Con tan solo 15 años, Miguel Hernández escribiría sus primeros versos. Se los dedicaba a la naturaleza, esa que le deslumbraba con su belleza y majestuosidad mientras cuidaba de sus cabras. Su padre le obligaba a ayudarle en las tareas del campo, de ahí su sobrenombre de poeta pastor, pero él no desistiría ante su gran pasión por las letras.

Poeta autodidacta, tal era su delirio por la poesía, que en 1930 logró publicar su primer poema en un periódico de su Orihuela (Alicante) natal. Este solo sería el principio de una trayectoria prolífica donde escribiría sobre la naturaleza, el amor, la vida, la muerte y su compromiso político. Y es que Miguel Hernández luchó voluntariamente en el bando republicano durante la guerra civil española (1936-1939). Durante toda su trayectoria Miguel Hernández ha dejado poemas muy conocidos por todos.

Miguel Hernández: una vida hecha poema

A veces pasa que la vida supera la ficción y, en el caso de Miguel Hernández, la tragedia le acechaba como cazador a su presa. Lamentablemente, nunca pudo esquivarla y así lo reflejan en múltiples poemas.

¿Existe algo peor para un padre que perder a su hijo? Miguel Hernández y su gran amor, al que le dedicaría gran cantidad de poemas, Josefina, perdieron a su primer hijo con tan solo 10 meses de vida. Sobre esto escribió en sus poemas Ropas con su olor o Negros ojos negros. Pocos meses después nacería el que sería su segundo hijo y al que le dedicaría uno de sus poemas más conocidos: Nanas de una cebolla. En ese momento, Miguel Hernández estaba en prisión, por haber luchado contra el bando nacional y estar afiliado al partido comunista, y sabía que la base de la dieta de su mujer y su hijo eran las cebollas. 

Esta incapacidad de sostener a su familia le causaba un gran dolor que reflejaría en sus poemas. Sin embargo, esta no sería su única penuria, ya que el no ser afín a las ideas del régimen que gobernaba en ese momento, lo llevó al peor de los finales.

POEMAS DE GUERRA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

Escribir sobre las propias vivencias es algo habitual. Miguel Hernández no fue una excepción y en sus poemas se pueden conocer sus sueños, sus anhelos y también sus penurias. Cómo no, una experiencia tan impactante como uno guerra no podía dejar de manifestarse en sus escritos. Tristes guerras, Llamo a la juventud o Sentado sobre los muertos son algunos de sus poemas más famosos.

No solo escribiría poemas desde las trincheras, sino que también lo haría desde la prisión, puesto que cuando el bando nacional gana ordena su captura. Ante esta victoria, Miguel Hernández logra huir a Portugal, pero las fuerzas del orden luso lo entregan a la Guardia Civil española. Este sería su final. Tras su regreso a España solo conocería diferentes prisiones, llegando a morir en la de Alicante debido a una tuberculosis.

Miguel Hernández es uno de los grandes poetas de la literatura española, por eso es necesario seguir manteniendo viva su memoria. Para ello, hemos hecho una recopilación de los 22 mejores poemas de Miguel Hernández.

1. Tristes guerras  (poema de Miguel Hernández)

Tristes guerras

si no es amor la empresa

Tristes, tristes

 

Tristes armas

si no son las palabras

Tristes, tristes

 

Tristes hombres

si no mueren de amores

Tristes, tristes

2. Escribí en el arenal (Poema de miguel hernández)

Escribí en el arenal

los tres nombres de la vida:

vida, muerte, amor.

Una ráfaga de mar,

tantas claras veces ida,

vino y los borró.

3. La boca  (poema de Miguel Hernández)

frases10

Boca que arrastra mi boca:

boca que me has arrastrado:

boca que vienes de lejos

a iluminarme de rayos.

 

Alba que das a mis noches

un resplandor rojo y blanco.

Boca poblada de bocas:

pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas

hacia arriba y hacia abajo.

Muerte reducida a besos,

a sed de morir despacio,

das a la grama sangrante

dos fúlgidos aletazos.

El labio de arriba el cielo

y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra:

beso que viene rodando

desde el primer cementerio

hasta los últimos astros.

