Kepa Matilla y Javier Carreño

"Tu psiquiatra no te lo cuenta todo"

Cuanto más avanza la psiquiatría, más enfermedades mentales hay. Y cuando una persona entra en cualquier servicio psiquiátrico, sale con un diagnóstico y un tratamiento. Habría que cuestionarse por qué es así.

Sílvia Díez

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21 de noviembre de 2018, 10:29 | Actualizado a

Javier Carreño, psiquiatra del Hospital Povisa de Vigo, y Kepa Matilla, psicólogo clínico y psicoanalista del Hospital Río Hortega, de Valladolid, son autores del libro Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo (Xoroi Ediciones).

Exponen con una enorme riqueza de estudios clínicos y pruebas cómo la psiquiatría actual, en nombre de una supuesta “ciencia”, en lugar de sanar ha multiplicado las enfermedades mentales.

No todo se soluciona con una pastilla

Javier Carreño y Kepa Matilla, en su libro Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo, denuncian el perjuicio de abordar cualquier síntoma del sufrimiento humano con una pastilla. Estos profesionales ven cada día los estragos de esta psiquiatría que tiene como biblia el DSM-V de dudosa validez científica y se niegan a aceptar esta reducción del sufrimiento humano a una moda psiquiátrica.

¿Qué es lo que no nos dice nuestro psiquiatra?

No es que tu psiquiatra te esconda algo o que sea mala persona, no te lo dice porque no sabe. El problema es que la psiquiatría actual basa sus prácticas en una ciencia que tiene los pies de barro y palidece cuando se la compara con otras ciencias, porque nunca es lo mismo medir la tristeza que la glucosa en sangre.

Estamos ante una gran dificultad epistémica para evaluar lo subjetivo que es lo que constituye auténticamente la psiquiatría; pero mientras, las prácticas psiquiátricas, haciendo una apología del biologismo, olvidan lo humano, que siempre está más allá de la biología.

Falta más humanidad...

Nuestro libro trata de recuperar esta humanidad perdida en la psiquiatría porque la cura del sufrimiento psíquico tiene que pasar por abordar lo humano; sin embargo, la psiquiatría actual ha reducido el malestar a una pastilla.

El malestar humano se ha reducido a una enfermedad y en esa reducción la pastilla ha sustituido el poder sanador de la relación paciente-psiquiatra, el poder sanador de la transferencia y de la escucha.

En su libro ponen en jaque la validez del DSM como herramienta de diagnóstico.

El psiquiatra Robert Spitzer inició la revisión del DSM-II, y su resultado, el DSM-III se vendió como la quintaesencia de la ciencia y como fruto de las investigaciones científicas. Pero con el paso del tiempo se vio que no estaba respaldado por ninguna investigación, sino que era fruto de un acuerdo entre profesionales que se habían reunido en una habitación y habían votado.

Cuando habían acabado de definir el trastorno masoquista, la mujer de Spitzer, que estaba allí, le dio un codazo a su marido: “Cariño, yo cumplo todos los síntomas”. A lo que él contestó: “Bueno, pues quitaremos dos o tres…”.

¿Es así? ¿Cualquiera puede cumplir todos los síntomas?

A lo largo de los siglos XX y XXI, en psiquiatría se han llevado a cabo un montón de clasificaciones de las enfermedades mentales, todas ellas supuestamente muy científicas, aunque cada una ha sustituido a la anterior. También se han inventado nuevas enfermedades mentales provocando la multiplicación de las mismas. Uno puede abrir al azar el DSM-V, señalar un trastorno y darse cuenta que puede estar cumpliendo todos los criterios que lo definen.

Lo terrible es que cuanto más avanza la psiquiatría, más enfermedades mentales hay.

Y cuando una persona entra en cualquier servicio psiquiátrico, sale con un diagnóstico y un tratamiento. Habría que cuestionarse por qué es así. Los profesionales viven con la presión de diagnosticar y la obligación de tratar, lo cual en el caso de los niños es aún más triste.

¿Cómo el TDHA en niños?

