será prudente, una blusa abierta y tu mano introduciéndose en los pantalones... Lo importante no es la foto, sino las sensaciones que se tejen en torno a ese momento sabiendo que será compartido. Y, sobre todo, la seguridad: no lo dudes, eres preciosa.