Astro que tiene tu boca

enmudecido y cerrado

hasta que un roce celeste

hace que vibren sus párpados.

 

Beso que va a un porvenir

de muchachas y muchachos,

que no dejarán desiertos

ni las calles ni los campos.

 

¡Cuánta boca enterrada,

sin boca, desenterramos!

Beso en tu boca por ellos,

brindo en tu boca por tantos

que cayeron sobre el vino

de los amorosos vasos.

Hoy son recuerdos, recuerdos,

besos distantes y amargos.

 

Hundo en tu boca mi vida,

oigo rumores de espacios,

y el infinito parece

que sobre mí se ha volcado.

He de volverte a besar,

he de volver, hundo, caigo,

mientras descienden los siglos

hacia los hondos barrancos

como una febril nevada

de besos y enamorados.

 

Boca que desenterraste

el amanecer más claro

con tu lengua. Tres palabras,

tres fuegos has heredado:

vida, muerte, amor. Ahí quedan

escritos sobre tus labios..

4. No quiso ser  (poema de Miguel Hernández)

No conoció el encuentro

del hombre y la mujer.

El amoroso vello

no pudo florecer.

 

Detuvo sus sentidos

negándose a saber

y descendieron diáfanos

ante el amanecer.

 

Vio turbio su mañana

y se quedó en su ayer.

 

No quiso ser.

5. Para la libertad (poema de Miguel Hernández)

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

 

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

 

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

 

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

 

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

6. Llamo a la juventud  (poema de Miguel Hernández)

Los quince y los dieciocho,

los dieciocho y los veinte...

Me voy a cumplir los años

al fuego que me requiere,

y si resuena mi hora

antes de los doce meses,

los cumpliré bajo tierra.

Yo trato que de mí queden

una memoria de sol

y un sonido de valiente.

 

Si cada boca de España,

de su juventud, pusiese

estas palabras, mordiéndolas,

en lo mejor de sus dientes:

si la juventud de España,

de un impulso solo y verde,

alzara su gallardía,

sus músculos extendiese

contra los desenfrenados

que apropiarse España quieren,

sería el mar arrojando

a la arena muda siempre

varios caballos de estiércol

de sus pueblos transparentes,

con un brazo inacabable

de perpetua espuma fuerte.

 

Si el Cid volviera a clavar

aquellos huesos que aún hieren

el polvo y el pensamiento,

aquel cerro de su frente,

aquel trueno de su alma

y aquella espada indeleble,

sin rival, sobre su sombra

de entrelazados laureles:

al mirar lo que de España

los alemanes pretenden,

los italianos procuran,

los moros, los portugueses,

que han grabado en nuestro cielo

constelaciones crueles

de crímenes empapados

en una sangre inocente,

subiera en su airado potro

y en su cólera celeste

a derribar trimotores

como quien derriba mieses.

 

Bajo una zarpa de lluvia,

y un racimo de relente,

y un ejército de sol,

campan los cuerpos rebeldes

de los españoles dignos

que al yugo no se someten,

y la claridad los sigue,

y los robles los refieren.

Entre graves camilleros

hay heridos que se mueren

con el rostro rodeado

de tan diáfanos ponientes,

que son auroras sembradas

alrededor de sus sienes.

Parecen plata dormida

y oro en reposo parecen.

 

Llegaron a las trincheras

y dijeron firmemente:

¡aquí echaremos raíces

antes que nadie nos eche!

y la muerte se sintió

orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,

en los más negros, se tienden

a llorar por los caídos

madres que les dieron leche,

hermanas que los lavaron,

novias que han sido de nieve

y que se han vuelto de luto

y que se han vuelto de fiebre;

desconcertadas viudas,

desparramadas mujeres,

cartas y fotografías

que los expresan fielmente,

donde los ojos se rompen

de tanto ver y no verles,

de tanta lágrima muda,

de tanta hermosura ausente.

 

Juventud solar de españa:

que pase el tiempo y se quede

con un murmullo de huesos

heroicos en su corriente.

Echa tus huesos al campo,

echar las fuerzas que tienes

a las cordilleras foscas

y al olivo del aceite.

