Más allá del amor y el sexo

4 puntos para recuperar la intimidad con tu pareja

Para fortalecer la complicidad y la identidad es fundamental no dejarse llevar por la rutina familiar y personal y mantener vivo el vínculo construido entre los dos.

Xavier Serrano

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30 de julio de 2018, 14:30 | Actualizado a

Cada vez hay más personas que eluden el compromiso necesario para establecer una relación de pareja porque temen que les limite su libertad y autonomía, argumento con el que nunca ha estado de acuerdo el sexólogo italiano Willy Pasini, asesor de la Organización Mundial de la Salud, para quien fluir y abandonarse a la persona por la que sentimos deseo y amor, y con la que configuramos el espacio de nuestra intimidad, es lo que garantiza, precisamente, esa libertad y esa autonomía.

La importancia de la intimidad

La intimidad propia de la pareja, que no se da en otras relaciones, como las de amistad o las laborales, establece un marco en el que la seguridad y la identidad traen consigo, aunque esto pueda parecer paradójico, una mayor libertad individual. Mostrarse cariñoso, conversar sin trabas, confiar sin límites, sentirse cómplices de la vida; todo ello potenciará a su vez la sensualidad, la entrega, la experiencia orgásmica.

Es un encuentro transformador y alquímico, que ya el poeta y filósofo romano Lucrecio definió como pareja ataráxica, obra de arte filosófica donde cada uno de sus miembros está por el otro y para el otro.

No obstante, existen numerosos factores que pueden entorpecer esa dinámica. Por ejemplo, los condicionantes que se arrastran desde la infancia y que predisponen a la desconfianza, junto al egoísmo y la incapacidad para mantener una comunicación directa. También la rutina y la repetición de acciones realizadas como autómatas, así como la dedicación que exigen las obligaciones laborales y las tareas familiares, van embruteciendo los sentidos y los afectos, lo que termina por llevar al distanciamiento de los dos.

¿Cómo empieza el distanciamiento en la pareja?

Poco a poco la pareja es percibida como alguien extraño, como alguien que puede resultar una amenaza para satisfacer las necesidades y los deseos individuales. No es ya, por lo tanto, un cómplice, sino un enemigo.

Así era como se sentían Juan y Amparo cuando hace un tiempo llegaron a mi consulta, en pleno desencuentro. Llevaban ocho años conviviendo en una casa de campo. Enamorados y con mucho en común, compartieron momentos y experiencias que les llenaron de gozo y alegría, como el nacimiento de sus hijos Paula y Arnau, de seis y tres años. Ambos se mostraban tiernos y afectuosos, sin misterios el uno para el otro, y también sus relaciones sexuales eran satisfactorias.

Dos años antes, afectados por la crisis económica, Amparo, que hasta entonces había trabajado de creativa en casa, tuvo que aceptar la propuesta que le había ofrecido su empresa, si no quería perder el empleo, y se incorporó al equipo de Marketing, que estaba a cien kilómetros de donde vivían. Ello modificó en gran medida su vida cotidiana y, por lo tanto, también la de Juan.

Si bien al principio la nueva situación le resultó un reto interesante, por cuanto suponía abrirse socialmente y potenciar algunas facetas personales, Amparo pronto empezó a sentirse cansada, agobiada por esa doble vida, exigida por otros: por su equipo de trabajo, por sus hijos y por su compañero, con quien empezó a tener amargas discusiones que la dejaban exhausta y deprimida.

En cuanto a Juan, la crisis que estaban viviendo empezaba a resultarle insoportable: demasiadas tareas y mucha soledad. Había apoyado a Amparo en su decisión, pero empezaba a arrepentirse de haberlo hecho y no veía salida a la situación. Todo se estaba agravando, porque, además, no podía gestionar sus ataques de celos. Sufría fantaseando con imágenes y pensamientos sobre los posibles amantes de Amparo cuando ella rechazaba sus propuestas sexuales, y cada vez la sentía más distante.

La situación estaba afectando también a los hijos, a los que hasta entonces habían procurado dar una crianza ecológica. Arnau se negaba a ir a la escuela infantil, y Paula empezó a tener pesadillas y a estar inquieta e irritable.

