Revisa tus corazas

3 mecanismos de defensa que te impiden disfrutar de la vida

Todos hemos aprendido a defendernos de supuestas amenazas externas. Dejar de hacerlo por sistema nos permitirá abrirnos a la vida con confianza.

Demián Bucay

Mecanismos de defensa: introyección, proyección y retroflexión

4 de enero de 2018, 17:17 | Actualizado a

Quien más quien menos cuenta con diversos mecanismos psicológicos para defenderse de posibles adversidades externas: la introyección, la proyección y la retroflexión. En apariencia, nos aportan seguridad pero, a cambio, ahogan nuestra forma verdadera de ser y de sentir.

Abrirse a la vida

Las personas vivimos inmersas en un mundo, del que debemos obtener las cosas que necesitamos para subsistir y rechazar otras que nos son potencialmente dañinas. estos intercambios entre nosotros y nuestro entorno tienen lugar tanto física como psíquicamente.

Del mismo modo que debemos recurrir al exterior para obtener nuestro alimento diario, nuestras necesidades psíquicas y emocionales también requieren ser satisfechas mediante acciones que se dirigen hacia fuera.

Ahora bien, el mundo exterior –tanto la naturaleza como lo referente a la cultura y la sociedad– nos demanda ciertas cosas a cambio, o como condición, para satisfacer nuestras necesidades.

El estado de salud biológico y emocional –si es que cabe establecer esta diferencia– tiene mucho que ver con desarrollar un equilibrio entre el individuo y el entorno, entre lo que es “yo” y lo que no lo es; entre las necesidades personales y las necesidades de la sociedad de la que formamos parte.

Canallas o neuróticos

El psicoanalista y padre de la terapia Gestalt Fritz Perls decía que, cuando una persona está demasiado volcada en las propias necesidades es un criminal. Creo que llamar criminal a este estado es un tanto exagerado, para mi, alguien que no tiene en cuenta las necesidades de quienes le rodean y que va a lo suyo es más bien un canalla.

En el otro extremo, sostenía Perls, cuando son las necesidades de la sociedad las que pesan demasiado sobre el individuo, el resultado es una persona neurótica, que es, a fin de cuentas, lo que somos la mayoría de nosotros.

Podría parecer que la salida de nuestro sufrimiento neurótico tiene que pasar por convertirnos en canallas. No lo creo. Como seres sociales que somos y necesitados de otros, no seremos realmente felices maltratando, despreciando o utilizando a quienes nos rodean sin escrúpulos.

Los canallas se engañan, olvidan cuán imprescindible es para las personas el reconocimiento y el auténtico amor. La mayoría de nosotros sabemos que necesitamos el amor y la presencia de los demás. No obstante, en esta búsqueda, hemos permitido que el mundo exterior sea el artífice de nuestro bien o malestar, y se ha vuelto avasallador.

3 mecanismos de defensa a abandonar

Para protegernos de ese exterior que sentimos como amenazante, las personas desarrollamos muchas veces modos de conducta estereotipados que se conocen habitualmente como mecanismos de defensa, precisamente porque nos defienden de estos supuestos peligros.

El problema es que estos mecanismos, si bien son efectivos, lo son a costa de sacrificar un contacto auténtico con el exterior y, particularmente, con los demás. Es decir, le quitamos la incertidumbre al encuentro con los demás, pero, a cambio, obtenemos vínculos apagados, repetitivos o sesgados por nuestros propios juicios.

Desarmar los mecanismos defensivos con los que “amortiguamos” y “tergiversamos” nuestra relación con el exterior es de suma importancia. Se han descrito mecanismos de defensa diversos que pueden interrumpir nuestro camino de crecimiento personal. Veámoslos:

1. La introyección

El mecanismo de introyección consiste en tomar como propio algo que es externo. La imagen que mejor describe este mecanismo es la de tragar un bocado entero, sin masticar.

Tomamos ideas, valores o creencias de nuestro entorno y los introducimos, pero sin ningún tipo de elaboración propia. No hacemos como cuando masticamos algo y luego lo digerimos para obtener lo que es nutritivo y desechar el resto, sino que los deglutimos enteros.

Como sucedería con un alimento, este material psicológico sin digerir permanece allí, como un cuerpo extraño –lo llamamos un introyecto– ocupando lugar, impidiendo la elaboración de conceptos propios y provocando malestar.

La introyección es una adaptación forzosa. Los introyectos nos fuerzan a actuar de determinadas maneras, siguiendo tendencias rígidas, repitiéndonos una y otra vez o sintiéndonos extraños cuando nos desviamos de esa línea prefijada. son los “deberías”, los mandatos, los dogmas…

Cuando alguien utiliza la introyección como mecanismo defensivo, dice “yo” cuando se trata más bien de “ellos”: “Yo creo que…”; pero, en realidad, “son ellos quienes creen que…”. Para desprenderse de este mecanismo, es importante vivenciar lo que se siente. La emoción es siempre auténtica, y cuando alguien se fuerza a seguir un mandato que no ha asimilado, algo en su interior suele rebelarse.