Reluce por los collados,

y apaga la mala gente,

y atrévete con el plomo,

y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,

juventud que no se atreve,

ni es sangre, ni es juventud,

ni relucen, ni florecen.

Cuerpos que nacen vencidos,

vencidos y grises mueren:

vienen con la edad de un siglo,

y son viejos cuando vienen.

 

La juventud siempre empuja

la juventud siempre vence,

y la salvación de España

de su juventud depende.

 

La muerte junto al fusil,

antes que se nos destierre,

antes que se nos escupa,

antes que se nos afrente

y antes que entre las cenizas

que de nuestro pueblo queden,

arrastrados sin remedio

gritemos amargamente:

¡Ay España de mi vida,

ay España de mi muerte!

7. Aceituneros  (poema de Miguel Hernández)

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

 

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

 

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

 

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

 

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

 

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

 

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

 

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

 

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

 

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

 

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

 

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

 

8. Vals de los enamorados y unidos hasta siempre  (Miguel Hernández)

No salieron jamás

del vergel del abrazo.

Y ante el rojo rosal

de los besos rodaron.

 

Huracanes quisieron

con rencor separarlos.

Y las hachas tajantes

y los rígidos rayos.

 

Aumentaron la tierra

de las pálidas manos.

Precipicios midieron,

por el viento impulsados

entre bocas deshechas.

Recorrieron naufragios,

cada vez más profundos

en sus cuerpos sus brazos.

 

Perseguidos, hundidos

por un gran desamparo

de recuerdos y lunas

de noviembres y marzos,

aventados se vieron

como polvo liviano:

aventados se vieron,

pero siempre abrazados.

9. Todo está lleno de ti  (poema de Miguel Hernández)

Todo está lleno de ti,
y todo de mí está lleno:
llenas están las ciudades,
igual que los cementerios
de ti, por todas las casas,
de mí, por todos los cuerpos.

Por las calles voy dejando
algo que voy recogiendo:
pedazos de vida mía
venidos desde muy lejos.

Voy alado a la agonía,
arrastrándome me veo
en el umbral, en el fondo
latente del nacimiento.

Todo está lleno de mí:
de algo que es tuyo y recuerdo
perdido, pero encontrado
alguna vez, algún tiempo.

Tiempo que se queda atrás
decididamente negro,
indeleblemente rojo,
dorado sobre tu cuerpo.

Todo está lleno de ti,
traspasado de tu pelo:
de algo que no he conseguido
y que busco entre tus huesos.

 

10. Vuelo  (poema de Miguel Hernández)

Solo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

 

Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

 

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.

 

Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.

 

Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.

 

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás.  El campo sigue desierto y mudo.

 

Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.

 

Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

Miguel hernandez: poemas cortos

frases11

11. Azahar  (poema de Miguel Hernández)

Frontera de lo puro, flor y fría 

tu blancor de seis filos, complemento, 

en un mundo resume un mediodía. 

Astrólogo el ramaje en demasía, 

de verde resultó jamás exento. 

Ártica flor al sur; es necesario 

tu desliz al buen curso del canario.

 

12. Elegía a Ramón Sijé  (poema de Miguel Hernández)

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)

 

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

 

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

 

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

 

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

 

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

 

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

 

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

 

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

 

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

 

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

 

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

 

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

13. Tus cartasson un vino  (poema de Miguel Hernández)

Tus cartas son un vino

que me trastorna y son 

el único alimento para mi corazón. 

Desde que estoy ausente

no sé sino soñar, 

igual que el mar tu cuerpo,  

amargo igual que el mar. 

 

Tus cartas apaciento

metido en un rincón

y por redil y hierba

les doy mi corazón. 

 

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté, 

escríbeme, paloma, 

que yo te escribiré. 

Cuando me falte sangre

con zumo de clavel,

y encima de mis huesos

de amor cuando papel.

 

14. Manos  (poema de Miguel Hernández)

frases13

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,

brotan del corazón, irrumpen por los brazos,

saltan, y desembocan sobre la luz herida

a golpes, a zarpazos.

 

La mano es la herramienta del alma, su mensaje,

y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.

Alzad, moved las manos en un gran oleaje,

hombres de mi simiente.