Enfrentarse a la crisis para crecer juntos

Durante los seis meses que duró la psicoterapia breve caracteroanalítica que mantuve con ellos, pudieron, gracias a su implicación y valentía, superar la crisis y aprender de ella, retomando su relación de pareja desde una posición más madura y funcional, lo que les supuso por añadidura un crecimiento personal.

Destinamos las primeras sesiones a poner medios para paliar la repercusión que tenía la crisis de pareja en sus hijos, y para evaluar si, en el punto en el que se hallaban los dos, estaban abocados a una separación o todavía se podía recomponer la relación. Cuando vislumbramos que esto último era posible, decidimos centrar la terapia en ese objetivo.

Superar las crisis y aprender de ellas puede aportarnos, por añadidura, un crecimiento personal.

A lo largo del proceso pudieron caer en la cuenta de que el cambio laboral de Amparo fue el desencadenante que trajo a primer plano situaciones conflictivas que ya estaban latentes en su relación, aunque larvadas por la estabilidad que presidía sus vidas antes de la crisis:

  • Por ejemplo, el desaliento y la sensación que sentía Amparo de estar atrapada en una burbuja muy bella pero que, sin embargo, empezaba a asfixiarla y la impulsaba inconscientemente a buscar el oxígeno en su ambiente laboral;
  • Los miedos de Juan a que ella tuviera flirteos sexuales con otros hombres, lo que le hacía imponer una relación excesivamente dependiente y cerrada;
  • Ciertas diferencias en la forma de educar a sus hijos, que ninguno de los dos se había atrevido a manifestar abiertamente con anterioridad por miedo a encontrarse con el conflicto...

Eran algunos de los motivos por los que les estaba resultando tan duro ese periodo de sus vidas.

Volver a alimentar la relación de pareja

Pronto quedó de manifiesto la conexión que todo ello tenía con algunos de los rasgos de carácter de Juan y Amparo y, por lo tanto, con sus experiencias biográficas personales, algo que les fue de gran ayuda para conocerse mejor y establecer una comunicación de mayor fluidez entre los dos, cimentando de esta manera un clima relacional seguro, al tiempo que se sentían más auténticos y libres.

Pero lo que más les ayudó en toda esta andadura fue recuperar la intimidad que había habido entre ellos antes de la crisis que los había separado, conseguir un espacio propio donde poder mirarse, más allá del amor y del sexo.

La relación familiar y la de pareja no son lo mismo, y hay que establecer tiempos y espacios para ambas.

Juan y Amparo volvieron a sentirse dos en uno, frenando así el paso del tiempo, reflejando la imagen que describe Octavio Paz en las últimas líneas de su libro La llama doble: “el tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante... ¿Qué ve la pareja en un instante de parpadeo? La identidad de la aparición y de la desaparición, la verdad del cuerpo y del no cuerpo, la visión de la presencia que se disuelve en un esplendor: vivacidad pura, latido del tiempo”.

Cómo potenciar la intimidad

Cultivar un vínculo más profundo y auténtico, a través del reconocimiento, la complicidad, la comunicación sincera y la confianza en el otro, es el mejor antídoto para superar las dificultades que contribuyen a socavar la convivencia y diluir el amor entre los miembros de una pareja.

1. Un espacio propio

La relación familiar y la relación de pareja no son exactamente lo mismo; hay que tener en cuenta esta diferencia y establecer tiempos y espacios para ambas.

2. Sin roles estáticos

Conviene compartir las tareas y responsabilidades cotidianas, y hacerlo con alegría, incluidas las ocupaciones menos gratas del hogar, para que no se establezcan roles estáticos y se mantenga la igualdad, potenciando así una convivencia cotidiana basada en la confianza, la sinceridad, el respeto, la solidaridad y el apoyo mutuo, lo que acaba estimulando la apetencia sexual y el deseo de intimar.

3. Superar las tensiones

Debemos ser muy conscientes de que las presiones sociales, laborales y familiares producirán, en ocasiones, irritación o estados depresivos en alguno de los dos, dando lugar a etapas de tensión. Estos momentos también se deben compartir con tolerancia y comprensión, conversando y afrontándolos juntos.

4. Con generosidad

Experimentar el placer que produce satisfacer a aquel a quien amamos, cultivando la ternura y la entrega; reconocer y agradecer lo que el otro da y facilita, y admitir los errores, con las consiguientes disculpas, nos permitirá crecer juntos.