Nuestro bienestar físico y emocional depende del complicado equilibrio entre las necesidades personales y las del entorno del que formamos parte.

Pensemos en un hombre que concurre a una fiesta sin su esposa. En el transcurso de la velada, una bella mujer se le insinúa. Él, tras ciertas dudas, se va con ella para pasar juntos la noche y, en el momento más íntimo, no logra la erección.

Nuestro hombre regresa a su casa sin haber mantenido relaciones sexuales. “Yo quería –le explicará a su terapeuta– pero no pude.” El terapeuta pregunta: “¿Y por qué querías?”. “Bueno –responde–, ella se me ofreció. Cómo iba a decirle que no. ¡Soy un hombre!” La introyección en este caso se podría enunciar como: “un verdadero hombre no rechaza la posibilidad de acostarse con una mujer bella”.

La realidad es que él no quiere y su cuerpo –más sabio que él– no accede a hacerlo. Quiere ser “un hombre” y se fuerza a acceder a los deseos de ella. Si flexibilizara su idea de lo que es ser “un verdadero hombre”, podría respetar más su auténtico deseo… pero eso, claro, lleva trabajo.

2. La proyección

La proyección es otro mecanismo muy habitual con el que manipulamos la relación con el exterior. Es inverso a la introyección, puesto que lo que se percibe como externo es, en realidad, propio.

Es un modo de salvaguardar nuestra autoimagen. Confrontados a un aspecto de nosotros que rechazamos y que es irreconciliable con la imagen que tenemos de nosotros –o que deseamos tener–, lo proyectamos sobre los demás –igual que una imagen en la pantalla cinematográfica– y vemos en ellos lo que no queremos ver en nosotros.

Alguien que usa la proyección como modo defensivo suele decir “ellos” o “eso”, cuando, en verdad, está diciendo “yo”. Este mecanismo está detrás de la paranoia y revela que quien se siente perseguido tiene, seguramente, deseos de perseguir. La mayoría de las veces la proyección es más sutil y está detrás de muchas de nuestras percepciones negativas de la realidad.

Un ejemplo clásico es el de quien afirma: “Fulano no me quita ojo. La tiene tomada conmigo”. Seguramente, será la persona que habla quien no le quita ojo a Fulano para saber lo que hace y deja de hacer.

Si alguien puede reconocer sus proyecciones, puede empezar a comprender, en primer lugar, de qué modo él es causa –o por lo menos sostén– de las conductas agresivas del otro. En segundo lugar, empezará a desarrollar una visión más cabal y auténtica de sí mismo.

3. La retroflexión

Por otro lado, la retroflexión, es un mecanismo de defensa que se puede definir como un “desvío hacia atrás”. Lo que se desvía es la acción, que en lugar de dirigirse hacia fuera –el destino original– se tuerce y regresa al punto de partida, es decir, a uno mismo.

Resultado: la persona se hace a sí misma lo que quiere hacerle a otros. cuando alguien utiliza la retroflexión, de algún modo, se desdobla: hace y, al mismo tiempo, le es hecho. Se vuelve observador y observado, juez y parte. Se entiende, entonces, que la culpa sea una de las principales manifestaciones de la retrosflexión.

Si queremos Tener una visión auténtica y cabal de nosotros, tenemos que aprender a reconocer lo que vemos en los demás y que, en realidad, es nuestro.

Pensemos en una mujer que cuida de su madre enferma. La visita con frecuencia y sacrifica su vida personal para ocuparse de ella. Sin embargo, siente culpa y piensa que debería estar más con ella, se recrimina por no darle el tiempo y el dinero que no tiene.

Si le preguntáramos por qué se castiga, ella podría responder: “por ser una mala hija”. Ella le supone una exigencia a la madre –aunque la madre no la tenga– y su respuesta es, casi siempre, la rabia. En realidad, ella está enfadada con su madre, por lo que la supuesta exigencia de su madre le ha obligado a abandonar.

Pero esta rabia es inconfesable –¿cómo va a enfadarse con una anciana enferma?–, por eso tuerce su emoción, la devuelve y se enfada consigo misma. Para recuperar el equilibrio, esta mujer debería reconocer su enfado. Quizá así pueda ver que su madre no es responsable de lo que le sucede y decidir cuánto quiere y puede ayudarla. Así, aunque sea doloroso, lo hará con menos culpa.

Abandonar nuestros mecanismos defensivos nos enfrenta cara a cara, y sin manipulaciones, con el mundo y con los demás. Nos mostramos como somos y vemos a quienes nos rodean como son. Es un proceso que requiere coraje porque implica relacionarnos sin la certeza de que los demás nos aceptarán. Pero también es un paso trascendental en lo que se refiere a nuestra salud emocional y a la capacidad de crecer y desarrollarnos como personas.

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