En Holanda, casi un 32,4% de la población infantil está diagnosticada de TDHA; en Estados Unidos los diagnósticos han aumentado un 53% en los últimos diez años y en España el TDHA se sitúa alrededor de un 5%. Es interesante destacar que en países como Francia, donde está prohibido medicar de entrada a los niños, apenas se diagnostica y el porcentaje se sitúa en un 0,5% de la población infantil.

¿Cómo se explica? ¿Es que los niños y niñas franceses tienen una genética diferente?

El TDHA se incrementó a partir del año 1980 tras la aparición del DSM-III cuando su prevalencia era del 0,2%.

Nosotros creemos que el TDHA no existe.

Eso no significa que hoy no haya niños y niñas que no se puedan concentrar, la cuestión es: ¿No es esto subsidiario de nuestra cultura, que les impone vivir en la ciudad, donde salen a la calle media hora, tienen una agenda llena de actividades todas ellas dirigidas, todo por su bien, y todos los regalos que quieren para que se porten bien…? ¿No es esta su respuesta a tanta exigencia? Eso no significa que tengan el cerebro estropeado o sufran una disfunción biológica. De hecho, llevan años intentando encontrar esa disfunción y no existe. Si a un niño le están exigiendo un montón de cosas y además que sea feliz, ¿qué esperas?

Creamos enfermos...

Los países nórdicos tienen a los niños jugando hasta los 10 años y eso es lo que tiene sentido porque son niños, no máquinas de eficiencia. Para nosotros, las enfermedades mentales no existen en la naturaleza, sino que son un invento humano que algunas veces puede ser útil y en otras ocasiones resulta muy perjudicial. Quizá si pudiéramos entender el TDHA desde otro lugar, nuestra respuesta a la hora de abordarlo sería mucho más adecuada.

Algunos estudios muestran que los niños que toman anfetaminas son adultos más propensos a consumir cocaína; y aquellos que lo hacen de manera prolongada pueden presentar un retraso madurativo, una disminución de peso y talla, muerte súbita y problemas cardiacos.

Si no es una cuestión biológica, entonces, ¿qué origina un trastorno mental?

Tú tienes un malestar interno, por lo que sea, por tu historia, porque te han pasado determinadas cosas y presentas un síntoma como, por ejemplo, una fobia, una depresión, un estado de ansiedad... Eso es un diagnóstico, pero lo importante es lo que está detrás de ese síntoma: el malestar humano.

La angustia existencial se cuela en todos los síntomas desde la depresión hasta la fibromialgia.

Todos son respuestas ante la levedad del ser. Para ayudar a la persona de verdad hay que intentar comprender de qué sufre y que la psiquiatría vuelva a realizar al paciente las preguntas hipocráticas: ¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo? ¿Cómo te pasa? ¿Qué sientes tú? ¿Cómo cambió?

Llegar a conocer la causa...

Sí, abordar la etiología del síntoma porque eso da lugar a que el paciente pueda elaborar un discurso de lo que siente enmarcado en su vida. La historia del paciente es más importante que la etiqueta del diagnóstico, algo que ahora es justo al revés:

"Donde tienes un síntoma, te doy una pastilla para quitarlo sin intentar comprender qué lo ha creado".

La cultura humana siempre produce malestar y angustia vital, que está debajo de cualquier síntoma.

¿Y nuestra cultura qué síntomas produce con más frecuencia?

Angustia y depresión, síntomas que siempre están muy relacionados. Pero en nuestra sociedad la depresión está mejor vista. Si tengo angustia y desarrollo una fobia parezco tonto, pero si digo: “Estoy triste” la sociedad me lo permite porque estamos dentro del discurso de la eficacia y la salida contemporánea de ella es decir: “Yo no puedo. Me retiro del mundo”. Sin embargo, si a una persona de Zimbaue le dices que no has ido a trabajar porque estás triste, te dirá: “Pero si es mejor ir a trabajar, así te alegras…”.

¿Y qué les dicen a sus pacientes con depresión o ansiedad?

Depende de cada persona. Les hacemos las preguntas hipocráticas y a algunos les dices que tienen que volver a trabajar; a otros les tienes que coger de la mano y acompañarlos a la cama y estar con ellos; y a otros, que deben parar porque lo que les ocurre es que se han pasado de vueltas y por eso se han roto.

Depende siempre de cada persona.

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