Educar con amor

¡Mi hijo no quiere ir al cole!

Empezar en el colegio es un cambio importante en la vida de cualquier niño. ¿Está listo? Su grado de madurez es clave. ¿O necesita otro tipo de escuela?

Carlos González

empezar escuela

Muchos alumnos de infantil y primaria –entre los 3 y los 12 años– se lo pasan bien en la escuela. Raramente lloran en la puerta o se agarran a los brazos de su madre o de su padre. Pronto entran en la escuela sin volver la vista atrás. Los padres acaban renunciando a exigir un beso de despedida –”¡Qué vergüenza, delante de mis compañeros!”–, y el día menos pensado te ruegan que dejes de acompañarlos.

Aunque ocasionalmente puedan quejarse de algún compañero, de alguna “injusticia” de los profesores o de la dificultad de algún ejercicio, van a la escuela ilusionados y sin oponer resistencia. Aún diría más, a principios de septiembre se aburren tanto en casa que desean volver al cole.

Pero esta situación no siempre es así. Algunos niños sufren en la escuela o se niegan a ir. ¿Cómo podemos ayudarles?

¿Por qué no quiere ir a la escuela?

Naturalmente, no todos los niños crecen a la misma velocidad. A los 3 o 4 años hay niños que todavía no están preparados para separarse de sus padres, del mismo modo que los hay que, con dos años, son más independientes. A veces, en los primeros días de clase, se observa un efecto paradójico: niños que ya habían ido antes a la guardería lloran desconsoladamente, mientras que otros que habían estado siempre en casa, entran –y salen– contentos.

Y es que separarse de la madre sin angustia no es algo que se aprenda, no sirve “acostumbrarse” ni “practicar”. Es una cuestión de maduración, de edad.

Con un año, no quieren separarse ni un momento de ella; a los cinco, aceptan hacerlo; y a los quince, están deseando hacer y deshacer por su cuenta.

Una separación sin traumas

Al niño que separamos de su madre demasiado pronto, lejos de “acostumbrarlo”, podemos dejarle el recuerdo de una triste experiencia. No teme a la escuela sino al lugar donde lo pasó tan mal de pequeño. En cambio, el que espera feliz con su familia y sólo va al cole cuando está realmente preparado no tiene malas experiencias que recordar.

Cuando el problema es la corta edad, el tiempo es el mejor remedio. No se trata de “cómo conseguir que mi hija vaya a la escuela contenta”, porque eso ocurrirá al cabo de unos meses, aunque no hagamos nada de nada. El problema es “en estos meses que faltan hasta que mi hija vaya a la escuela contenta, cómo conseguir que sufra lo menos posible”.

En muchas ocasiones, bastará con un poco de comprensión y unas palabras de ánimo. Es importante aceptar la ansiedad del niño –“El primer día da un poco de miedo, ¿verdad?”–, explicarle qué hará en la escuela, con quién estará, quién vendrá a recogerle y cuándo. No negar su angustia –“Pero si no pasa nada, tonto”–, y mucho menos ridiculizarlo –“Parece mentira, un niño tan grande llorando, qué va a pensar la señorita”.

Al salir de la escuela, puede que el niño exija más brazos y más atención de lo habitual o que se muestre malhumorado, gritando, rehuyendo la mirada, protestando por todo. Es importante comprender que éstas son respuestas normales a la separación, que nuestro hijo necesita comportase así para sentir que le siguen queriendo y para recuperar la seguridad. Es importante darle esos brazos y esa atención que pide, y tolerar su mal humor sin reñirle ni castigarle.

"Mi hijo no quiere separarse de mi"

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Una respuesta fría y distante –“Camina, que para eso tienes los pies”, “No seas pesada”, “Ahora te estás portando como un bebé, mamá está enfadada”...–, justo en el momento en que más nos necesitan, no hace más que empeorar las cosas.