 

Ante la aurora veo surgir las manos puras

de los trabajadores terrestres y marinos,

como una primavera de alegres dentaduras,

de dedos matutinos.

 

Endurecidamente pobladas de sudores,

retumbantes las venas desde las uñas rotas,

constelan los espacios de andamios y clamores,

relámpagos y gotas.

 

Conducen herrerías, azadas y telares,

muerden metales, montes, raptan hachas, encinas,

y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares

fábricas, pueblos, minas.

 

Estas sonoras manos oscuras y lucientes

las reviste una piel de invencible corteza,

y son inagotables y generosas fuentes

de vida y de riqueza.

 

Como si con los astros el polvo peleara,

como si los planetas lucharan con gusanos,

la especie de las manos trabajadora y clara

lucha con otras manos.

 

Feroces y reunidas en un bando sangriento

avanzan al hundirse los cielos vespertinos

unas manos de hueso lívido y avariento,

paisaje de asesinos.

 

No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,

mudamente aletean, se ciernen, se propagan.

Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos,

y blandas de ocio vagan.

 

Empuñan crucifijos y acaparan tesoros

que a nadie corresponden sino a quien los labora,

y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros

caudales de la aurora.

 

Orgullo de puñales, arma de bombardeos

con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña:

ejecutoras pálidas de los negros deseos

que la avaricia empuña.

 

¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden

al agua y la deshonran, enrojecen y estragan?

Nadie lavará manos que en el puñal se encienden

y en el amor se apagan.

 

Las laboriosas manos de los trabajadores

caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas.

Y las verán cortadas tantos explotadores

en sus mismas rodillas.

15. El niño yuntero  (poema de Miguel Hernández)

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

 

16. Querer, querer, querer

Querer, querer, querer:

esa fue mi corona,

esa es.

17. Flor de almendro (poema de Miguel Hernández)

Propósito de espuma y de ángel eres, 

víctima de tu propio terciopelo, 

que, sin temor a la impiedad del hielo, 

de blanco naces y de verde mueres. 

 

¿A qué pureza eterna te refieres 

con tanta obstinación y tanto anhelo?... 

¡Ah, sí!: tu flor apunta para el cielo 

en donde está la flor de las mujeres. 

¡Ay! ¿por qué has boquiabierto tu inocencia 

en esta pecadora geografía, 

párpado de la nieve, y tan temprano? 

 

Todo tu alrededor es transparencia, 

¡ay pura de una vez cordera fría 

que esquilará la helada por su mano!

 

18. Llegó con tres heridas 

Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida. 

 

Con tres heridas viene:

la de la vida,

la del amor,

la de la muerte. 

 

Con tres heridas yo:

 la de la vida,

la de la muerte,

la del amor.

19. Nanas de la cebolla  (poema de Miguel Hernández)

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

 

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.

 

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

 

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

 

Es tu risa la espada
más victoriosa.


Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.

 

La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

 

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

 

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

 

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

 

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

 

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

 

20. Canción última  (poema de Miguel Hernández) 

Pintada, no vacía: 

pintada está mi casa 

del color de las grandes 

pasiones y desgracias.

 

Regresará del llanto 

adonde fue llevada 

con su desierta mesa, 

con su ruinosa cama. 

 

Florecerán los besos 

sobre las almohadas. 

y en torno de los cuerpos 

elevará la sábana 

su intensa enredadera 

nocturna, perfumada. 

 

El odio se amortigua 

detrás de la ventana. 

 

Será la garra suave. 

 

Dejadme la esperanza.

21. Mis ojos, sin tus ojos

frases12

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

que son dos hormigueros solitarios,

y son mis manos sin las tuyas varios

intratables espinos a manojos.

 

No me encuentro los labios sin tus rojos,

que me llenan de dulces campanarios,

sin ti mis pensamientos son calvarios

criando nardos y agostando hinojos.

 

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,

ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,

y mi voz sin tu trato se afemina.

 

Los olores persigo de tu viento

y la olvidada imagen de tu huella,

que en ti principia, amor, y en mí termina.

 

22. Vientos del pueblo me llevan (poema de Miguel Hernández) 

frases14

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.

 

La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles.

y en medio de las batallas.