En otros casos no basta con las buenas palabras. Hay niños que lo pasan realmente mal. Si las circunstancias laborales y familiares permiten otra opción –quedarse un tiempo en casa, o con los abuelos–, es bueno ofrecerla: “Si quieres, mañana te quedas en casa en vez de ir al cole”.

Muchas veces, el niño declina la invitación: la seguridad de saber que existe una salida, que sus padres le comprenden y se lo toman en serio, le da el valor para continuar. Otros niños necesitarán quedarse en casa durante unos días o semanas. ¿No será eso un paso atrás? Al contrario: ir un día tras otro, llorando y sufriendo, es lo que puede enquistar la situación.

Algunos niños parece que están contentos el primer trimestre, pero en enero se desmoronan. No se trata de una tomadura de pelo o un retroceso. Tal vez las vacaciones navideñas les han recordado lo que podía haber sido y no fue: habían llegado a aceptar que “Hay que ir al cole porque papá y mamá trabajan”, y de pronto descubren que mamá sí estaba en casa –por ejemplo, si la madre tiene vacaciones– o bien que hay otra alternativa y alguien les ha cuidado cuando no había escuela.

Las señales del acoso escolar

Claro que también puede haber motivos más duros para no querer ir al cole. Puede haber un “matón” o un grupo de “matones” que mantiene aterrorizados a los demás niños. Puede haber problemas con chicos mayores, a la hora del patio o en la entrada al recinto escolar.

Unos niños pueden convertirse en víctimas por algún defecto físico, por su torpeza en los juegos, por problemas de aprendizaje o por no llevar ropa de marca; otros, por todo lo contrario, por “empollones”, “pijos”... No se habla tanto del acoso o los malos tratos por parte de los profesores, pero también se da.

Los niños maltratados por sus compañeros o profesores pueden callar o incluso negar que han sufrido reiteradamente esos maltratos. Será entonces cuestión de investigarlo.

El rechazo a la escuela no siempre es explícito. Algunos niños tienen, con frecuencia, dolores de cabeza o de barriga que desaparecen misteriosamente a los pocos minutos si se quedan en casa.

Un niño tiene tanto derecho como un adulto a somatizar, a sentir verdadero dolor de cabeza por el estrés. De todos modos, tanto el niño que finge como el que de verdad se siente mal tienen un problema y necesitan comprensión y ayuda, no castigos o sermones.

Lo primero es preguntarle qué le ha pasado, por qué no quiere ir a la escuela. El problema es que no siempre lo explican, porque no quieren o porque no pueden. Habrá que hablar, entonces, con sus profesores y con otros padres.

¿Ha habido algún problema con los estudios, con los exámenes, con la disciplina? ¿Hay otros niños en clase que no quieran ir a la escuela o que hayan cambiado de humor o de conducta en los últimos meses? ¿Hay rencillas personales, peleas e insultos entre compañeros? ¿Conflictos con el personal no docente?

La alternativa: buscar otra escuela

Los problemas leves se resuelven pronto con paciencia, apoyo y cariño. Pero no siempre es tan fácil. Si el problema es general, la acción conjunta de varias familias, respaldadas si es preciso por psicólogos y pediatras, puede conseguir cambios en la conducta de la persona conflictiva... o su expulsión. Pero a veces se trata de una incompatibilidad personal.

Algunos niños necesitan un cambio de aires: otros profesores, otros compañeros, otros métodos educativos. Y a algunos, sencillamente, la escuela no les funciona.

Si aceptamos que un adulto quiera ser camionero, vendedor o cantante y que aborrezca el trabajo de oficina, ¿por qué a todos los niños les va a convenir estudiar en el mismo ambiente, con las mismas normas, métodos y horarios?

De hecho, a juzgar por las estadísticas de fracaso escolar, son muchos los niños a los que la escuela no les sirve. Tal vez por eso hay familias que optan por educar a sus hijos en casa (véase www.educacionlibre.org).

En último término, en caso de conflicto, los padres tenemos que recordar que nuestra lealtad y nuestro deber están con nuestros hijos, no con el sistema educativo.